LA MONEDA, LA NUEVA MAYORÍA Y LA NUEVA HOJA DE RUTA

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El ambiente de borrasca en el ámbito de la Nueva Mayoría y del gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet parece haberse disipado y aunque la crujidera de la embarcación persiste, al naufragio que parecía inminente tras la rabieta y los malos modos post electorales, con “congelamiento” de relaciones y exigencia de degollina de ministros incluida, parece dar paso a lo único posible, necesario y conveniente para una coalición que busca reposicionarse en la perspectiva  política electoral próxima.
Aunque lo cierto es que en la opinión pública queda una sensación de desasosiego por el espectáculo de recriminaciones destempladas, lamentaciones, falta de autocrítica y sobre todo la búsqueda frenética de “culpables” de algunos de los desastres sufridos en los comicios, y de una carencia de análisis, sereno y severo, de las raíces políticas y sociales de la desafección ciudadana, del descrédito de los políticos, que se expresó en el voto ciudadano y en la abstención.
Tras los dimes y diretes en la coalición de gobierno, la presidenta Michelle Bachelet reafirmó este miércoles 2 de noviembre en el Consejo de Gabinete de ministros la hoja de ruta para lo que resta de administración, enfatizando lo que ha sido la constante de su discurso: mantener el rumbo de las reformas prometidas a la ciudadanía y por las cuales votó al elegirla Presidenta de la República.
Tiene razón el ministro Secretario General de Gobierno, Marcelo Díaz cuando apunta a la necesidad de “diálogo y articulación“ en la Nueva Mayoría, lo que significa un debate con altura de miras, respeto mutuo, pero sobre todo lealtad con el Gobierno y el programa de reformas.
Los instrumentos del diálogo político, la construcción de acuerdos, que permitieron por ejemplo la reforma tributaria y el impulso a las reformas educacional, al proceso de descentralización, salud, seguridad ciudadana, reforma laboral y otros proyectos, mantienen su prioridad para el periodo de  gobierno restante, mientras la discusión política prepara la reforma constitucional y la reforma previsional, proyecta la generación del desarrollo en conjunto con la equidad, en lo económico y social.
Solo que una adecuada lectura del complejo panorama político social, constata que además de los partidos y sus acuerdos o desencuentros, han surgido en el escenario los movimientos sociales, que han mostrado su musculatura colectiva, su potencial de convocatoria y su fortaleza.
Son los nuevos protagonistas que demandan su lugar en el escenario de un nuevo país, complejo, en movimiento. Ahí están el movimiento “No mas AFP”, los medioambientalistas, los regionalistas, los independientes, las nuevas fuerzas políticas surgidas del movimiento estudiantil (los triunfadores municipales de Valparaíso), y otros.
Además es más que posible, y debe ser materia de estudio, que al llamado abstencionismo, sea una forma de expresión política no solo de un malestar ético, sino de una verdadera eclosión social, que, además de enrostrarle su ineptitud, corrupción y falta de sensibilidad, le dice a las elites tradicionales- entre estas los partidos, además de los entes formales de la democracia y de la “institucionalidad”- “queremos participar, ser protagonistas , actores de nuestro futuro, el que nosotros demandamos, no el que nos quieran dar o imponer”.
La contienda presidencial en marcha debe tener en cuenta este nuevo escenario político-social. Solo podrá tener un verdadero contenido ciudadano y perspectivas de triunfo, si logran los programas, los candidatos, identificarse con este sentimiento que brota de los descontentos, de los molestos, de los enojados con “el sistema”.
Pero no solo sintonizar en el discurso, en el eslogan, sino de corazón, asumir las demandas ciudadanas, vivirlas, sentirlas, para junto a una  restauración de las confianzas, y, junto a ese pueblo movilizado y respetado, construirlas en un país en que valga la pena vivir.
Este debería ser el perfil, el contenido, la sustancia de una “nueva política”, el desafío al que deben responder los que aspiran a ocupar la primera magistratura del país, y las coaliciones que pretenden recibir el respaldo de los chilenos.
Es aquí, en esta tarea, donde uno quisiera ver comprometido el esfuerzo, la pasión, la capacidad, el activismo de los partidos de la Nueva Mayoría y de la izquierda en general, y no en el despropósito de la descalificación, el divisionismo, el fraccionamiento, o el mesianismo sectario que muestran algunos.
Quizás sea eso- el protagonismo popular y su lucha por sus legitimas demandas políticas y sociales- lo que pretende impedir el candidato de la derecha, Sebastián Piñera, cuando habla de empezar de cero, de destruir las reformas avanzadas en los últimos años al declarar de que en la eventualidad de llegar al gobierno nuevamente  habría que “entrar a picar”, lo que significa, lisa y llanamente, demoler.
Lo que está en discusión es, ni más ni menos, que el porvenir.Santiago de Chile, 11 de marzo 2016
Crónica Digital

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