RECUPERANDO LA MEMORIA A 32 AÑOS DE LA TOMA DEL LICEO A 12 DE PROVIDENCIA

1

Hace 32 años, el 10 de julio de 1985, el movimiento estudiantil secundario emprendió la toma del Liceo A Nº 12 Arturo Alessandri Palma, ubicado junto al Parque Bustamante en la comuna de Providencia. Fue la más emblemática movilización de los pingüinos de Los 80, agrupados en el Comité Pro FESES (Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago), el que habíamos constituido apenas unos pocos meses antes.

Es también una de las más recordadas acciones colectivas de los estudiantes en oposición al proyecto de educación de mercado que imponía la dictadura.

La historia social del movimiento estudiantil secundario en tiempos de la tiranía ha sido recientemente rescatada, en una rigurosa y contundente crónica escrita por el periodista Juan Azócar Valdés, quien además fue parte del Comité Pro FESES y dirigente opositor del Liceo Manuel Barros Borgoño en ese período. Se titula “La Rebelión de los Pingüinos”, y forma parte de la Colección “Memoria 80”.

El trabajo explora, con una sorprendente acuciosidad, los primeros pasos del movimiento social en los liceos en una desconocida etapa que se extiende entre 1976 y 1982, en circunstancias de clandestinidad, pasando por la construcción de las primeras expresiones más o menos abiertas de organización entre 1983 y 1984, hasta la formación del Comité Pro FESES en abril de 1985, con lo que se dio el salto adelante en términos de constitución de un movimiento social en sentido más estricto. En este contexto, la toma del Liceo A 12, así como el paro contra la municipalización en 1986, son reconstruidos en profundidad.

Es un trabajo que, sin duda, constituye un aporte de enorme importancia al rescate de la memoria histórica del movimiento estudiantil secundario.

Sin duda, hasta este libro la contribución más notable había sido “Actores Secundarios”, uno de los documentales más vistos de la historia del cine chileno (“La Tercera”, 15 de junio de 2005: “Documental logra récord de permanencia en cartelera”). Una navegación por Internet permite constatar que desde su estreno a fines de 2004 se convirtió además en el casi único referente a la hora de escriturar relatos sobre la historia del movimiento de los estudiantes secundarios de los tiempos de la dictadura. Así, se constituyó en una referencia obligada para las generaciones posteriores, al punto de que, durante la llamada “revolución pingüina” del año 2006, los dirigentes liceanos manifestaron que el referido audiovisual había sido una de sus fuentes de inspiración.

Hay también otros intentos varios de recuperar, desde diferentes lugares, la historia del movimiento estudiantil secundario. Un ejemplo relevante es la obra de teatro “Liceo de Niñas”, estrenada el 2015, creación de la dramaturga y escritora Nona Fernández, quien ha sido una exitosa guionista de televisión, con recordadas y aplaudidas producciones como “Iorana”, “Alguien te mira”, “¿Dónde está Elisa?” y “Los Archivos del Cardenal”.

En su punto de partida se observa un profesor de Física que se esconde en el Laboratorio de Ciencias de un liceo en la actualidad. No hay nadie. Las alumnas están en una marcha estudiantil. El maestro camina de un lado para otro y contesta con visible nerviosismo su celular. Vive una crisis de pánico. De pronto, desde los subterráneos, desde la rejilla de un ducto de ventilación, una voz le solicita ayuda. Se trata de una mujer de 45 años, vestida con jumper, que le pregunta si ya se fueron los pacos, si es que ya puede salir. Una mujer que lleva más de tres décadas encerrada en ese lugar, cuando decidió esconderse el día en que se tomaron el liceo, en 1985, y los carabineros entraron al plantel. Se escondió con un par de compañeras. Y transcurrieron los años. No saben que están detenidas en el tiempo.

Todavía sueñan con la llegada de la democracia y con ser diputadas cuando grandes.

Nona Fernández fue también la autora de “Av. 10 de Julio Huamachuco” (Uqbar, Santiago, 2007), una novela que publicó en octubre de 2007, pero que terminó un poco antes de la “revolución pingüina”, en concreto en marzo del año anterior. La totalidad de su narración tiene como marco de referencia la movilización de los estudiantes secundarios en tiempos de dictadura y específicamente una toma de liceo acontecida en 1985, cuando ocurrió la ocupación del Liceo A N° 12.

Así comienza el texto: “Ordenando cosas viejas encontré este recorte de diario. Es del invierno del ochenta y cinco, un poco antes de que cumpliéramos 15 años. Las letras del reportaje están casi borradas, pero la foto se ve bien todavía. Estamos en el techo del liceo, ¿te acuerdas? Mirando a la calle con esa tremenda bandera chilena, viendo cómo la gente se amontonaba en el frontis mientras mostrábamos el lienzo que tú y yo pintamos la noche anterior en el patio de mi casa. Mira la cara que tenemos. Estábamos felices, ni siquiera se nota el frío que teníamos esa mañana. Nunca se nos pasó por la cabeza que alguien nos tomara una foto. Pensábamos que algún periodista iba a llegar si todo salía bien, esa era la idea, pero la verdad es que nos pilló por sorpresa el ruido de las cámaras cuando nos fotografiaron desde la calle. Días después, cuando los pacos nos soltaron, mi papá me fue a buscar y me pasó este recorte. Yo lo guardé y con el tiempo se destiñó y por poco se deshizo. Pero aquí está todavía, resistiendo. Seguro que si no lo hubiera encontrado lo olvido todo. ¿Lo olvidaste tú?”…

Existen otras obras en las cuales ha aparecido el movimiento estudiantil secundario como actor social de Los 80. Una de ellas es un trabajo, que fue editado por el periodista Oscar Contardo y que se titula “Volver a los 17. Recuerdos de una Generación en Dictadura” (Editorial Planeta, Santiago, 2013). Un grupo de escritores y periodistas recreó su propia infancia durante la dictadura. Nona Fernández aportó con un relato titulado “Hijos”.

Este es un fragmento: “En algún momento dejamos de ir a los actos de los días lunes. Nos quedamos en la sala escuchando de lejos lo que pasaba en el patio. Cuando el inspector nos obligaba a asistir, nos formábamos con el resto, pero ya no cantábamos la estrofa de ‘Vuestros nombres, valientes soldados’. A cambio gritábamos ‘Que la tumba será de los libres y el asilo contra la opresión’. Crecimos así, gritando la palabra libres y la palabra opresión a viva voz todos los lunes por la mañana, mientras organizábamos las primeras reuniones de nuestro centro de alumnos y nos animábamos a cruzar la puerta del liceo, a salir a la calle en manada, como quien se lanza al abordaje de un barco enemigo”.

Continúa: “Eran tiempos de marchas y manifestaciones. Eran tiempos de rayados con spray en paredes y panfletos que hacíamos en un mimeógrafo y luego repartíamos en las calles. Eran tiempos de lienzos, de asambleas, de petitorios, de reuniones de la Federación de Estudiantes Secundarios ahí en el galpón de la calle Serrano. Tiempos de las primeras militancias, de las primeras tomas, de las primeras detenciones. Recuerdo esas listas, esas largas listas para ver donde habían ido a parar los compañeros detenidos. Recuerdo esas parkas gruesas de pluma que nos protegían de los culatazos y patadas de los carabineros. Recuerdo los limones, la sal, el olor de las bombas lacrimógenas, la fuerza del chorro del guanaco que no sólo mojaba y botaba, sino que también dejaba un hedor a podrido que no se lograba sacar de encima en varios días. Recuerdo a nuestros dirigentes, alguno de ellos parado en una fuente de agua en el bandejón central de la Alameda, discurseando algo, dando instrucciones a la espera de que los pacos llegaran a sacarnos a punta de culatazos y de disparos al aire, como si hubiéramos sido marcianitos del Space Invaders”.

La escritora Alejandra Costamagna, por su parte, contribuyó con el relato “Iba a caer”, el que combina ficción con hechos reales de la vida de la autora, que fue parte del Comité Pro FESES e integró la directiva de la FESES entre finales de 1986 y agosto de 1987.

Este es parte de su relato: “Hemos sincronizado los relojes con ‘El diario de Cooperativa’. Nos juntamos a las 7:55 a.m. en plaza Ñuñoa, en las puertas del boliche donde, no hace mucho, probamos la malta con huevo y nos ha empezado a gustar la cerveza (…) Nuestros padres nos han prohibido ir a las tomas, pero aquí estamos. En las puertas de un liceo industrial con más hombres que mujeres, atentas al grito pelado que llegará en cualquier minuto: ‘¡Adentro compañeros!’, escuchamos a las ocho en punto y obedecemos.

Compañeros y compañeras, estudiantes de colegios públicos y privados, nos tomamos el
Liceo Industrial Chileno Alemán de Ñuñoa. Saltamos las rejas, corremos, cerramos las puertas con cadenas y candados, abrimos las mochilas y repartimos los panfletos que aluden al escaso financiamiento del Estado en la educación. Pero también el derecho a elegir centros de alumnos democráticos, a la rebaja del pasaje escolar al diez por ciento histórico y su extensión al Metro o a la gratuidad de la Prueba de Aptitud Académica. Los alumnos del liceo nos han estado esperando y ahora hacen lo suyo: bajan al patio, rayan los muros con spray, sacan pancartas gigantes. Los profesores se encuentran retenidos en una sala y hay estudiantes en el techo. Todo está alborotado, pero lindo. Aunque lindo no es la palabra. Todo está en nuestras manos: eso nos parece entonces. ‘Seguridad para estudiar, libertad para vivir’, escribe alguien en un muro. Y más abajo: ‘¡No a la municipalización!’. Una consigna que no sabemos, no podemos imaginar que veintiséis años más tarde y sin dictadura en nuestras espaldas seguirá intacta”.

Prosigue: “Esa mañana de 1985 cantamos, gritamos ‘y va a caer, y va a caer’, hasta que cae la primera bomba lacrimógena. La esquivamos. Pero a la cola viene otra y otra y otra, y el patio se transforma en un concentrado de gases y no podemos respirar y nunca hemos sentido esto. Nos acordamos en un pestañeo del terremoto ocurrido a comienzos de año. Sentimos, eso sí, un pánico distinto. Nos ahogamos. Corremos como ratones envenados de un lado a otro. Se acabó el entusiasmo: nos tapamos la cara con pañuelos o chalecos, tratamos de ayudarnos, caemos al suelo, creemos perder la conciencia. O la vida. Escuchamos los llamados de los carabineros por altoparlantes. Que nos rindamos, ordenan, que van a entrar. Hay una pausa. Entre la humareda vemos que los dirigentes salen a dialogar con los uniformados. Después de un rato lo consiguen: saldremos del liceo y no nos detendrán. Ese es el acuerdo. Pero ocurre exactamente lo contrario: cerca de las once de la mañana salimos y nos agarran de las parkas, nos tironean de los chalecos o directamente de las mechas”…

“Uno de los dirigentes escucha que un paco le susurra a otro: ‘A estos pendejos hay que puro degollarlos’. No han pasado ni dos semanas del degollamiento de Manuel Guerrero, José Manuel Parada y Santiago Nattino (…) Nos dicen que a las niñas nos llevarán a la cárcel de mujeres. Nos aterramos. Nos hacemos las choras y ni se nos nota el miedo. Recorremos varias cuadras adentro de esos carros; no sabemos dónde estamos. Al rato detienen los motores, nos bajan y nos conducen a un sótano. Ahí nos desvisten, nos toman fotos, registran nuestras huellas digitales, nos preguntan de todo. Después nos vuelven a subir al carro, ya vestidas, y nos llevan a la 1ª Comisaría de Santiago, en la calle Santo Domingo. Son las ocho, nueve, diez de la noche de ese 10 de abril de 1985. Van llegando nuestros familiares a buscarnos. En algún momento nos empiezan a llamar de a una, nos van soltando. Estamos machucadas, pero bien vivas para contarlo. En la radio escuchamos al ministro de Educación, Horacio Aránguiz. Asegura que no habrá más tomas en el país.
Que nunca más habrá una toma, ni un paro ni una marcha”, escribe.

Otro aporte fue la novela “Los Días del Arcoíris” del connotado escritor Antonio Skármeta (Editorial Planeta, Santiago, 2011), que recibió el IV Premio Iberoamericano Planeta – Casa de América de Narrativa.

Escrita en primera persona, el protagonista cuenta: “Los chicos del movimiento Pro FESES, que quieren unir a los estudiantes secundarios de todo Santiago, piensan que el hecho que papá esté desaparecido es un excelente pretexto para tomarse el colegio y me citan a una reunión en la biblioteca. Yo sigo las instrucciones del viejo y les digo que no me meto en política. Según Patricia Bettini esto no es meterse en política porque se trata del papá de uno, del profesor de uno. ‘Pero no el tuyo’, le digo envolviéndome en la bufanda. Aunque enseguida me arrepiento porque a su papá hace algunos años lo agarraron y le quebraron la clavícula. Los principios del movimiento secundario los sé de memoria: desestabilizar a la dictadura provocando desordenes para crear la sensación de que el país es ingobernable, y unir a todos los que están contra Pinochet tengan o no partidos políticos, aunque sólo quieran líos, just for tje fun of it” (sólo por diversión).

Otro ejemplo fue la novela “Las Estrellas Caen en Pudahuel”, que fue escrita por el médico Mario Terrazas Guzmán (Ediciones Emete, Santiago, 1989. Hay una segunda edición del año 2008). El libro tiene como su telón de fondo de su relato a la toma del Liceo A 12, respecto de la cual se reproducen incluso imágenes de informaciones de prensa de la época sobre el acontecimiento.

Su relato también combina componentes ficcionales con hechos reales. En uno de los pasajes uno de los protagonistas comenta que “los estudiantes se han tomado el Liceo A 12, se han atrincherado adentro y resisten el ataque de los policías. En otros liceos y otras escuelas de la Universidad están ocurriendo hechos similares. En la Escuela de Medicina los pacos se han metido hasta en el hospital y no respetan ni enfermos, ni médicos, ni pabellones, ni salas de cuidado intensivo. Lanzan bombas lacrimógenas, apalean a quien se les pone por delante y se llevan a cualquiera que se les resista. Pero donde la cosa está peor es en el liceo, donde Juan Enrique fue a buscar a su novia Beatriz”.

Y continúa: “El ulular de las sirenas, los gritos y pitos de carabineros, el estampido de las bombas y los gritos de los muchachos, hacían que el espectáculo fuera conmovedor. Habían desplegado un enorme lienzo que cubría gran parte del edificio que decía: ‘Chile Libre’, ‘Libertad y Democracia Ahora’. Los carabineros, sin contemplación, disparaban sus bombas contra el establecimiento, quebrando ventanas y haciendo el aire irrespirable. Pero los estudiantes atrincherados reforzaban las puertas y ventanas con bancos y mesas (…) Fotógrafos, reporteros, obreros, vendedores, mujeres, niños, etc…, en favor de los estudiantes, trataban en lo posible de obstaculizar la labor de la fuerza policial”.

“Los valientes soldados, armados de palos, metralletas, fúsiles, tanquetas, carros lanza agua y protegidos por cascos, máscaras antigases, escudos, etc., utilizando un sinnúmero de elementos persuasivos, entraron como bárbaros, dispuestos a la destrucción total de aquel que se les opusiera, sin respetar sexo ni edad. Fue otra valiente batalla ganada por la fuerza del orden en contra del estudiantado. Por supuesto, se usó como disculpa o justificación la misma cantinela de siempre y que poco convencía. Los comunistas se habían infiltrado, habían provocado los disturbios y organizado la resistencia en ese local (…) Las agencias noticiosas continuaron esparciendo la noticia por largo tiempo a todos los países de los cinco continentes (…) La toma del Liceo A 12 dio la vuelta al mundo”…
Una interesante obra del comunicador Joel Muñoz, titulada “¿Qué Pasó, Papá?”, concluye con estos pasajes de tono autobiográfico: “Esa mañana los estudiantes secundarios habían decidido realizar una jornada de protesta y tomarse un colegio de Ñuñoa. Muchachos y muchachas de no más de 17 años enfrentaban valientemente a la dictadura. Los tiempos eran duros. La Radio Cooperativa nos ponía al tanto de noticias que no se informaban en otros medios. Cada vez que la música de los despachos noticiosos de Manuela Robles aparecía en la radio, presagiábamos una nueva muerte, un nuevo allanamiento, un nuevo enfrentamiento (…) Los jóvenes secundarios habían organizado la toma del liceo con algunos días de anticipación. Mi hermano menor –que había vivido conmigo desde los siete años, después de la muerte de mi madre– era estudiante de enseñanza media y militante de la Juventud Socialista. Era parte de la organización de la toma del colegio. Habíamos conversado esas noches sobre el sentido de las acciones políticas, sobre la seguridad, sobre el peligro (…) Que lo pensara bien. Que se cuidara. Que lo pensara. Que esperábamos tiempos mejores (…) ¿Cómo decirle a mi hermano que no participara en una jornada de protesta? ¿Cómo explicarle que ahora las circunstancias eran más peligrosas que las del tiempo que yo viví a su edad? ¿Cómo evitar que se expusiera a la represión? ¿Cómo decirle que abandonara su rabia?”.

Cuenta que “aquella mañana llegue a mi trabajo temprano. Avisé que iba a una reunión y me dirigí en mi ‘escarabajo’ al sector de la toma. Los estudiantes habían ocupado el colegio. Los buses del Grupo Móvil de Carabineros acechaban cerca. Había movimiento, el ambiente estaba tenso (…) La mañana duró una eternidad. Felizmente no hubo represión. Los estudiantes lograron su objetivo. Volví a ver a mi hermano en casa. Sólo allí le dije que lo había acompañado y que había estado cerca, muy cerca”.

Y concluye: “Hubo que ser muy valiente para tomarse un colegio y protestar en esos años. Chile le debe un homenaje a los jóvenes de la generación del ochenta”.

Fuente de las Imágenes: Libro “La Rebelión de los Pingüinos”

Por Víctor Osorio Reyes
El autor es periodista y fue dirigente del Comité Pro FESES y la FESES en los años 80.

Santiago de Chile, 12 de julio 2017
Crónica Digital

Compartir

1 Comentario

  1. muy importante para la histora de las tomas,en general,podriamos decir que las tomas de terrenos,de fundos,de liceos,de sitios eriazos,el Fundo San Luis es una toma de los militares donde se construira la Escuela miitar de chile,los que nos tomaron los sitios para ese efecto,son una historia que contare algun dia no lejano,se trata de la gente del SNS que es robada de sus sitios,loteos brujos le llamaban,SAG y mi madre estuvieron anos en esta pelea,en los sesenta,viene al caso,con las tomas,me refiero,escribimos en los sesenta los Gatos de Playa una resena de los ninos en Talcahuano,cuando premonisamos las tomas como in arma de los pobres en el campo y la ciudad ,cosa de E Pape,revolucionaria brasilena,y Mi maestro el historiador L Vitale ,mirista trosko .gran revolucionario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here