Por Patricio Moraga Vallejos: DE LA CANCHA AL CEMENTERIO (primera parte)

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 La sentencia 

Cesáreo Villa Muñoz, 38 años, había prometido morir vistiendo la camiseta de su querido club de fútbol. Así se lo había expresado a los reos y al propio alcaide de la Cárcel de Talca, Natalio Ricci.

Y no se trataba de Colo Colo, la “U” de Chile ni tampoco el equipo de la ciudad donde pasó su último tiempo: Rangers de Talca. Se trataba de la camiseta del equipo que llevaba en el corazón, de ese que le permitió seguir viviendo a pesar del encierro. Era la camiseta del club de la Penitenciaria: el Lyda Becker. Nombre curioso para un equipo de fútbol de reos y más sorprendente aún, cuando se explica que fue bautizado de esa forma en honor a la conyugue de un ex alcaide del panel talquino.

La camiseta del Lyda Becker era similar a la de Universidad Católica (blanca y cruzada por una franja horizontal azul) y Cesáreo la defendía con pasión cuando estaba dentro de la cancha.

Y es que Villa Muñoz amaba el fútbol, lo amaba a su manera.

Jorge Arévalo Cáceres, suboficial mayor en retiro de Gendarmería, recuerda que cuando fue notificado de la pena de muerte, Cesáreo estaba jugando fútbol en el patio de la penitenciaria, como tantas otras veces.

-Estaba jugando, lo llaman y lo llevan al juzgado (el tribunal estaba ubicado de manera contigua al recinto penal). Lo notifican y vuelve a la cancha, como si nada pasara. Los gendarmes que lo llevaron no repararon en que era una condena a muerte y debían aislarlo-

Así vivía el fútbol Cesáreo. Intensamente y como si en ello se le fuera la vida.

Ni talentoso, ni tampoco muy malo, Villa le ponía empeño cuando debía entrar a la cancha ubicada en el patio del recinto carcelario y donde más que condiciones, había que tener coraje para jugar.

Eran partidos apretados, de pierna fuerte y donde el entusiasmo desbordaba los límites de la cancha, siendo seguidos de cerca por gendarmes e internos que a ratos asomaban desde las “carretas”.

En varias ocasiones y por petición expresa de Cesáreo y otros reos, Jorge Arévalo llevó a la cárcel de Talca a equipos del Club Deportivo Sudamérica (del cual el gendarme era miembro). Y es que al parecer, el Lyda Becker no tenía rivales de cuidado al interior del penal.

La última vez que los rojinegros del Sudamérica fueron a jugar con el Lyda Becker, el equipo de internos ganó 3-2 y dos goles los marcó Cesáreo. El tanto del triunfo lo anotó cuando iban empatando y quedaba muy poco para que terminara el partido, desatando la algarabía entre los reclusos. Primera vez que el Lyda Becker  le ganaba al Sudamérica y la estrella del partido había sido Cesáreo Villa.

Cesáreo del Carmen, hijo de Angel Villa y María del Carmen Muñoz, nació en Longaví, el 25 de febrero de 1927. De ocupación chofer, en su hoja de antecedentes en el Registro Civil figura casado en tres oportunidades. Solo sobrevive su última esposa: Laura González, con quien contrajo matrimonio en 1963. Ella rehízo su vida y no quiere que ni le recuerden su nombre.

Cesáreo Villa había llegado a la Cárcel de Talca siendo condenado a muerte por el robo con homicidio del relojero alemán Karl Mayer Borner, en un hecho ocurrido la noche del 23 de febrero de 1964, en las inmediaciones del camino longitudinal, cerca de Linares.

En aquel lugar, el relojero alemán había levantado su carpa de campaña junto a su automóvil con el claro propósito de salir a cazar al día siguiente. Sin embargo, sus planes se vieron truncados con la aparición de Cesáreo, quien en medio de la soledad y oscuridad del lugar, vio una oportunidad para robarle, pero sin imaginar que terminaría dándole muerte.

El relojero se había detenido antes en un almacén del sector a  comprar algunos víveres y donde fue visto portando una atractiva cantidad de dinero. En ese lugar y a esa hora, se encontraba Cesáreo, quien decidió seguir al desprevenido alemán.

Luego de perpetrado el delito, todo parecía marchar bien para los planes de Villa hasta que fue descubierto por el automóvil de su víctima. Hay una versión que señala que al chocarlo y mandarlo a arreglar, Cesáreo abrió una pista para ser hallado ya que existía una denuncia por la desaparición de Karl.

Otra versión indica que Cesáreo mantenía el vehículo en el taller de unos amigos en Talca con el fin de “transformarlo” y alguien que pasó por el lugar, lo reconoció y dio aviso a la policía.

Una vez puesto tras las rejas de la Cárcel de Talca y con el correr de los meses, Cesáreo se fue ganando el reconocimiento y cariño de sus pares, participando entusiastamente en las actividades del penal, especialmente las relativas al fútbol.

Era alto, de contextura media, cabello negro. Tenía una simpatía que le permitía socializar con facilidad. Además, no descuidaba su aspecto personal y usualmente lucía afeitado y peinado.

Villa aprendió en la cárcel el oficio de zapatero y también participó en la escuela que funcionaba al interior del recinto, con el deseo de reforzar su lectura y escritura.

En una nota periodística de la época del diario La Mañana, el profesor Raúl González, Director de la Escuela Especial de Adultos Número 6 que funcionaba en la cárcel, lo retrataba como alumno, señalando que “…este hombre desde que ingresó al penal fue siempre muy dedicado a sus estudios, poniendo siempre un interés poco común en aprender, aparte de demostrar siempre muy buena conducta y franco deseo de superación”.

Si bien Cesáreo nunca quiso recibir a periodistas y dar alguna entrevista, se volvió un asiduo lector de diarios y revistas en el penal, demostrando especial interés en estar informado del acontecer local y nacional.

El vínculo de afecto con el resto de la población penal se hizo aún más estrecho cuando se conoció la pena de muerte dictada para Cesáreo.

Cesáreo no entendía que pudiera recibir la misma pena que Jorge del Carmen Valenzuela Torres, más conocido como El Chacal de Nahueltoro, fusilado el 30 de abril de 1963 tras haber asesinado a Rosa Elena Acuña y sus cinco hijos.

Lo que Cesáreo no suponía era que la barbarie del Chacal de Nahueltoro había despertado en las autoridades la voluntad de aplicar mano dura para frenar la sucesión de crímenes en el país, considerando para ello necesario ejemplificar mediante la pena capital.

Cuando le es confirmada la pena capital, Cesáreo es separado del resto de la población penal y pasa sus últimos días encerrado en una celda de aislamiento de dos por tres metros y bajo estricta vigilancia de los gendarmes.

Precisamente uno de los funcionarios que tuvo que hacer guardia por turnos, fue Jorge Arévalo. El fútbol fue el tema que los unió en conversaciones y que permitió hacer más llevadero el calvario de saber que la muerte le estaba esperando.

Jorge Arévalo recuerda: con Cesáreo conversamos harto, mientras permaneció  en capilla. Era un ñato tranquilo, respetuoso con quien lo respetaba. No daba problemas. Nunca se vio involucrado en algún problema con alguien-

-Conmigo tenía harta confianza y a través del fútbol se fue soltando. No era fácil estar ahí con una persona que sabe que en dos o tres días más lo van a fusilar y puede intentar cualquier cosa para librarse o bien matarlo a uno con tal de prolongar la vida propia a través de un nuevo juicio, aunque no salga en libertad-, confiesa Jorge Arévalo.

Cesáreo no dejó nada al azar y se preocupó de repartir sus escasas pertenencias a los compañeros de pabellón. Sus precarios bienes eran 17 mil 50 pesos, una peineta, una fotografía, cigarrillos, dos pañuelos, tres anillos fabricados con monedas en la misma cárcel y un par de aspirinas. Cesáreo no tenía nada más que dejar.

Siempre abrigó esperanzas, aunque remotas, de obtener el perdón presidencial y pagar con largos años de cárcel el crimen cometido.

Así se lo hacía saber a los internos más cercanos y también, por cierto, a más de algún gendarme.

No obstante, las esperanzas de Cesáreo se fueron al tacho de la basura cuando escuchó por radio -tenía un aparato en la celda- un despacho noticioso en el que se informaba que la pena capital se mantenía a firme ya que el Presidente Eduardo Frei Montalva había denegado la petición de indulto solicitada.

El miércoles 10, el diario La Mañana de Talca mostraba en portada un breve informativo de última hora que titulaba “Villa Muñoz será fusilado el próximo sábado en Talca”. Si bien la información era errada en la fecha, pues el fusilamiento sería finalmente el lunes 15, la suerte ya estaba echada para Cesáreo.

Y es que esa era la última carta que se jugaba Villa. Ya había perdido por unanimidad en la Corte de Apelaciones y su defensa no había recurrido a la Corte Suprema.

Ya no había nada más que hacer. Solo resignarse y esperar.

Desde ese momento comienza una suerte de seguimiento a los últimos días de Cesáreo Villa y que los talquinos podían conocer a través de las página del diario local. En su edición del viernes 12, el periódico ofrece una nota a casi página completa que titula “Con resignación continúa esperando la muerte Cesáreo del Carmen Villa Muñoz” y acompaña el texto con una fotografía en el que se le ve contento luciendo la vestimenta de su club Lyda Becker, manos en la cintura y pisando el balón. Claramente, el fútbol le llenaba la vida, lo que quedara de ella.

Con el correr de las horas, la suerte del condenado fue cobrando un cariño y una compasión especial. Ante la proximidad de la muerte, comenzaron las despedidas a través de un emotivo intercambio epistolar y que los talquinos pudieron seguir a través de las publicaciones de La Mañana.

En medio de una profunda y angustiante aflicción, Cesáreo escribió a sus compañeros de prisión:

A mis compañeros de la Población Penal, al dejar este mundo lleno de tantas alegrías, pero más de Desgrasia e incomprensiones en estos últimos quedan ustedes compañeros para largos tiempos recluídos junto a ustedes vivimos momentos alegres de acuerdo con las posibilidades que se vive en la cárcel, mis amigos les pido encaresidamente y de todo corazón sepan llevar con resinación los momentos, Días, meses, y años que pasaran recluidos sepan sobreponerse con entereza. Si alguno de ustedes le tocara seguir este triste camino que el destino me tenía reservado, le ruego compañero que mantengan siempre el respeto, el orden, hasia el señor alcaide y a todos los Funcionarios del servicio de bijilancia de este estaulesimiento; ellos son los que biven codo a codo con nosotros y son Padre de familia, son hijos de madre igual que nosotros compañeros.

Nada tienen que ver que estos modestos y sacrificados empleados con lo que nosotros isieramos cuando eramos libres en estos momentos en que vivo me hedado cuenta los humanos y comprensibleque han cido conmigo a todos les agradeco sus palabras de aliento que an tenido conmigo.

Les abrazo en forma emosionada.

Fdo. CESAREO VILLA M. (sic)

El condenado también se dio tiempo para escribirle al alcaide de la cárcel de Talca, a quien apreciaba enormemente.

Señor

Don Natalio Ricci Ruz

Muy señor mío: alcaide y Padre espiritual con mucho cariño y respeto me despido de Ud. y con mi corazón tan triste que tenga que dejarlo pero querido Padre le digo que Dios ya me quiere tener donde el disponga de mi.

Yo tengo que hirme muy contento porque ya se cumplió mi destino y como Ud. save que no hai cosa que no se cumpla. Señor Alcaide yo rogaré siempre por Ud.; le digo que yo anduve cuidánbdole diariamente con Dios y la birjen querido Padre le doy los más grandes agradecimientos por sus tantos sacrificios que Ud. hiso Por mi le digo que yo no le puedo pagar Pero hai otros que le pagará y le digo que Dios le pagará todas las ovras guena que Ud. hace con todas sus ovejas descarriadas que Ud. tiene a su cargo.

adios Padre Espiritual.

(Fdo.) Cesáreo Villa Muñoz.

Las una de la madrugada.

Cesáreo del Carmen Villa Muñoz (sic)

(Continuara)

 

Por Patricio Moraga Vallejos

Crónica Digital, 28 de Octubre 2017

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