Por Patricio Moraga Vallejos: DE LA CANCHA AL CEMENTERIO (segunda parte)

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TRES BALAS AL CORAZÓN

Los internos le respondieron a Villa también a través de una carta.

A nuestro compañero Villa:

Hemos recibido su emocionada carta, la que hemos leído a la Población Penal.

Estamos orgullosos de su noble actitud y sus consejos han llegado a nuestros corazones que sabrán recordarlos a cada momento.

Las vicisitudes de la vida lo han llevado a la delicada situación en que está y creemos compañero Villa, que su comportamiento frente a la desgracia  que lo aflige ha sido de completa hombría y muy valerosa, no podía ser de otra manera, pues Ud. siempre demostró ser derecho en sus cosas.

Todos los deportistas y población en general, le reconocen su caballerosidad y compañerismo, como buen deportista y cooperador.

Consternados nos despedimos de Ud. solicitándole seguir sereno, resignado y valiente que será un ejemplo para nosotros y la sociedad en que nos desenvolvimos.

Dios ya debe tenerle reservado un lugar en el cielo; pues Dios juzga según lo interior de cada uno de nosotros y su justicia no está basada en lo externo como la de los hombres de la tierra y para El, no hay nada que no pueda perdonar.

Hasta siempre compañero Villa.

La Población Penal que siempre lo recordará. (sic)

 

Pero eso no fue lo único. El interno Julio Guzmán, del pabellón B, celda 2, quien conoció de cerca a Cesáreo, le escribió una sentida plegaria de despedida, que entregó días antes de la ejecución.

Compañero Villa, con lágrimas en mis ojos y mi corazón destrozado por la emoción y el dolor, al comprender que tus pupilas se apagarán para siempre, porque las garras del destino lo quiso así, en silencio, le dedico de recuerdo esta plegaria a tu partida al más allá, despedida dolorosa y amarga.- desde mi celda clamo una oración al Reu supremo, te perdone y cobije en los reinos de los cielos…

El es un juez divino y perdona, porque está viendo a sus hijos sufrir tras los muros de una mansión noztálgica que nos priva de libertad…comprendo en realidad que tus horas se deslizan minuto ha minuto, durante estas largas y 5 noches de cautiverio pero sufre con resignación, que yo, tu amigo también sufro y comparto en cilencio en mi celda tu dolor, al comprender como se acaban los amigos y darme cuenta cabal lo que es la vida…

Amigo Villa.- Si los azares de esta vida lo quiso así, yo amigo de mi sufrimientos y compañero de desgracia- levanto la vista al cielo, invocando esta plegaria para que Dios te designe una morada mejor…

No te digo adiós, solo te digo hasta siempre.

Descansa en paz.

Fdo. JULIO GUZMAN- Pabellón B Celda 2 (sic)

 

Pero el cariño que despertó Cesáreo traspasó los altos muros de la cárcel ubicada en la Alameda de la ciudad, entre 2 y 3 Poniente. Desde el exterior le llegaron innumerables obsequios, así como también preparaciones de alimentos que eran verdaderos manjares como pavo asado, pato escabechado, pasteles, en un claro intento por hacerle más agradable la terrible espera de la muerte.

Entre los obsequios recibidos por el condenado, llamó la atención un crucifijo de oro, el que venía acompañado de una carta firmada por Mercedes Molina de Salazar. “…en este momento tan difícil seré su madre, su hermana, su amiga. Errar es humano. Perdonar es maravilloso, es lindo, es algo inmenso. Esta cruz me la trajo Monseñor de Roma, espero me la reciba”, decía la misiva.

En el último tiempo, de una u otra forma, Cesáreo había buscado acercarse a Dios para ser perdonado. Tanto así que a petición suya, al interior de su celda se ofició una misa la que estuvo a cargo del cura párroco del Sagrario, monseñor Juan Varela, y asistieron además, el inspector zonal de prisiones, Luis Armando Rojas, y el alcaide.

Los reos del penal solidarizaron férreamente con Cesáreo. Prometieron no salir a jugar fútbol al patio durante 15 días, en señal de duelo. Y es que los partidos sin Cesáreo ya no serían lo mismo.

La última noche, Villa durmió menos horas que lo habitual. La proximidad del final le había desvelado por completo.

Con la hora señalada ya sobre su cabeza, al interior de la celda se respiraba tensión. Ya no había conversación alguna, sino que un silencio aterrador se había apoderado del reducido espacio.

El funcionario del servicio de identificaciones, Mario Andrade, debió ocuparse de la poco agradable tarea de tomar huellas digitales al condenado, acción que repetiría minutos más tarde cuando ya todo hubiera terminado.

El instante más complejo se vivió cuando a Cesáreo debió vendársele la vista. Se resistió a ello, forcejeando y moviendo su cabeza de un lado a otro. Solo dejó que el gendarme Jorge Arévalo, con quien ya sentía cierta familiaridad, tomara la venda y le tapara los ojos. La tarea la terminaron los gendarmes a cargo de esto y sin que el condenado se enterara de ello.

Esa fue la última vez que Jorge Arévalo vio a Cesáreo Villa.

El condenado era de palabra. Y tal como lo había prometido, la madrugada del 15 de noviembre de 1965 salió desde su celda hacia al patíbulo, vistiendo la camiseta de su amado club y una chaqueta y pantalón oscuro. Caminó vendado y engrillado de pies y manos, acompañado por un piquete de gendarmes, el capellán de la Penitenciaria y el médico del recinto.

Fueron escasos metros los que recorrió hacia el lugar definido para el ajusticiamiento. La marcha fue lenta. El trayecto lo hizo entonando con voz suave el himno patrio. Esta era otra de sus promesas hechas a los internos cuando se reunió por última vez con ellos.

Cesáreo fue conducido hasta el banquillo. Una vez atado con férreas correas, apareció por la puerta de enfermería el pelotón de 8 fusileros, calzando zapatillas blancas con suela de goma, para no alertar al condenado de su presencia y del inminente final.

Testigos de esta inquietante escena fueron reporteros de los medios de comunicación local -Diario La Mañana y las radios Lautaro, Talca y Minería-, además de representantes del Poder Judicial y del Estado.

Cesáreo permaneció tranquilo. Entregado. Ya no había nada más que hacer. Comenzó a rezar “El Miserere”, una oración de indulgencia de los arrepentidos y que días antes, había aprendido de memoria para esta ocasión. Con entereza admirable esperó que el capitán Juan Fidel Arroyo Concha bajara su sable, dando la orden de disparo a sus dirigidos.

A las 05:26 horas de aquel día, una tronadura de descarga rompió con el silencio de aquella madrugada, escuchándose varias cuadras a la redonda y acallando para siempre a Cesáreo.

Villa no se movió. Su cuerpo quedó rígido sentado en el banquillo.

De inmediato, desde distintos puntos del penal se escucharon al unísono desgarradores alaridos que gritaban ¡asesinos!, para luego dar paso a un lastimero canto del himno nacional por parte de los 400 reclusos de la cárcel, despidiendo para siempre al amigo futbolista.

Fue una interpretación triste y deprimente, en medio de una madrugada quieta y silenciosa, y que estremeció no sólo a quienes se encontraban al interior del penal, sino que también a las numerosas personas que se habían dado cita en el exterior.

Si bien el recinto carcelario estaba acordonado en su exterior, de todos modos muchas personas se habían congregado en las afueras desde tempranas horas de la madrugada.

Tres disparos en el corazón y el resto en el pecho fue el informe final para la muerte de Villa, constatada por el médico Eduardo Valdés.

Acto seguido, el cuerpo de Villa fue depositado en una urna y sacado del recinto carcelario por el portón de la calle 2 Poniente, ante la expectación de curiosos y reporteros de medios capitalinos que no pudieron entrar al penal a cubrir el fusilamiento.

La hora de ejecución jugó a favor del diario local. En un esfuerzo sin precedentes, el diario La Mañana apareció titulando “La sentencia se cumplió” en la edición del mismo día 15 de noviembre, texto que acompañó además con una fotografía del hecho.

A las 6 de la madrugada, los restos de Villa ingresaron al Cementerio General de Talca, bajo resguardo policial con el objetivo de llevar a cabo su traslado y entierro con celeridad y sin dificultad alguna.

Manuel Torres, antiguo sepulturero del cementerio de administración municipal, recuerda que el vehículo funerario entró al campo santo por un acceso contiguo a la entrada principal. Llegó hasta el mismo segundo patio, ex calle Los Pinos, donde él esperaba junto a un colega para proceder con el entierro. En cuestión de segundos, bajaron el ataúd del vehículo y lo introdujeron en la fosa ya habilitada para ello.

Todo se hizo con mucha celeridad pues Manuel recuerda que había mucha expectación periodística y se deseaba evitar cualquier contratiempo.

Reporteros y también corresponsales de diarios y radios, se habían dado cita bien temprano en las afueras del cementerio. Como pudieron treparon los muros del campo santo, con el fin de ser testigos de lo que estaba sucediendo.

Hay quienes sostienen que el mismo día de su funeral hubo un grupo de personas que intentó exhumar el cadáver de Villa para comprobar que efectivamente se trataba de él.

Manuel Torres y su colega Julio Opazo hicieron guardia en el sepulcro para impedir cualquier intento de ese tipo. En el día la custodia del entierro estaba a cargo de la policía, y en las horas de la noche la cumplían Torres y Opazo. Dicha tarea no la hicieron con las manos vacías, sino que premunidos de armas de fuego. Si era necesario disparar, lo harían.

Así estuvieron dos semanas. Al final, nunca nada extraño sucedió.

En  la cárcel, la huella de Villa parece haber desaparecido por completo. Los reos más antiguos sólo recuerdan haber escuchado su historia, pero no lo conocieron. Lo mismo ocurre con el personal de Gendarmería, el que constantemente va rotando y renovándose.

El coronel Rubén Esparza, alcaide del penal talquino, guía un recorrido por las dependencias de la unidad penitenciaria. Claramente, las cosas han cambiado. Los antiguos módulos de la cárcel ya no están, tampoco hay clubes de fútbol y la mítica cancha fue reducida a la mitad, sepultando para siempre el recuerdo de las pichangas de Villa y compañía, vistiendo los colores del Lyda Becker.

Dónde sí recuerdan a Villa es en el Cementerio. Cuentan que una hija -cuyo nombre desconocen y también su domicilio- lo viene a visitar con cierta frecuencia. Testimonio de esas visitas son los arreglos florales y mensajes de recuerdo que en determinadas fechas le deja en el sepulcro. Esto, sumado a una placa en que está grabado parte del salmo 86:1,2 y que aparece firmando su hija.

Cesáreo Villa quedó sepultado cabeza con cabeza con Francisco Manriquez, otro fusilado en Talca, pero en 1933, y con quien comparte los honores de ser milagroso.

Y es que evidentemente Villa no murió en el paredón. A un poco más de medio siglo de su fusilamiento, continúa vivo en la memoria colectiva de la ciudad. Su historia ha traspasado la barrera del tiempo y la devoción popular que despierta, ha sido transmitida de generación en  generación, siendo considerado un efectivo intermediario ante Dios para el cumplimiento de peticiones, ruegos y milagros. Prueba de ello son las innumerables placas de agradecimientos que mantienen totalmente tapizado su sepulcro. Una sepultura por cuya perpetuidad una misteriosa mujer canceló 80 escudos de la época, sin imaginar siquiera que Cesáreo seguiría tan vivo después de muerto. Pero esa es otra historia.

Por Patricio Moraga Vallejos

Crónica Digital, 29 de Octubre 2017

 

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