MENSAJE PRESIDENCIAL: CABALLO VIEJO NO APRENDE TROTE NUEVO

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La primera cuenta pública del Presidente Piñera, debe ser analizada con atención.   Ya la materialidad discursiva,  indica las preferencias que la propia derecha asigna a los conceptos: la palabra desarrollo se repite treinta y cinco veces, libertad veinticuatro, el vocablo acuerdo en veintidós; progreso en catorce ocasiones, igualdad en diez oportunidades, el término justicia nueve,  al tan exigido diálogo se recurre en siete momentos y solidaridad en cuatro.

La retórica del desarrollo, de la modernidad, expresada por el gobernante empresario, viene escoltada de nuevas formas coloniales, se trató de un discurso centralista, pobre para las regiones, con una mirada euro-centrada, donde los pueblos originarios seguirán habitando el espacio del no ser, mientras no exista el reconocimiento concreto y constitucional de su presencia.

A nivel continental, el triste papel de Chile y el grupo de los doce, no hace sino avalar un discurso obsesivo del paradigma neoliberal, donde besar la reliquia del Consenso de Washington, es parte del rito.  Carentes de todo pudor, esconden los magros resultados de Menem en Argentina, Fernando Enrique Cardoso en Brasil, Fujimori en Perú, en ese ciclo como excepción de la regla, Chile obtuvo un mejor desempeño.

Sin embargo, muchas de las condiciones históricas, económicas y políticas que permitieron el fenómeno, ya no existen. El crecimiento de un 7% por diez años, generó insoportables niveles de desigualdad: intentar repetir hoy esa fórmula, es inviable.

En el orden internacional, EE.UU y Europa, no son el principio y fin de la historia. Las hegemonías reconocidas, al desplomarse los llamados socialismos reales, duraron muy poco.  Todo indica, que se ha dado paso a la aparición de potencias (China-Rusia-India) capaces de poner en discusión las relaciones internacionales, económicas y de conocimiento. Los conflictos bélicos, mercantiles y culturales del siglo XXI; golpean nuestras narices, en códigos muy distintos a los de la guerra fría. Las propias confianzas del modelo económico y sus instituciones, se encuentran bajo sospecha, los efectos de la reciente gran crisis, todavía se sienten sobre las cabezas de las principales economías de occidente.  De ahí entonces que Chile, con sus últimas actuaciones en el complejo escenario  mundial, rompe de la mano del Canciller Roberto Ampuero, su  tradición de imparcialidad, para ubicarnos como los voceros de las políticas intervencionistas de EE.UU y guardando obsecuente silencio, ante las violaciones sistemáticas de la administración Trump, al Derecho Internacional.

En otro aspecto significativo, el mensaje del gobierno conservador, se arriesga a quedar reducido a un acto de pillaje intelectual.   Pretender adueñarse de la transición, apropiársela por mero antojo,  recurriendo a la figura de Patricio Aylwin como argumento de autoridad, obviando que ese mismo mandatario decidió por ejemplo; poner fin a la existencia legal de la Sociedad Benefactora y Educacional Dignidad, por su participación institucional en crímenes deleznables, vinculados a temas de Derechos Humanos, nos muestra una diferencia medular entre el gobernador vigente y el fallecido líder DC.  El actual Ministro de justicia Hernán Larraín, nombrado en este gobierno, fue un defensor irrestricto de la llamada “Colonia”.   Por eso guarda silencio. Y la administración reinante mira hacia el costado, ahora que se conoce que el enclave germano, fue parte de la “solución final” establecida por el opresor, en la llamada “Operación Retiro de Televisores”.

La gran mayoría, de los que lucharon por recuperar la democracia desde distintas trincheras, votaron por Aylwin.  Rechazaron el boinazo de mayo de 1993, encabezado por el Ejército, cuyo Comandante en Jefe, era el otrora dictador Pinochet.

La transición con sus claros y oscuros, la obtuvieron los que lucharon por la democracia. Eso incluyó acuerdos significativos que no se pueden desconocer, lo que se cuestionó más tarde fue el concubinato, la renuncia paulatina de ciertos dirigentes y organizaciones políticas, a exigir lo que los chilenos que votaron NO en 1988, anhelaban de manera profunda: mayor democracia, restablecer derechos sociales, laborales, de género, etc. En síntesis, un cambio sustantivo en la arquitectura política y social del país, lo que incluía una nueva carta fundamental. Por sobre esos anhelos, imperó demasiadas veces el gatopardismo.

Esa política de acuerdos, vino aparejada de una geografía binaria de poder, representada en La Alianza Por Chile y La Concertación, dicha realidad hoy está superada en sus formas y estilos de  construir acuerdos.  Si no fuera así, la derecha consideraría innecesario generar mesas transversales, con ciertos ejes temáticos.  En ese aspecto, es llamativa la voluntad bizarra de los estrategas del piñerismo, por resquebrajar al partido Demócrata Cristiano, dañándolo en su orgánica, buscando cooptar a sus militantes, aspirando a generar las condiciones necesarias, para su ruina como actor político y social.  Bajo términos menos civilizados -y guardando las distancias- la decisión del núcleo duro del mando cívico-militar que en 1980, planificaron asesinar y lo hicieron, al ex-presidente Eduardo Frei Montalva, anhelaban el mismo efecto, propinar un golpe demoledor a las bases de esa institución.

Las izquierdas con base popular, víctimas de todo tipo de atropellos y barbaries, entienden como ningún otro sector, las presiones que está sufriendo el partido de Leighton, Tomic, Freí y Aylwin.

Los conservadores, se despliegan con astucia en el tablero de operaciones, esconden sus diferencias, presionan los puntos débiles de los adversarios, incluso se atreven a asumir las banderas de la integridad, en el uso de los recursos.   Sí, los también  beneficiarios de PENTA, SQM y quién sabe más, arman una homilía y se ubican en la tribuna de  los incorruptibles: apuntando con el dedo a Julio Ponce Lerou.

El mensaje del presidente, ha buscado instalar que la única propuesta viable de desarrollo y progreso, es indisoluble a la matriz neoliberal, construida a sangre y fuego en la década del setenta y legitimada después, en sus elementos sustantivos, por el proceso de transición de los años noventa. Su invitación es a volver a esa racionalidad. Como dicen en el campo: Caballo viejo no aprende trote nuevo.

 

Por Omar Cid
Subdirector Crónica Digital
Santiago de Chile 9 de junio de 2018

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