Por Eduardo Felipe Alfaro Valdés: DOLOR PERSISTENTE EN VÍCTIMAS DE LOS DDHH DURANTE EL PERÍODO DE 1973 -1990

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Eduardo Felipe Alfaro Valdés, Licenciado en Kinesiología

Durante muchos años, el dolor crónico o persistente ha sido tema de discusión entre las diferentes disciplinas que componen el área de la salud ya que actualmente es un grave problema de salud pública en todo el mundo. El dolor es una de las causas más frecuentes de consulta en los centros de atención de salud en Chile, pudiendo estar presente como síntoma en hasta el 70% de ellas. La prevalencia de dolor crónico varía de país en país.  A nivel mundial, ésta se ubica en un rango de 5% a 45%, mientras que en Chile va desde 8,6% a 31% según la Asociación Chilena para el Estudio del Dolor y cuidados paliativos (ACHED).

Ahora bien, el dolor ha sido definido por diversos autores y organizaciones científicas. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP por sus siglas en inglés) define: “El dolor es una experiencia sensorial o emocional desagradable asociada a un daño real o potencial en un tejido, o descrito en términos de dicho daño.”

Por otro lado, existen varias estructuras en nuestro cuerpo donde el dolor se expresa de diferentes formas (irradiado, punzante, quemante, etc.). El dolor es subjetivo, funciona como mecanismo de defensa, impide dañarnos a nosotros mismos y nos alerta de daños en nuestro cuerpo. Además, cabe mencionar que el dolor puede ser una experiencia mucho más compleja, es decir, la palabra “dolor” también es usada para dar una relación al duelo, a la soledad y a la sensación de que nadie comprende a la persona. Es debido a esto, la necesidad de alcanzar una visión más global para entender el dolor.

En la última década han surgido nuevos estudios acerca el dolor persistente, además, el avance de la neurociencia y la neuroimagen, ha generado un cambio en la comprensión del comportamiento de este en el cerebro. Algunas conclusiones de dichos estudios, mencionan que el dolor persistente posee como característica la reorganización cortical o cambios en la conectividad cerebral siendo aún más compleja la tarea de poder comprender en cabalidad esta enfermedad. Asimismo, existe un incremento en investigaciones relacionadas a la sensibilización central (SC), cuyo “fenómeno” es entendido como un incremento en la excitabilidad de las neuronas del sistema nervioso central que modifica la forma en la que se gestiona y procesa la información sensorial periférica. Los factores que intervienen no son precisos, sin embargo, se ha demostrado la participación de diversos fenómenos de plasticidad neuronal, inducidos por la actividad aferente del sistema nervioso periférico, cuyo elemento común es el papel que juega el ingreso de la señal nociceptiva de gran intensidad desde la periferia hasta el sistema nervioso central (SNC), cuyas manifestaciones son dolor espontáneo sin necesidad de un estímulo doloroso, dolor persistente, ampliación de campos receptivos en las neuronas de las astas posteriores (sensitivas), Hiperalgesia y Alodinia.

Ahora bien, es posible abordar desde otro punto de vista el dolor crónico o persistente musculoesquelético en víctimas de tortura durante el período de 1973-1990 en Chile. Existe un derecho internacional donde el artículo 5 de la declaración universal de los derechos humanos, este dice: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.” Sin embargo, lo paradójico de esta asociación entre el dolor y el artículo 5 de la declaración universal de los derechos humanos, es que, durante el régimen militar en chile, la tortura física y psicológica, el dolor, fue el mecanismo utilizado por las fuerzas armadas, personas civiles, incluso profesionales del área de la salud como médicos y enfermeras cómplices de crímenes de la represión política del estado.

Según la información recopilada por las comisiones de verdad y reconciliación creadas mediante el Decreto Supremo No. 355 del 24 de abril de 1990, por el presidente Patricio Aylwin, muchos métodos de tortura consistían en distensiones ligamentosas por colgamiento, fracturas vertebrales producidas por golpes directos o por uso de corriente eléctrica, fracturas en huesos del carpo, violencia sexual, daño al sistema nervioso central por impacto de bala, luxo-fracturas por golpes, etc. Ahora bien, considerando a todas las personas que decidieron declarar, gran parte de ellas presentan patologías del sistema neuro-músculo-esquelético según los informes médicos del programa de reparación y atención integral en salud (PRAIS).

Sin embargo, a 28 años de recuperada la democracia, actualmente en Chile se desconocen estudios de prevalencia relacionados al dolor persistente musculoesquelético y sensibilización central en personas sometidas a traumatización extrema, no obstante, si existe evidencia científica internacional que hace relación entre el trastorno de estrés post traumático (TEPT), depresión, síntomas físicos múltiples asociados a dolor crónico en víctimas de tortura.  El dolor crónico es una enfermedad prevalente en la población mundial, deteriora la calidad de vida, invalida a la persona y provoca transformaciones graves en las relaciones interpersonales. Sin embargo, los estudios de la experiencia de la tortura física y mental ha sido un tema bastante complejo de abordar por los profesionales del área de la salud que están relacionados al compromiso del estado en la reparación del daño causado en dictadura. Podríamos decir que estamos enfrentándonos a la producción de una condición de distress crónico que ha afectado de manera significativa las capacidades adaptativas de estas personas a las exigencias de la vida, especialmente en ámbitos como los lazos afectivos, la inserción sociolaboral, la construcción de familia y las tareas parento-filiales, la socialización, etc.

A 28 años post dictadura, estudiantes y profesionales del área de la salud, jóvenes que no vivimos la represión política de aquellos tiempos. Nos encontramos frente a un escenario donde actualmente se desconocen las dimensiones y secuelas clínicas que dejó la represión política del Estado en muchas personas. Debido a esto, se necesitan más estudios relacionados al contexto, para lograr una comprensión clínica de las secuelas que dejó la tortura en chilenos que hoy sufren de trastornos mentales y físicos cuya rehabilitación está a cargo el PRAIS.

Por Eduardo Felipe Alfaro Valdés
Licenciado en Kinesiología
Eduardofelipealfarovaldes@gmail.com

Santiago de Chile, 11 de junio 2018
Crónica Digital 

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