Por Miguel Alvarado Natali: ¿QUIÉN LE TEME A VIRGINIA WOOLF?, LA DEGRADACIÓN DE UN MATRIMONIO

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Edward  Albee, el desaparecido dramaturgo estadounidense, es el autor de este montaje que está presentando el Teatro Mori de Bellavista  ¿Quién le teme a Virginia Woolf? escrita en 1962 interpretada en distintos escenarios y llevada al cine  en 1966 por el director Mike Nichols y los actores Richard Burton y Elizabeth Taylor.

George, es profesor de historia en una universidad norteamericana (Willy Semler) y  Martha es su esposa e hija del Rector (Solange Lackington). Son una pareja inusual que escapa de todos los cánones normales de un matrimonio que se ha prolongado por 20 años, que es educado y de un buen pasar, pero extremadamente impulsivos, agresivos, autodestructivos, cuya retroalimentación se basa en humillarse él una al otro. Una noche luego de una fiesta de bienvenida en el campus universitario, ella decide invitar a Nick, (Diego Ruiz), un joven biólogo recién llegado a la universidad  junto a su esposa Honey (Camila Hirane) a que pasen una velada en su casa. Pero la reunión poco a poco se fue convirtiendo en un dramático diálogo que fue aumentando de tono hasta llegar a las agresiones verbales y casi destructivas especialmente de parte de los anfitriones, que finalmente imponen a los invitados un juego sarcástico, morboso y macabro donde el alcohol, las confusas ambigüedades y los deseos, llevan a que Martha seduzca al nuevo maestro, al extremo de llevarlo a su habitación. Mientras Honey -un poco necia y totalmente embriagada- se lo pasa en el baño devolviendo todo los tragos consumidos.

¿Quién le teme a Virginia Woolf? es un título que constituye una parodia de la canción “Who’s Afraid On The Big Bad Wolf?”, de “Los tres cerditos” de Disney y que los personajes de George y Martha entonan en este ambiente que va más allá de la comprensión lógica y que utilizan antes de comenzar a humillar y descolocar a los invitados, para llevar a cabo el juego de montar a la dueña de casa. A George no le queda otra que seguir este acto de humillación aparentemente justificado por su mediocridad como docente y con la esperanza de llegar a ser rector cuando su suegro no esté. Martha en cambio, no es mejor que su esposo, pero es de estas mujeres posesivas, que no son felices y tampoco dejan que los otros lo sean. Nick es inteligente y ambicioso, pero hará lo que sea por escalar a la cima del poder, mientas su adorable, millonaria y callada esposa Honey, deja notar un gran vacío intelectual y que solo el alcohol la pone desinhibida.

Puedo quedar corto al hablar de las fabulosas actuaciones especialmente de Solange Lackington a quién por estos días la vemos en la serie de Mega “Si yo fuera rico”. Aquí en esta puesta en escena es Martha, seductora y avasalladora. Amargada y destructiva. Su interpretación es desgarradora, especialmente al fin de la última escena, es tensional y con una fuerza interpretativa creíble cuando se lanza en un diálogo profundo y sollozo de  secretos matrimoniales, de miedos y frustraciones. En tanto Willy Semler, realizando el papel de Giorge el marido, es fiel y comprometido notablemente con el personaje, él sabe manejarse en el espacio escénico, abarcar todos los rincones con una seguridad y naturalidad. Su voz inconfundible con ese tono alto que me recuerda siempre a Freddy en “Johnny Cien Pesos”. Por su parte los actores más jóvenes, Camila Hirane y Diego Ruiz quienes interpretan al  matrimonio invitado, cumplen dignamente sus roles y ojo con esa versatilidad que demuestran, algo totalmente distinto a lo que se les ha visto en pantalla.

Este absurdo drama escarba en lo cotidiano más profundo de la intimidad de un matrimonio en su hogar. Lo oscuro y descabellados que pueden ser, cuando el uso de la violencia verbal es una constante para la ofensa recíproca. La degradación conyugal en su máxima expresión, donde del amor al odio hay una palabra que no mata, pero que hiere. Asistimos a una realidad  ambigua y los personajes se van sumergiendo literalmente en el alcohol, para sacar lo peor del ser humano, su miseria.

La escenografía es perfecta y nos permite situarnos en el living de este matrimonio, con bibliotecas llenas de libros, un escritorio, una mesa con tocadiscos y un bar. Todo está bien cuidado y las luces perfectas para escuchar de fondo el sonido de un saxofón y crear la atmósfera ideal para un encuentro de amigos. Con un guion  provocador y descarnado esta puesta en escena es del pasado y encaja perfecto en esa sociedad de los años 50-60, donde el estilo o nueva forma de vida de los gringos de tener un mejor bienestar, fue convirtiéndose en modelo para el resto el mundo, pero con dramas, mentiras  y secretos familiares. Hoy nos suenan más a lo que debiéramos cambiar,  específicamente ese maltrato y humillación por el que pasa este matrimonio, sin tener ningún filtro ni  limites que los hacen estar en una constante retórica de agresión. Si nos apegamos a nuestra realidad, claramente estamos en presencia de una violencia intrafamiliar, que ya desde hace un tiempo se viene hablando y reflexionando en nuestro país.

En algunos pasajes muy leves, hay  diálogos hilarantes que hacen que el público tenga un respiro con una leve sonrisa, diluyéndose al instante entre los exaltados gritos que predominan en las escenas. Los asistentes que han permanecido cautivados por la tensión que transmiten los personajes, poco a poco, parecieran sentirse confundidos y  esto responde a que la obra se va tornando un poco larga y áspera para nuestros sentidos. El  clímax se produce en la revelación de ese secreto, que tal vez, corresponde a un grado de trastorno sicológico de Martha, cuando se entera por George que él hijo de ambos no existe. ¿Quién le teme a Virginia Woolf? es un montaje complejo, que ventila lo más escabroso de la intimidad de un matrimonio, removiendo ese animal que llevamos dentro y que lucha por ganarle al otro.

Por Miguel Alvarado Natali

Crónica Digital, 4 de Julio de 2018

 

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