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CONSECUENCIAS DE UN VEREDICTO

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En lo político, exigimos todos limpieza moral en nuestros gobernantes y respeto irrestricto a los Derechos Humanos y que no tengamos la tolerancia que tuvimos de una cruel dictadura encabezada por Augusto Pinochet.

Comentaremos el veredicto de la Corte Suprema de Justicia en el caso Prats y señora. Ese veredicto no sólo sancionó a algunos participantes en el crimen sino también indicó que detrás de él operó la DINA como “asociación ilícita” creada para eliminar a los que, a juicio de sus jefes, eran o podrían ser “enemigos” del régimen instalado.

O sea, el veredicto de la Suprema nos indicó implícitamente que detrás del crimen de Prats estaba Augusto Pinochet como el primer autor responsable.

A esto podríamos decir: “ya lo sabíamos”  y lo sabíamos no sólo los contrarios sino los mismos pinochetistas  y los que colaboraron  con Pinochet o al menos votaron por él en el plebiscito de 1989 (un 42% del país).

Esto nos plantea un serio problema:  ¿Qué tan consecuentes somos  con nuestras convicciones morales o  qué fuerza tienen nuestras convicciones morales?

Carlos Peña, en El Mercurio (domingo 10 de julio) nos desafía a hacer un examen de conciencia. Desafía a los que, sabiendo lo que todos sabíamos, estuvieron con Pinochet o se acomodaron a su régimen y  a los que todavía lo ensalzan.  Con la mano en el pecho, ¿deberíamos confesar que fuimos “o cobardes o conniventes”, ¿nos excusaremos diciendo que no sabíamos la verdad  sobre Pinochet y que no reflexionamos sobre ella? Pero, ¿no será que no queríamos saber ni reflexionar?

Es purificador reconocer las inconsecuencias de nuestro pasado. Es sobre todo un paso para poner sinceridad y transparencia en nuestra vida.

A veces no basta confesar la debilidad. Para ser consecuente hay que hacer algo, y aún reparar.

La Justicia ha confesado que “no estuvo a la altura”. De hecho no se atrevió a condenar a Pinochet y sancionó a sus cooperadores menos culpables, mantuvo su vergonzosa autoestima y aplicó ahora una semi prescripción por una demora de que fue ella responsable.

Las Fuerzas Armadas repudiaron grandemente el crimen. Para ser consecuentes deberían suspender los honores y quitar las imágenes de Pinochet,  mostrando así un nuevo rostro.

En lo político, exigimos todos limpieza moral en nuestros gobernantes y respeto irrestricto a los Derechos Humanos y que no tengamos la tolerancia que tuvimos de una cruel dictadura encabezada por Augusto Pinochet.

Por José Aldunate. El autor es sacerdote Jesuita. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital.

Santiago de Chile, 2 de Agosto 2010
Crónica Digital

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