AVANTI POPOLO. EL VACÍO TRAS EL SALARIO MÍNIMO
Se aprobó en el Parlamento el sueldo mínimo. Hubo un intenso debate sobre guarismos y porcentajes para cuidar los números macro económicos y evitar desbordes suntuosos por parte de los chilenos. Todos sabemos que el salario mínimo no alcanza, por ende, la discusión acá dejó de ser fijar una remuneración acorde al trabajo, acorde a las capacidades, etc. porque aquí lo que importa es la inflación.
En teoría, si el salario sube más allá de la inflación, el poder adquisitivo implicaría poder comprar mas, lo cual implica producir mas y los precios de los bienes suben. Lo anterior genera una presión sobre la economía y la circulación del dinero que el neoliberalismo no comparte por cuanto - a diferencia de otras teorías - considera fundamental controlar la circulación del dinero. Ésa es la única relevancia que tendría subir el salario mínimo, y ninguna otra.
Otras teorías apuntan a que el mayor circulante implica más demanda agregada, la cual se traduce en un mayor empleo de los factores productivos. Esta presión por dinero se resuelve en alguna medida a través de préstamos, que tampoco es negativo. El neoliberalismo critica eso porque significaría en la práctica y para llegar al punto, un rol más preponderante del Estado, y ahí está la esencia de su rechazo dado que no quiere aumentar el poder de éste sino disminuirlo.
Esto es de un cinismo impresionante. Primero, el país con mayor déficit fiscal del mundo, es decir, el con mas deuda estatal, es Estados Unidos, donde la mano invisible es reina. Desde luego, todos le siguen prestando sin ningún problema y su deuda no es un inconveniente porque su patrimonio es gigantesco. En conclusión, el problema no es endeudarse sino cuanto patrimonio se tiene. En segundo lugar, la inflación afecta siempre mas a quines menos tienen y ante ello, mantenerla controlada es sin dudas relevante. Lo que no resulta justificable es el monto del sueldo en si mismo. Desde luego, subir en 4% un sueldo de $500.000 no es lo mismo que subirlo para uno de $172.000 y es sin embargo, el mismo guarismo. Y no es lo mismo ganar $500.000 en una sociedad en donde la educación y la salud se paga que ganar $172.000 y esta diferencia es la que resulta imposible de aceptar.
¿O no?
La duda surge por cuanto parece no importarle a nadie lo que pasa con los sueldos en Chile. No parece importarle a nadie que el acceso a los servicios básicos se paga de forma pareja y por tanto la tarifa es la misma ganes $200.000 o ganes $1.200.000. Y no se trata tampoco de apelar a la igualmente hipócrita compasión porque eso sigue reproduciendo lo que existe. Tampoco se trata de inspirar actitudes mísericordes con los pobres, que probablemente si fueran ricos, serían iguales. La verdad es muy sencilla, no tan épica y muy racional. Ojala todos ganáramos lo suficiente para educarnos, tener salud, casa propia sin quedar endeudados por 25 años bajo amenaza permanente de perderla, que la democracia funcionará siempre sin temor a que algún grupo fascista y fanático se haga del poder, etc.
Pero eso no va a pasar porque al parecer perdimos la capacidad de sensibilizarnos, de sorprendernos, de indignarnos. Cuando se aprobó el miserable sueldo mínimo, ¿dónde estuvo el pueblo? Cuándo se despiden hipócritamente funcionarios del Estado sin indemnizaciones, ¿donde estuvo el pueblo? Cuando los pescadores artesanales y comunidades mapuches defendieron su derecho a trabajar y al mismo tiempo, la sostenibilidad del mar, fueron perseguidos y baleados por ello ¿dónde estuvo el pueblo?
La crisis de valores que el país vive lo tiene atrapado, está inmovilizado y no sólo como consecuencia de las políticas destinadas a que así sea, sino toda la política que el país ha vivido han hecho desaparecer en gran medida los niveles de conciencia y organización. Ya no hace falta el Terrorismo de Estado, somos digitados por las Ultimas Noticias y condicionados por el Código de Trabajo.
Somos testigos del paso de la contemplación de este fenómeno a su instalación en los códigos de comportamiento social. Evidentemente esta situación no podrá continuar por mucho tiempo y no porque vienen tiempos nuevos o porque existan destellos vislumbrantes del porvenir sino básicamente porque es contra natura.
Sin embargo, hay que constatar que “pueblo” como categoría social, no escapa los rasgos de cualquier otro fenómeno social; su sentido se transforma, sus metas se modifican y estos cambios han sido hegemonizados por otros. Su sentido histórico fue desplazado y reemplazado y ahora hay una mirada vacía, lacónica como vaca y esta ausencia convirtió el debate sobre salario mínimo en una turbia disputa de figuraciones que en todo caso, no le importó a nadie.
Por Carlos Arrue, el autor es abogado. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital
Santiago de Chile, 12 de julio 2010
Crónica Digital



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