EL ADN PÍNOCHETISTA EN EL GOBIERNO DE PIÑERA
Los episodios protagonizados por el ex embajador de Chile en Argentina, Miguel Otero y el hermano del presidente Sebastián Piñera, José, ex ministro del Trabajo del dictador Augusto Pinochet constatan algo que resulta obvio: que en el actual gobierno chileno hay gente en cuyo ADN está enraizado el pinochetismo ideológico y práctico.
No es algo que sea un descubrimiento de última hora, sino surge de la constatación de que en las fuerzas políticas que llegaron al Gobierno del país, con Piñera, hay gente cuyo corazón político, convicciones ideológicas, y práctica política los ubica entre quienes mantienen su defensa de la dictadura y su encono antidemocrático y antipopular.
El problema no es, por lo tanto que Otero haya hablado más de la cuenta, hubieses sobrepasado lo que son las posiciones que debe expresar públicamente un embajador o los límites y cuidados que debe mantener un diplomático.
Sucede que los pinochetistas de corazón han tomado el triunfo de Sebastián Piñera en las elecciones presidenciales, como una revancha de la Derecha y de Pinochet, una especia de blanqueo de los crímenes de la dictadura, que siempre han justificado, de los cuales han sido encubridores cuando no cómplices y hasta hechores.
En Renovación Nacional, en la UDI, hay muchas “viudas” de la dictadura que creyeron que el triunfo de Piñera era el momento de levantar la cabeza, del ajuste de cuentas. De eso es lo que hablan cuando piden una vuelta de página de la historia, lo que es algo así como tender una cortina de olvido sobre los crímenes y los dolores, no rendir cuentas ante la historia ni ante la justicia.
Sacan la voz algunos que estuvieron en silencio, emboscados, encubiertos, camuflados, esperando su momento, aunque manteniendo posiciones en los cenáculos derechistas, en la empresa, en partidos, universidades, etc,, durante estos años tras el fin de la dictadura.
Son los que han defendido “la obra” de la dictadura, han negado, de manera recalcitrante y sistemática, los crímenes contra la humanidad y violaciones de los derechos Humanos bajo Pinochet, los que han relativizado o negado, e incluso, en un primer tiempo, hicieron escarnio y justificaron como “bajas” de una “guerra interna” donde solo hubo un bando, a los desaparecidos, los exiliados, los perseguidos, los torturados.
Son los mismos quienes han pretendido que la economía chilena floreció bajo la tiranía, los que han usufructuado de la privatización de los fondos de pensiones t se han parapetado tras los amarres de constitucionales de la dictadura, el sistema binominal, y han mantenido el injusto ostracismo político de los chilenos exiliados o que se vieron obligados de dejar el país, por la persecución o el desastre económico.
Tras esas argumentaciones hay una defensa cómplice de los crímenes de la dictadura, y una nostalgia con esos tiempos en que Chile vivió bajo la bota dictatorial, con el terror desatado, y el miedo como método de dominación política.
Son quienes se sienten incómodos con las libertades, la democracia, con la justicia, y pervierten la historia, desfigurando los hechos mintiendo con descaro e impudicia.
Se trata, además, de individuos que le hacen un pésimo favor tanto al país como al gobierno de Piñera, que, por compromisos políticos, se ve forzado a mantener en su gobierno a esos elementos, que se parapetan en partidos políticos y sectores sociales y económicos aliados o que sostienen el Gobierno y que ponen – realmente- en riesgo incluso la convivencia nacional.
Las declaraciones de algunos líderes de la derecha en relación al caso de Otero, indicando que sus dichos sobre la dictadura de Pinochet, las violaciones de Derechos Humanos y el rol de Estados Unidos en la conspiración contra el gobierno del presidente Salvador Allende, eran “una legitima opinión personal” pretendiendo que se trato de una “opinión histórica”, nos advierten de la calidad de demócratas que estos tienen realmente
La defensa corporativa que hicieron de Otero, desde la Chancillería y desde la Alianza por Chile, indican que de no haber mediado una fuerte denuncia , y la obvia molestia argentina, el escándalo habría pasado sin pena ni gloria.
El canciller Alfredo Moreno declaró al día siguiente de la publicación de las declaraciones de Otero, que se trataba de “expresiones personales”, que “no correspondía la polémica desatada y que “se trata de opiniones personales que son respetables y que naturalmente respeto”.
“En el gobierno del presidente Piñera hay gente que puede tener los más diversas opiniones sobre el gobierno militar”, agregó Moreno.
Otros tuvieron que decirle al canciller que los embajadores representan al país y al gobierno y que no están en sus puestos para darse gustitos políticos o ideológicos, y decir sus “opiniones personales”.
También prestaron ropa a Otero, el presidente de la Unión Demócrata Independiente, UDI, Juan Antonio Coloma, el senador UDI, Hernán Larraín, el senador de Renovación Nacional, Alberto Espina , el presidente de RN, Carlos Larraín, y otros que también comenzaron su defensa señalando que el ex embajador había hablado a título personal, pero sobre todo, defendiendo el fondo de sus opiniones.
El hecho de que el episodio terminó como correspondía, con la salida del ex senador y fugaz diplomático de la embajada en Argentina, no evita la reflexión sobre como el pinochetismo se evidencia cuando se trata de defender a los suyos.
Eso corresponde a una realidad de las reales convicciones que sostienen algunos, esperamos que no sean la mayoría, en el conjunto de fuerzas políticas que están hoy en el gobierno de Chile.
Y no se trata de lamentar que Otero haya hablado, sino que realmente piense lo que dijo, y a pesar de conocerse su pasado y su pensamiento, su partido, el partido del presidente, lo haya destinado a uno de los más delicados puestos de la diplomacia del país.
Y en cuanto a Piñera, José, su posición es francamente cavernaria.
Su justificación del Golpe del 11 de septiembre de 1973, de la conspiración sediciosa, del servicio que hicieron las cúpulas militares y “algunos generales civiles ”de la época de una estrategia elaborada, pagada, por Estados Unidos, como está suficientemente comprobado en la documentación de la CIA y confesiones de algunos de sus protagonistas, como Kissinger, nace de un compromiso político con la dictadura, a la que sirvió como ministro.
La tesis de la legitimidad de origen y la ilegitimidad de ejercicio, fue el fundamento ideológico que se utilizó en 1973, para justificar la sedición, la conspiración y el Golpe de Estado, que hundió al país en el odio y la sangre con su secuela de miles de victimas del pueblo.
El cuadro obliga a mantener atención y vigilancia, porque según se ve hay fuerzas, concepciones y personajes de diversos sectores en el poder, que aún sienten nostalgia por la dictadura de Augusto Pinochet y que pretenden reivindicar su herencia y quizás revivir sus métodos.
Hace falta que el gobierno de Sebastián Piñera y la sociedad en su conjunto, adopte las correspondientes medidas de resguardo de la democracia y de respeto por los derechos humanos y por la memoria histórica del país.
Por Marcel Garcés. El autor es periodista. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital.
Santiago de Chile, 29 de junio 2010
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