LA CÁBALA Y EL DESTINO
Como no podemos librarnos de la suerte y el azar, no faltaron quienes dejaron en sus manos los últimos resultados electorales. Faltos de ideas, no apostaron a ganar con proyectos y trabajo, sino a especular sobre el margen de error estadístico. Otros confiaron en el Tarot, en los números o en algún acto especial, que finalmente era de fe.
Por cierto, a todos nos han pasado cosas que parecen inexplicables, y tenemos amigas o amigos que, con mayor o menor fervor, creen en alguna forma de cábala o “magia”. Los hechos que consideramos extraordinarios en ocasiones confunden, y merecen distinciones claras. Antonio Gramsci creía que esa claridad es uno de los atributos del sentido común, y se refería a aquel que “no se deja desviar por enredos”; no me queda claro que nos quiere decir con “enredos”, pero parece necesario precisar a qué nos referimos con algunas de estas creencias.Es común que las personas tengan cábalas, o algún tipo de cálculo supersticioso. Un fanático del fútbol puede adoptar la cábala de no ver a su equipo jugar sin ponerse el mismo su camiseta; o cuando por algún motivo no puede ver el partido, no intenta averiguar su resultado final hasta llegar a su casa, allí escucha el resultado por un noticiario determinado y por ningún otro, etc. El fanático puede explicar que cuando cumple la respectiva cábala su equipo gana y, en caso contrario, el resultado es generalmente negativo para su equipo ¿Podemos pensar, como en el segundo caso, que una acción nuestra puede afectar o modificar un hecho que sucedió en el pasado? ¿Es la primera cábala menos ilógica que la segunda?
Sabemos que las relaciones causales están asociadas con la dirección de un antes y un después, y no con la dirección contraria. Por lo que resulta evidente que nuestra asociación de la causalidad con una dirección temporal específica no es una simple cuestión de la manera en la cual hablamos de las causas, sino que tiene como fundamento real la forma en la que suceden las cosas. Si aceptáramos su cuestionamiento, tendríamos que preguntarnos si la manera en la cual hablamos de las causas ¿es la forma en la que realmente suceden las cosas? O, como decía Wittgenstein, ¿y si la realidad -como lo verdadero y lo falso- es lo que los hombres dicen; y los hombres concuerdan en el lenguaje; y esta no es una concordancia de opiniones, sino de forma de vida?
Entonces, aunque cualquiera de estas preguntas, u otras, pudieran poner en duda la dirección de la causalidad, más allá de la exactitud del determinismo, al parecer, finalmente, siempre nos llevarán a poner en duda el vínculo que establecemos entre las proposiciones que hacemos y la realidad.
Y si ponemos en duda este vínculo, tendríamos que explicar, si ya poseemos un stock de ideas a partir de las cuales podemos construir otras nuevas, ¿cómo se entiende la existencia, en nosotros, de la o las primeras ideas que no dependen de otras anteriores y que necesariamente deberíamos poseer? Tendríamos que suponer que algo o alguien las puso en nosotros, o algo por el estilo. Y si vamos a cuestionarnos la realidad me parece que, definitivamente, alguna forma de mística puede estar implícita en estas dudas. Por cierto, no necesariamente la mística pone en cuestión la realidad, y tal como pensaba el primer Wittgenstein, esta puede no hacer ninguna diferencia en la realidad; es decir, como veremos, se puede experimentar el mundo como un todo y no afectarlo para nada.
Hace algún tiempo Carla Cordua nos entregó una reflexión acerca de este tema. Y, más allá que uno comparta todas o sólo parte de sus reflexiones, y tal vez lo último sea mi caso, quiero reiterar que su mirada fresca nos hace bien; y lo señalo porque me parece que ha costado en nuestro país valorar en su real dimensión a una filósofa como ella. En su columna de El Mercurio (20 de mayo del 2007) Cordua señaló que “no hay razones para poner en duda la eficacia de ciertas prácticas mágicas”, y ella cree que, la duda existente en nuestra sociedad, se debe a que en las culturas ilustradas “es característico… identificar la utilidad de las conductas con su racionalidad”. Por lo fuerte de esta afirmación, creo que vale la pena detenerse en su análisis del caso. En realidad, ella misma señala como requisito para su “eficacia” que el paciente, el brujo y su entorno “crean”. Pero ¿creen los tres lo mismo? Carla Cordua nos responde: “el chamán duda de los chamanes, pero el enfermo está curado y el público, satisfecho del poder del chamán, le reconoce privilegios sociales”. Por la respuesta, podemos deducir que no creen lo mismo, pero nada sabemos sobre lo que cada uno entonces “cree”. Tampoco nos explica que quiere decir con “eficacia”, ya que al comienzo hace referencia a la contraposición de “técnica y magia”, pero después se refiere a la eficacia social, en tanto “la conciencia de la colectividad”; es decir, en el primer caso se trataría de la eficacia de los resultados clínicos, y en el segundo se trata del rol terapéutico de las creencias colectivas ¿Qué diferencia habría entre estas últimas y el poder de la “oración”, u otro que involucre creencias místicas y de cuya eficacia sicológica nadie duda? Ya Russell había dicho que “las supersticiones no son siempre negras y crueles, a menudo agregan alegría a la vida”. En realidad, debo reconocer que no logré comprender qué nos quería decir esta parte del artículo.
Otro que incursionó en estas reflexiones es Ítalo Calvino, quien utilizó las cartas del Tarot como una máquina narrativa combinatoria (El castillo de los destinos cruzados, Ediciones Siruela, 1989). Para su libro, tiró las cartas varias veces y del orden, aleatorio, en que aparecieron escribió una serie de relatos fantásticos. Este ejercicio lo realizó con dos barajas distintas que, según explica, tenían poco en común; una del siglo XV y la de Marsella que es del siglo XVIII. El mismo nos cuenta en su introducción que las cartas y, por tanto, los relatos que inventa a partir de estas, son muy diferentes siendo todas de Tarot. Usted, lector (a), puede hacer un ejercicio parecido: tirando las cartas con diferentes tarotistas, o recurriendo a diferentes programas computacionales de Tarot y preguntando por las mismas cartas. A Calvino no le preocupa si el lector cree, o no, en el supuesto vínculo de los relatos, que se construyen con la secuencia de naipes, con el futuro de quien participa del juego, pues resulta evidente que aquí el creer es un acto de fe.
Hasta aquí, podemos considerar que estas creencias no son meras expresiones de estados anímicos. Para entenderlas, siguiendo a Calvino, no hay tanto que preguntarse por su significado sino respecto al uso que de ellas hace la persona que cree. Finalmente, se trata de sentencias no verificables, porque se refieren a algo invisible, algo que no se reduce a "hechos"; el objeto de la fe es lo inevidente.
En este punto, parece necesario que hagamos una distinción entre las acciones individuales o colectivas que llamamos “cábalas”, y la interpretación de las escrituras llamada Cábala o kabbalah, una antigua tradición hebrea conocida desde la edad media. Un libro de Andrés Claro (La Inquisición y la Cábala, LOM, 2009), ha repuesto en nuestro medio el polémico tema. El texto nos da una mirada original respecto a la cábala hebrea, y algo de la cristiana, en relación al exilio judío y su notable resistencia a la Inquisición. Claro nos informa de la poco estudiada relación de la cábala con la cultura oral; sin embargo, no logré comprender la relación que pretendió establecer entre esta y una teoría del lenguaje, que supuestamente estaría en su base. Por otra parte, el análisis de la disputa de los Cabalistas, en el judaísmo, y de estos con Maimónides (1135-1204) y el aristotelismo, parece fundado, pero desde allí a su interpretación de la Inquisición Medieval, como la base del Método Cartesiano, me pareció una exageración para la que no encontré apoyo en su ejercicio de interpretación. Por último, tampoco comprendí porqué, cuando afirma que se “intenta conocer a Dios a través de la Escritura y sus particularidades”, no debemos concluir que esta sería una forma de mística. Parece razonable pensar que cualquier búsqueda de Dios lo sería, y es aquí donde la Cábala, como interpretación del mundo y de las Escrituras, tiene algo en común con todas las otras formas de mística. Aunque, como veremos, es probable que no importe si lo hace en el marco de alguna religión, o no, ni que es lo que busca.
Una última reflexión sobre este aspecto de la mística: las creencias de la Cábala Judía no son las únicas que han sido objeto de feroces persecuciones. Sobre el extraordinario caso de los evangelios cristianos, publicados en 1983 (Los gnósticos, dos tomos, editorial Gredos), y su sistemática destrucción, contamos con los estudios de Elain Pagels (Los Evangelios Gnósticos de 1979, editorial Critica, en 1983), y el de su traductor al español, José Montserrat, (La Sinagoga del Cristianismo, 1989, Muchnick Editores). Más allá de los problemas de la mística, que nos plantean estos escritos, respecto del gnosticismo con todas sus variantes de entonces, representadas por los evangelios de Tomas, Felipe, Judas y muchos otros, que nos dan cuenta da la riqueza cultural de los habitantes de las costas del mar mediterráneo, y las actuales continuadoras de estas tradiciones religiosas, debemos recordar que si en la actualidad sólo contamos con unos cuantos evangelios, esto se debe a la persecución implacable de que fueron objeto las sectas llamadas herejes, hasta no hace tanto tiempo, y tal vez esto esté en la base de la relación que algunos ven entre la Cábala y, uno de estos grupos cristianos, el Catarismo.
A la luz de tantos crímenes cometidos en su nombre, parece evidente que las creencias místicas no son un tema pacífico, y me parece que el problema de la tolerancia merece una reflexión aparte. El mismo Fausto eludió las preguntas que le hizo Margarita acerca de Dios y la religión: “dale el nombre que quieras”, le respondía elusivo. La tolerancia significa que todos compartimos el derecho a ser diferentes sin temor; es decir, compartimos el derecho, y no la diferencia. Y no he logrado comprender por qué la tolerancia no estaría en la base de la mística, y sí en el fundamento de la filosofía; cuando parece más razonable considerar el peligro de la intransigencia y el fanatismo como anterior, tanto a la filosofía como a la mística. Un ejemplo lo tenemos a la mano, en el texto de Julio Retamal “Y después de Occidente ¿Qué? (Editorial Andrés Bello, 2003), que llega al extremo de querer salvarnos a todos, imponiendo su religión y su “verdad con mayúsculas” de la historia, experiencia que él considera que Chile ya vivió con la dictadura, y que evidentemente añora.
Quien sí quiere ordenar el enredo, si existe, es Ernst Tugendhat (Egocentricidad y Mística, Editorial Gedisa, 2004). En este caso, nos encontramos con una explicación de la necesidad de la mística como un fenómeno antropológico, que echa sus raíces en la estructura del ser humano pero, al mismo tiempo, nos da cuenta de cómo para alguien de nuestro tiempo no es posible satisfacer esa necesidad sin autoengaño.
Este autoengaño lo considera antropológico, pues radica en la necesidad de muchos de pervivir indefinidamente. A pesar de la evidencia de que este deseo se contradice con la realidad, se encuentra firmemente anclado en todas las culturas que han tratado, de uno u otro modo, con o sin religión, de construir una vida después de la muerte. Como la creencia en Dios, o en la vida después de la muerte, está situada en un ámbito inmune a las pruebas y contrapruebas empíricas se puede creer impunemente, entrando sólo en contradicción con la honradez intelectual.
A diferencia del resto de los animales, en la medida que nuestra mente se proyecta hacia el futuro, los seres humanos intentamos, por medio de la técnica y la ciencia, superar la incertidumbre de la existencia, pero sólo lo logramos en casos particulares. La muerte es el caso límite de nuestra incertidumbre, de nuestra conciencia del tiempo, el ejemplo extremo del azar; parece entonces natural que esta indefensión nos lleva a querer saber qué ocurrirá en el futuro. Todos experimentamos que la consecución de nuestros objetivos, o la posibilidad de eludir los resultados incompatibles con estos, no dependen sólo de nosotros. Mientras los animales de otras especies viven fijados a sus circunstancias, los humanos vivimos mirando hacia el futuro, con independencia de nuestra situación buscamos nuestro destino. Pero finalmente ese destino, lo que cada cual termina siendo o haciendo, es la resultante de muchos factores, unos biológicos y otros sociales, unos personales y otros colectivos que no controlamos.
En esta condición, como nos recuerda Tugendhat, aspiramos al "siempre más allá" y al "siempre más". Y esa sería la causa de que muchos busquen tener una relación distinta con el tiempo y con la voluntad; y en vez de "siempre más" buscan una contención; cambian la obstinación por el recogimiento y la renuncia a la propia voluntad. En este caso, el misticismo resulta ser una forma de dar cuenta de nuestra relación con el tiempo y la voluntad, en la que ya no se apela a la relación con los objetivos egocéntricos, los fines que perseguimos, sino con el todo, el uno, el cosmos, etc. La mística, así entendida no es necesario que sea religiosa, lo que nos podría permitir integrar la comprensión de los diversos y complejos caminos modernos de estas creencias.
Entonces, pareciera que, de existir alguna forma de enredos, estos surgen cuando algunos proyectan sus creencias místicas a las elecciones, o incluso a la democracia en general. En este caso, me parece un enredo el considerar que los actos políticos democráticos se basarían en principios, como los místicos, igualmente indemostrables. Sin embargo, es evidente que en estos casos los acuerdos han sido convenidos por la sociedad, de manera más o menos explícita, y sus verdades son de derecho y no de hecho, aunque a veces lo parezcan (como en el Articulo 1º de nuestra Constitución: “las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”). En consecuencia, cuando nos referimos a principios en política, asumimos que estos se sustentan en el acuerdo y las razones que los apoyan, y no se prestan a “enredos”, pues son verificables o demostrables de la manera que les es propia: con rigor, como lo establecía ya Aristóteles para las ciencias humanas. Definitivamente, y la última elección lo demostró, por más fe que se tenga, aquí las cábalas no cambian el destino.
Por Gonzalo Rovira Soto. El autor es miembro del consejo editorial de Crónica Digital.
Santiago de Chile, 30 de mayo 2010
Crónica Digital
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