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LA MÚSICA DE LUIS ALBERTO MANSILLA

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Te tengo que contar de los timbales”, me dijo Luis Alberto en el intermedio de la 6ta Sinfonía de Tchaikovski, la “Patética”.

Nos habíamos conocido en el exilio. Era un buen amigo de mi madre, además de trabajar con ella en “Chile Antifascista”, por lo que un día llegó a cenar y nos contó que necesitaba a alguien que le ayudara con el aseo general de su departamento, dos horas, dos veces a la semana. Así fue como Luis Alberto obtuvo su “ayudante” y un alumno, y yo mi primer trabajo remunerado y un gran maestro. Nuestro acuerdo establecía que, en su presencia, debía hacer el aseo general del pequeño departamento, aspirar, barrer y lavar su loza, él era muy celoso de su privacidad pero en Berlín era imposible contratar a alguien para esas labores.

El primer día que llegué a trabajar, y mientras barría, me preguntó para qué quería el dinero, a lo que respondí que era para comprar libros. “¿y por qué no compras música?” me preguntó, a lo que debo haberle dado una de esas respuestas que nada explican, pues recuerdo que me replicó: “¿conoces a Strauss?”, sí, le respondí, pero no me gusta los valses, “perdón -me dijo- no me refería a ese Strauss, pero está claro que tendremos que comenzar desde el principio”.

Ese mismo día inició su largo camino para enseñarme el amor por la música clásica. Comenzó por el principio, dedicó las primeras semanas de mi trabajo a la música barroca. Resultó que mi maestro era un melómano confeso pero, además, de una cultura literaria y estética en general que pocas veces he conocido. Y debo reconocer que su tarea era titánica, a mi pésimo oído debía añadir que mis intereses literarios y musicales estaban alejados de la música clásica y de la literatura latinoamericana, su otra gran pasión, sino más bien por los ensayos y el jazz.

Todo lo que relata José Miguel Varas, en el prólogo al libro de Crónicas Culturales (Luis Alberto Mansilla, Gente del siglo XX, LOM ediciones, 2010), no es más que un día conversando con Luis Alberto. Sus crónicas y entrevistas -Neruda, Gonzalez Vera, Arrau o Mariano Latorre-, más que su oficio son parte de su vida, o del “entrenamiento” del que escribí hace algún tiempo (LA NACION, 27/8/2007). Descubrió que la manera de interesarme por lo que a él le gustaba era conversarme acerca de su propia vida y los muchos “personajes” que había conocido, sobre su compromiso revolucionario y la necesidad de llegar con la cultura al pueblo, todos temas que a mis 15 años me apasionaban.

Varios de los pasajes que se relatan en el libro me los contó él mismo, mientras escuchábamos a Mozart o a Wagner, o mientras hacíamos un alto en mi trabajo porque requería de toda mi atención para explicarme las difíciles  condiciones en que Beethoven hacia música, o de la vida de Schubert tras la muerte de su madre. “Neruda –decía- era un gran ser humano, con virtudes y defectos como todos nosotros” Tal como recuerda su libro en cada página, él valora la consecuencia de cada uno de quienes ha conocido en el duro camino del compromiso social, la capacidad que tienen o tuvieron para aportar a la causa del bienestar de los desposeídos, de los trabajadores, de los marginados. El fue obrero, hijo de una mujer que hacía la misma labor que yo en su departamento, y él mismo llegó como auxiliar al diario El Siglo. No conoció a su padre, pero ha de tener alguna sospecha, como otras sospechas respecto a amigos excesivos, o a revolucionarios que eran caprichosos como el más burgués; defectos humanos, que considera parte de la vida misma, y que nos recuerdan que somos humanos y todos diferentes.

Ojalá que a usted, lector/lectora, le ocurra como a mí; y sienta que a Luis Alberto Mansilla le faltan aun muchas vidas por contar. El libro lo leí de una sentada, y me faltaron más anécdotas profundas, con los escritores latinoamericanos, con Coloane en algún restorán de Santiago, con Corvalán, el PC, El Siglo, los cubanos y la URSS, me faltan tres volúmenes más como esté, con el relato de la humanidad de la existencia, del valor de la tolerancia y la fraternidad. Pero también me faltó más de lo que insinúa en la crónica de su relación con Neruda; de porque un día le recordaron, desde otro periódico, que “los garabatos no mansillan a nadie”, o de cuando en Alemania fue a comprar un producto para el cabello sin saber hablar alemán, transformándose esta en una anécdota universal del chileno exiliado.

Ya habíamos recorrido toda la historia de la música clásica, después de dos años, Grieg, Malher y, cómo no, Richard Strauss me eran algo más que familiares, y su generosidad había llegado incluso a enseñarme a “escuchar” el jazz y a conocer a Gershwin. Hasta mis últimos días de trabajo le preocupó el que me hubiera quedado pegado con Tchaikovski. Me gustaba la pasión de su música sin conocer al ser humano tras el compositor, el pueblo y su historia.

Un día me dijo: “¿Sabías que se retira de la dirección de orquesta el gran Igor Markevitch? Y lo hará aquí, en Berlín, dirigiendo la “Patética” de Peter Ilych?” que increíble, le respondí, debe ser maravilloso, “y tú y yo vamos a ir -me replico-, es la última sinfonía para ambos”, complementó.

Fue su regalo de despedida, debía dejar este trabajo, estaba ya en mi último año de enseñanza media, preparándome para el examen final, y para retornar a Chile, en medio de la dictadura. Nunca había estado en un teatro escuchando música, y este estaba lleno, la despedida del maestro lo ameritaba. Y me refiero a los tres.

Había estado en clases todo el día. Los primeros movimientos me costaron, creo que alcancé a cabecear en el segundo movimiento, cuando salimos al intermedio, y entonces Luis Alberto me preparó para el Alegro Molto Vivace y el gran Finale. Es el fin, la muerte, la dignidad de saber terminar, y no especular como el Rey Lear, los últimos latidos del corazón del que compone, y la última Sinfonía que dirige. La pasión de vidas que han valido la pena y que quieren dejar testimonio, la 6ta Sinfonía, y la despedida de Markevitch.

Nos hemos vuelto a encontrar desde el 90, cuando él logró regresar del exilio y yo sobrevivir a la dictadura. Tras este primer libro deben venir otros, trozos de nuestra historia cultural aun no escrita, y de la humanidad de Luis Alberto Mansilla, del maestro que tiene luces y sombras, como él dice, pero que nunca se ha sentido derrotado ni por la dictadura ni por una democracia que nunca termina de “ser”.

Por Gonzalo Rovira. El autor es miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital.
 
Santiago de Chile, 13 de julio 2010
Crónica Digital

 

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