LA IGLESIA NO ES UNA MULTINACIONAL

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La Iglesia, según esta visión, sería una gran empresa, muy bien organizada y estructurada, al estilo de Coca Coca, Mac Donald, Toyota o Sony, con ejecutivos bien preparados y eficientes que hacen marketing del producto.

Aunque a veces a lo largo de la historia la Iglesia haya podido dar pie a esta impresión, no es ésta la verdadera realidad de la Iglesia. La Iglesia es ante todo un misterio de comunión, una comunidad que refleja en la historia de la humanidad la comunidad del Padre con el Hijo y el Espíritu, una comunión en la diversidad de personas. La Iglesia que nace en Jerusalén después de la muerte y resurrección de Jesús, por la fuerza del Espíritu se abre a todos los pueblos, razas y culturas. Esto se refleja simbólicamente en el relato de Pentecostés, cuando diversos pueblos oyen a los apóstoles que eran galileos pero cada uno los entiende en su propia lengua (Hechos 2 ,1-3). En la Iglesia hay unidad en medio de la diversidad.

Gracias a la predicación de los apóstoles pronto aparecen diversas Iglesia locales (Antioquia, Corinto, Tesalónica, Cesaréa, Éfeso…), que se agregan a la Iglesia madre de Jerusalén, pero cada una de ellas ya es la Iglesia de Dios. La comunión de todas estas Iglesias locales constituye la Iglesia universal (Efesios 4, 1-6; Romanos 16,12; Colosenes 1, 24) que con el tiempo presidirá la Iglesia de Roma. La Iglesia romana, aunque es también una Iglesia local, posee una peculiar primacía entre todas las Iglesias locales, por ser la sede martirial de Pedro y Pablo.

En los primeros siglos, cada Iglesia local goza de autonomía, mantiene sus propias características geográficas, históricas y culturales que se reflejan en el gobierno, la práctica litúrgica, la teología y la pastoral, siempre manteniendo la comunión con Roma. En las diversas regiones se reúnen concilios y asambleas, con normas y propuestas para la respectiva región.

Esta autonomía de las Iglesias locales se va perdiendo en torno al año mil, sobre todo con la llamada reforma gregoriana (del Papa Gregorio VII), que para evitar la injerencia de los príncipes seculares y mantener la libertad de la Iglesia, unifica y centraliza toda la vida eclesial en Roma. Esta es la forma de centralismo eclesial que se ha mantenido durante muchos siglos en la Iglesia de Cristiandad, prácticamente hasta el Vaticano II (1962- 1965). El Vaticano II ha redescubierto la importancia de la Iglesia local o particular, que no es una parte de la Iglesia universal sino la Iglesia de Dios presente en un lugar concreto, en comunión con las demás Iglesia locales y bajo la presidencia del obispo de Roma (Constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium n 23).

Desde este contexto eclesial se comprende por qué se puede hablar de la Iglesia

Latinoamericana y por qué en América Latina y el Caribe ha habido diversas Conferencias continentales y ahora se esté preparando la V ª Conferencia de los obispos de Latinoamérica y del Caribe

El caminar de la Iglesia Latinoamericana

La Iglesia Latinoamericana posee ya un largo caminar, jalonado últimamente por sus diferentes Conferencias.

La Iª Conferencia Latinoamericana se celebró ya antes del Vaticano II, en Río de Janeiro, en 1955, bajo el pontificado de Pío XII. Esta Conferencia refleja las preocupaciones y mentalidad de aquella época que era todavía típicamente de Cristiandad. Pío XII estaba muy preocupado de la ortodoxia de la Iglesia[1] y veía a América Latina como una reserva espiritual para la Iglesia universal. En esta Conferencia se definen como los dos grandes problemas de la Iglesia de América Latina el comunismo y el protestantismo. Estos problemas tienen como raíz la falta de clero y por esto se pide ayuda a las Iglesias de Europa y de América del Norte para que envíen misioneros a América Latina. Quizás el aporte más importante fue la creación del CELAM que coordinará las Iglesias de América Latina. La pobreza del continente no pareció afectar demasiado a los participantes de esta Iª Conferencia. Muy diferente será la sensibilidad de Medellín.

La IIª Conferencia Latinoamericana, seguramente la más importante y la más conocida, fue la de Medellín en 1968, convocada por Pablo VI, que quería que el Vaticano II se extendiera y aplicara en todo el mundo. Pero Medellín fue mucho más que una mera aplicación del Vaticano II a América Latina, fue una relectura del Concilio desde un continente marcado desde siglos por la pobreza pero que ahora recién comenzaba a tomar conciencia de su situación de injusticia y dependencia. Un viento de libertad sacude todo el continente. Los obispos en Medellín escuchan el clamor de los pobres, reconocen la existencia de estructuras económicas y sociales injustas, denuncian el pecado estructural existente en América Latina, afirman la necesidad de liberación para pasar de situaciones inhumanas a situaciones más humanas, como el pueblo de Israel pasó de la esclavitud a la liberación. Fue un verdadero Pentecostés, una irrupción del Espíritu que generará una nueva imagen de la Iglesia en América Latina, una Iglesia que desea ser pobre, misionera y pascual, al servicio del Reino, una Iglesia de obispos cercanos al pueblo y defensores de los pobres, verdaderos Santos Padres de América Latina, una Iglesia de comunidades de base, de agentes pastorales laicos comprometidos con el pueblo, de vida religiosa inserta en medios pobres, con una nueva reflexión teológica que busca la dimensión histórica y liberadora de la salvación, con una espiritualidad que une la fe con la justicia, una Iglesia que se convertirá en una Iglesia de mártires.

La IIIª Conferencia tiene lugar en Puebla en 1979, esta vez bajo el pontificado de Juan Pablo II, sobre el tema de la evangelización en América Latina. En muchos lugares de América Latina dominan las dictaduras militares, justificadas con la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional. Una dura batalla teológica precede a la celebración de esta Conferencia. Mientras algunos sectores opinan que los mayores problemas para América Latina son la secularización y el ateismo, los sectores más cercanos al pueblo creen que el problema mayor es el hambre y la necesidad de cambios estructurales. Aunque ambas líneas están presentes en el documento final, prevalece la perspectiva liberadora que se plasma en la famosa opción preferencial por los pobres. Se ha hecho famosa la descripción que Puebla nos ha dejado de los rostros de los campesinos, jóvenes, ancianos, niños, mujeres, indígenas…en los cuales se halla presente el Crucificado( 31-39). Puebla es una serena afirmación de Medellín. Se ha escrito que si Medellín fue Pentecostés, Puebla fue como el concilio de Jerusalén (Hechos 15).

La IVª Conferencia se reunió en Santo Domingo 1992, a los 500 años de la primera evangelización de América, también bajo Juan Pablo II. Su lema es “Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana”. El contexto mundial ha cambiado desde la caída del muro de Berlín (1989) y el consiguiente afianzamiento del modelo económico neoliberal que se proclama como el único modelo salvador, pero que de hecho provoca una mayor pobreza y exclusión en la gran mayoría de la sociedad. También cunde el pensamiento postmoderno, más sensible a lo personal y psicológico que a lo social. A nivel de Iglesia universal se vive lo que se ha llamado “el invierno eclesial” con una fuerte tendencia a la centralización y debilitamiento de la autonomía de las Iglesias locales. Esto explica que en la preparación y celebración se enfrentasen dos claras tendencias eclesiales.

Una tendencia, liderada sobre todo por algunos representantes de la curia romana, más preocupada de lo doctrinal (secularización, sectas..) que de lo social, siente sospechas y desconfianza respecto al caminar de la Iglesia de América Latina ( las comunidades de base, la teología de la liberación, la CLAR, la metodología ver/juzgar/actuar que parte de la realidad, las actuaciones de las Conferencias episcopales, incluso de los mártires). Esta tendencia cree que hay que hacer un reajuste pastoral a través de una nueva evangelización con una insistencia mayor en lo cultural que en lo social, con una gran preocupación por la cultura adveniente moderna y secularizada.

La segunda tendencia, representada por una gran parte de obispos de América Latina, cree que los mayores desafíos provienen de la pobreza del pueblo y de la violación de los derechos humanos. Está también preocupada por la cultura, pero sobre todo por la inculturación de la fe en las culturas originarias. La nueva evangelización ha de constituir una buena nueva para los sectores pobres y excluidos, en continuidad con el Vaticano II, Medellín y Puebla.

Ambas líneas se reflejan en el documento final. De hecho se cambió el método teológico habitual (ya no se partió de la realidad sino de la iluminación teológica vertical), se evitó el lenguaje de la liberación, se debilitaron las comunidades de base y se silenciaron los nombres de los obispos mártires Romero y Angelelli, pero finalmente se asumió el clamor del pueblo empobrecido, se renovó la opción evangélica preferencial por los pobres y sobre todo se abrió al tema de la inculturación tanto en la cultura moderna como originaria (indígena y afroamericana). Apenas tomó en cuenta los aportes que las Conferencias habían preparado luego de una larga consulta con la base eclesial.

El contexto de Aparecida

En este ya largo y a ratos tortuoso camino se sitúa la Vª Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe convocada por el nuevo Papa Benedicto XVI a celebrarse en Aparecida, el santuario de la Virgen Patrona del Brasil, del 13 al 31 de mayo de 2007. Su lema es “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida” Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6).

En estos últimos 15 años el panorama latinoamericano y eclesial ha cambiado. Se mantienen los gobiernos democráticos en casi toda América Latina, pero ha aumentado la corrupción y el descrédito de la clase política. El Neoliberalismo económico continúa produciendo frutos nefastos en el pueblo: pobreza, desempleo, emigración al exterior, aumento de la marginación y de la criminalidad, narcotráfico, violencia.. .Pero al mismo tiempo están surgiendo nuevos agentes sociales ligados a movimientos campesinos, indígenas, afroamericanos, mujeres…que creen que “otro mundo es posible”. En algunos países están surgiendo líderes políticos del pueblo, sensibles a la marginación de grandes sectores del pueblo.

El Documento de participación a la V Conferencia ha suscitado muchas reservas entre los fieles de América Latina y el Caribe: no se parte de la realidad sino de una antropología ahistórica, su cristología olvida del Jesús histórico, su eclesiología no se abre al Reino, su proyecto de misión es más propio de una época de Cristiandad. El obispo Pedro Casaldáliga ha escrito que parece haber sido redactado por teólogos celestiales. A pesar de ello, los fieles han participado y han ofrecido sus aportes. A grandes líneas han aparecido las siguientes sugerencias para Aparecida:

1) Recuperar el caminar de la Iglesia de América latina: escuchar el clamor de los pobres, el método de partir de la realidad, la memoria de los mártires, la pastoral profética de los obispos verdaderos Santos Padres de América Latina, las comunidades de base, la teología liberadora, la vida religiosa inserta…

2) Reafirmar las opciones fundamentales ya asumidas: las opciones del Vaticano II y en concreto las de la Iglesia de América Latina desde Medellín: opción por los pobres, por los jóvenes, por las familias, el protagonismo de los laicos, la inculturación del evangelio en las culturas modernas y originarias, el respeto a la tierra y a la ecología, el anuncio del evangelio centrado en la vida de Jesús y orientado al Reino

3) Responder a los nuevos desafíos: condenar proféticamente el Neoliberalismo económico y renovar la opción por los pobres (hoy excluidos y víctimas), iniciar a una experiencia espiritual profunda, acoger el clamor de las mujeres, repensar la afectividad y sexualidad, profundizar la evangelización de la cultura moderna del conocimiento y la información, repensar los ministerios ordenados, abrirse al diálogo ecuménico y macroecuménico, volver más participativas las estructuras de la Iglesia, profundizar en la Pneumatología, defender la vida amenazada del pueblo y acoger los nuevos signos de esperanza que surgen.

¿Se reconocerá en Aparecida la legitimidad de una Iglesia particular como la latinoamericana y caribeña, en comunión con la Iglesia universal y con el Papa, pero que no es puro reflejo de la Iglesia europea, sino diferente en su liturgia, teología, ministerios, espiritualidad, problemática social y pastoral, opciones y estilo de vida? Este es gran el desafío de Aparecida.

Por Víctor Codina. El autor es sacerdote Jesuita.

Santiago de Chile, 20 de abril 2007

Crónica Digital/Revista “Reflexión y Liberación”
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