LA EUTANASIA

De vez en cuando suceden hechos que plantean el problema de “la eutanasia”. Últimamente, en un hospital de Los Andes, paramédicos suministraron una súperdosis de insulina, que resultó mortal para una anciana, diabética, a quien habían cortado una pierna.

Es bueno aclarar los criterios sobre este tema. Y hacerlo sin miedos. No hay que temer a la verdad. Hace poco, en la Cámara de Diputados se optó por eludir una discusión. Los médicos abusan, a veces, imponiendo costosos y prolongados tratamientos, sin entregar los datos necesarios para que el enfermo o sus familiares puedan hacer una verdadera opción libre.

La moral católica inculca el deber de conservar y cuidar nuestra vida como un don de Dios. Pero ha enseñado que para ello no estamos obligados a usar “medios extraordinarios,” que es un término vago. Significa un medio desproporcionado para la salud que se pretende. Por ejemplo: una operación sería desproporcionada para un enfermo terminal, o la conexión a un aparato que mantiene la vida, para ese mismo enfermo. Como estos “medios” tienen inconvenientes, suprimirlos no significa que se busque la muerte por sí misma. Esto no se debe hacer.

“Eutanasia” significa “buena muerte”. Pero para que la muerte sea moralmente legítima, es decir, para que no sea homicida, se requiere que no sea directamente buscada (“eutanasia activa”), sino que sea solamente aceptada como resultado de un alivio o una ventaja. Esto se suele llamar “eutanasia pasiva”.

Las situaciones que se presentan son variadas. Podemos ilustrar lo dicho con algunos ejemplos. Sería eutanasia pasiva, y por tanto legítima, la del italiano que quiere librarse de la máquina que lo mantiene vivo. También la del minero que no quiso operar su cáncer y seguir un tratamiento, por no gastar los ahorros de su vida que tiene destinados a la educación de sus hijos. Lo mismo el enfermo terminal que rehúsa recibir medicamentos para prolongar su vida. Igualmente podría ser lícita una anestesia para aliviar el dolor, aunque hubiera peligro de infarto.

Claro que en todos los casos deben evaluarse concretamente sus circunstancias. Por esto, las reglas generales son solamente orientadoras para un completo discernimiento. Y, en este discernimiento, debe tener un lugar la “epiqueya”, es decir, el juicio equilibrado de las personas que juzgan.

Observemos la perniciosa carga que llevamos en Chile con el “legalismo” que prevalece en nuestro sistema jurídico. Para todo hay que establecer leyes. El Parlamento tiene que preverlo todo y ordenarlo todo con leyes. El Poder Judicial no debe hacer más que aplicarlas. O sea, la inteligencia y la preocupación por la justicia está sólo en el Parlamento. El Poder Judicial es sólo un ejecutor. Para ejecutar no hace falta ni tener sentido común.

Sobre todo en situaciones tan delicadas como suelen ser las relacionadas con la eutanasia, hace falta tener jueces de mucha sensibilidad y perspicacia. Felizmente, tales jueces no nos faltan. Habría que concederles su debido espacio y su plena responsabilidad para ejercer su noble función de hacer justicia.

Para el caso de Los Andes, los jueces necesitarán una perspicacia mayor que la mera legalidad.

Por José Aldunate S.J. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital

Santiago de Chile, 15 de mayo 2007
Crónica Digital , 0, 133, 19

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‘Sin embargo hay un caso particular que destacar, es evidente que los intercambios epistolares, públicos, entre personas que trabajan en la misma coalición, es un síntoma preocupante que delata la absoluta falta de disposición al dialogo directo, a debatir ideas. Es como cuando en una familia comienzan a mandarse mensajes por fuera. En realidad, esta falta de dialogo es una característica de los últimos años, que al parecer se ha consolidado y entrado en crisis. El problema es que estas crisis se han sucedido ya en varias ocasiones anteriores, y para nadie es claro que en esta ocasión tenga una solución diferente a la de los acuerdos “internos”, donde sólo ha primado el afán de mantener la administración del ejecutivo por un nuevo periodo, y no la decisión de enfrentar los problemas. Debemos hacernos cargo del descontento general, y no solo del que explota esporádicamente. , Comparto la idea que es posible “discutir en serio” y ello significa referirnos a los problemas del Chile que queremos. Entonces tampoco me resultan claras las exclusivas referencias a modelos económicos o ministros de hacienda, cuando no hay definiciones respecto al proyecto País que se tiene, o quiere, para lograr mayores niveles de desarrollo. Pareciera que, para sus autores, crecimiento, desarrollo y justicia social no van de la mano en el Chile actual, dejando expresa la sensación de que es necesaria una reforma total y profunda; pero como nada indica, ni creo, que ese sea el pensamiento genuino de la mayoría de ellos, sólo queda entonces el expediente de entender tanta carta y manifiesto como recursos de efecto para cambiar un ministro, asegurar candidaturas en la futura elección parlamentaria o bien conseguir nuevos espacios de poder. , El problema de los razonamientos fáciles es que sólo llegan hasta la mitad del camino. Las otras discusiones, las importantes, requieren de un poco más de esfuerzo. Los “trabajos” que en política no tiene más sustento que el poder por el poder concluyen al borde de la hoja en que están escritos. De esos casos podríamos encontrar ejemplos que llenan las páginas de varios matutinos, en los cuales se rasgan vestiduras apelando a “reencontrar el camino perdido”, mediante “llamados al orden”, al “debate disciplinado”, o a recuperar la “lealtad partidaria”, pero donde todas las soluciones propuestas buscan o ratificar lo mismo que ya están haciendo o proponen cambios efectistas y superficiales, sin intentar formulas dialogantes. El camino para salir del obstáculo vuelve a ser la negociación partidaria en vez de abrir el debate ciudadano, lo que refleja un estilo aparentemente ya consolidado de hacer política. Declarados estos antecedentes, habría que convenir que esta falta de dialogo es alimentada por el drama de quienes siempre temen un escenario peor, lo que los arrastra al inevitable inmovilismo; y quienes, por otro lado, ven el error de los primeros pero, sin capacidad alguna de dialogo, se quedan sólo en el reclamo público para buscar el arreglo interno. Estos son males que reconocemos en toda nuestra política tradicional. En de estas […]

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