CAMBIO CLIMÁTICO Y MANZANA DE LA DISCORDIA

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Consecuente en su arrogancia, la administración norteamericana se distancia del conjunto considerándose a salvo debido a que, si bien los problemas ecológicos globales afectan a todos los países, no lo hacen del mismo modo, en la misma escala y con igual urgencia.

Por razones de tecnología, poder y dinero y, por disponer de un vasto territorio, ventilado por los océanos Atlántico y Pacifico y protegido del frío ártico por la masa de Canadá, Estados Unidos constituye un entorno ecológico particular que alberga grandes ecosistemas. Ningún país está mejor habilitado para asimilar y amortiguar los efectos de la contaminación ambiental y los cambios climáticos.

No se trata de que Estados Unidos no tenga conciencia de los peligros que los fenómenos ambientales inducidos entrañan para la especie humana, sino de la creencia de que sus riesgos son menores y mayor su capacidad para administrar la crisis.

Cuando apenas se hablaba de los temas ecológicos globales, Estados Unidos comenzó a reubicar fuera de su territorio sus plantas industriales y empresas más contaminantes, dañinas y riesgosas, que eran recibidas con jubilo en otros lugares, declaró parques nacionales o áreas protegidas a importantes territorios constituido en grandes reservas de biosfera, estableció vedas para diferentes especies, protegió sus bosques primarios y su fauna salvaje.

El caso de Europa, no sólo es diferente sino más angustioso dado que en su pequeño territorio conviven decenas de países, muchos de ellos situados en latitudes altas, abundantes en costas bajas, islas y penínsulas expuestas a las bajas temperaturas del Ártico, a los vientos y al calor procedente de África del Norte de la que la separan distancias que oscilan entre 180 y 500 kilómetros de mar Mediterráneo.

Comparados con los de América del Norte, Australia, Rusia, Brasil y otros grandes países, los ecosistemas de Europa son entidades naturales maltratadas, sobreexplotadas, exhaustas, frágiles y en algunos caso agónicos. No hay en ese continente tierras vírgenes, aguas impolutas ni apenas fauna salvaje.

Las teorías científicas unidas a la constatación de las crudas realidades, explican que fueran los europeos, principalmente los países nórdicos, quienes dieron la alarma y primero se movilizaran para promover acciones prácticas, obteniendo resultados considerables.

No se trata de posiciones filantrópicas sino de situaciones que para naciones como Holanda, Suecia, Noruega e Inglaterra no sólo son peligros inminentes sino alternativas de vida o muerte. En materia de riesgos ecológicos la poderosa Europa es tan vulnerable como el más pequeño y atrasado de los estados insulares del Pacifico y del mar Caribe con quienes comparte riesgos y destino.

En Europa nacieron los partidos verdes, surgieron grandes organizaciones ecologistas, se crearon regulaciones más consecuentes para el tratamiento de los residuales por parte de la industria, y los problemas medioambientales se incorporaron a los programas escolares y hoy forman parte de la conciencia social de todos los europeos.

Aliada y dependiente de los Estados Unidos, aunque en asuntos políticos, Europa se ha convertido en un virtual apéndice de Washington, no ocurre así en el ámbito ecológico donde los discursos se matizan, los intereses divergen y las posiciones pueden incluso colisionar.

La recién celebrada Cumbre del G8 reveló que si bien los gobiernos europeos pueden acompañar a Estados Unidos en su búsqueda de la hegemonía, someterse a su supremacía económica e incluso avanzar con ellos en aventuras militares, no están en condiciones de compartir su desdén hacía las cuestiones ecológicas.

Las contradicciones entre los países imperialistas no son un invento ni una novedad, condujeron a cientos de enfrentamientos y a dos guerras mundiales. Tal vez sean los problemas asociados a la contaminación y al cambio climático, sea la cuña que se introduzca en la alianza entre Estados Unidos y Europa que puede parecer una placida relación pero no lo es.

Los desencuentros son inevitables. Esta por ver si las próximas administraciones norteamericanas rectifican, de no hacerlo, la colisión parece inevitable.

Para ponerle el cascabel al gato, además de valor se necesita un buen motivo. Sobrevivir lo es, Europa no puede evadir su destino.

Por Jorge Gómez Barata de Visiones Alternativas.

Santiago de Chile, 27 de junio 2007
Crónica Digital , 0, 98, 16

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