LA IMPORTANCIA DE NO SER OSVALDO ROMO

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Cuando fue secuestrada, el 18 de noviembre de 1974, estaba embarazada de tres meses y medio. Desde ese día se encuentra desaparecida. Tampoco se tienen noticias del hijo que esperaba. En la esquina de su casa aún está el árbol que sus padres plantaron el día que nació.

Carmen Bueno era una joven guapa, de ojos verdes, lindas piernas y una gran sensibilidad e inteligencia. Se hizo actriz, cineasta y pareja de Jorge Müller, el camarógrafo de la Batalla de Chile. Era algo excéntrica para vestir, dicen quienes la conocieron, y gustaba de usar cortas minifaldas.

Su compromiso político y social lo dejó estampado por allí donde pasó, en el cine, como funcionaria de Chile Films, y militante del MIR.

Jorge y Carmen fueron detenidos el 29 de noviembre de 1974, tras haber asistido al estreno de “A la sombra del sol”, de Silvio Caiozzi, la última película en la que trabajaron juntos.

Carmen tenía 24 años y en julio de 1975 aparecería en la lista de los 119 chilenos asesinados en Argentina, en el marco de la “Operación Colombo”. Su madre murió de cáncer con la pena infinita de no haberla vuelto a ver.

Osvaldo Romo, murió en la madrugada del pasado 4 de julio, los 70 años. Hizo de la tortura su profesión. Fue agente de la DINA, hasta que en 1978 fue trasladado a Brasil para ocultarlo al ser requerido judicialmente por la desaparición de Alfonso Chanfreau.

Carmen y Diana, fueron sus víctimas junto a muchos otros chilenos, como ellas. Romo nunca se arrepintió.

Quienes lograron sobrevivir a sus tormentos lo recuerdan como un hombre salvaje y brutal y todo indica que el se sentía orgulloso de ello. Sin embargo, pocos día antes de su muerte su hija le escribió: “Yo lo amo. Usted es mi padre. Pero siento vergüenza de que haya sido un torturador”. Ella tampoco asistió a su funeral. Nadie lo hizo.

Romo construyó un personaje de si mismo, una caricatura burda del mal. Pero Romo no fue el único de su tipo en el engranaje represivo, tal vez ni siquiera el más cruel. No ocupó un lugar importante en la jerarquía de los servicios secretos, sin embargo sus jefes lo protegieron hasta el final, tal vez por que su mayor mérito consistía en obedecer sin cuestionamiento y hasta con placer. Su mejor herramienta para sobresalir fue su sangre fría y lo empleó siempre que pudo, llegando incluso a exhibirla en los medios de comunicación.

La justicia hizo lo suyo, cuando en 1992 fue extraditado desde Brasil y condenado por algunos de sus numerosos crímenes. Al momento de su muerte se encontraba en la cárcel y sumaba condenas por 92 años. Pero no podemos olvidar que Romo no actuó solo, sus acciones no fueron un “exceso”, sino parte de una política de exterminio, en contra de un grupo significativo de la sociedad chilena. Mujeres y hombres que habían participado con sus mejores esfuerzos y capacidades en el proyecto del gobierno de la Unidad Popular, chilenas y chilenos que aspiraban a un país más justo, solidario y democrático.

La impunidad no se acaba con la muerte del guatón Romo, más bien debiera ser el inicio de un debate profundo al interior de nuestra sociedad.

La justicia y la reparación de las víctimas no se limita a la labor de tribunales, es un ejercicio ciudadano que debemos convertir en una práctica cotidiana.

Es necesario preguntarse como y porque este país optó por la violencia y la muerte. Que pasó en Chile para que Dianas, Carmenes, Alfonsos, se convirtieran en “enemigos de la patria”, y Romo en su “salvador”.

Hay que reconocer que para que ello ocurriera fue necesaria la complicidad de muchos y el silencio de otros tantos, ya fuera por convicción, por conveniencia o simplemente por miedo. La indiferencia nos privó de muchos compatriotas, que sin ser santos ni héroes, intentaron hacer de este un país mejor.

Esa misma indiferencia engendró demonios. Por eso hoy no basta con dar hurras por la muerte de Romo, debemos impedir que surjan otros nuevos. De ahora y para siempre optemos por la vida, por Carmen, por Diana.

Por Carla Peñaloza Palma. Academica de la Universidad de Chile. Colaboradora de Crónica Digital.

Santiago de Chile, 17 de julio 2007
Crónica Digital
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