A 90 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

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La Revolución Rusa de 1917 cambió el curso de la historia. Con ella emergió un poder de nuevo tipo asentado en los soviets de obreros y campesinos como expresión de una gestión efectivamente democrática de los asuntos que enfrenta toda sociedad humana. Los soviets, promovidos sobre todo por el Partido Comunista y sus dirigentes, el principal de todos, Vladimir I. Lenin, aseguraban el ejercicio del poder por los trabajadores. “Las grandes masas de individuos socialmente solitarios una vez concentradas… han desarrollado una solidaridad humana inaudita… Cuanto más débiles se sentían antes, en el aislamiento… tanto más grande fue la revelación de la fuerza colectiva existente, tanto más poderoso y tenaz el deseo de conservarla y de construir sobre ella una sociedad nueva.” Esa es la esencia de los soviets como lo percibió Gramsci. “Se constituye una jerarquía: de la masa desorganizada y en sufrimiento se pasa a los obreros y campesinos organizados, a los soviets…. He ahí el dominio de la libertad, he ahí las garantías de la libertad”

Los poderes imperiales comprendieron desde el primer día los peligros que acarreaba para ellos este nuevo poder y buscaron con frenesí su aniquilamiento. Los esfuerzos del joven gobierno soviético para construir desde las ruinas de la guerra los fundamentos económicos del nuevo sistema social se enfrentaron a la feroz resistencia de las clases desplazadas del poder apoyadas por la agresión militar extranjera en que participaron viejos imperios y países subordinados a ellos.

El poder soviético consiguió sobreponerse y vencer. Contó para ello con el aporte de la solidaridad internacional y la rebeldía creciente de los trabajadores del mundo que tomaban pié en los logros del proletariado, ruso primero, soviético enseguida, para exigir el respeto de sus derechos como seres humanos.

El mundo entero fue conmovido y los más preclaros promotores de la libertad, la justicia y la igualdad se hicieron parte de ese movimiento al futuro. En nuestra América Latina luchadores como Recabarren en Chile, Julio Antonio Mella en Cuba, Mariátegui en Perú, entre muchos otros, hicieron suyas esas banderas. Simultáneamente, una parte sustancial de lo más destacado de la intelectualidad científica y artística se hizo parte de ese movimiento mundial.

No obstante el odio frenético que los invadía, el capitalismo internacional se vio obligado, desde las primeras victorias del orden nuevo, a tener en cuenta que se abría una época distinta y debió acomodar su conducta a esa realidad.

Con la victoria de la Revolución de Octubre se crearon las condiciones para conquistar derechos que el mundo del trabajo nunca había logrado y por cuya exigencia habían sido reprimidos brutalmente. En un país como el nuestro, tan alejado del epicentro de los sucesos mundiales, se impuso en poco tiempo, con luchas inspiradas en el ejemplo distante y fundado en necesidades acuciantes, el respeto a mínimos derechos sindicales, la formación de una central sindical clasista, la conquista de un primer sistema de seguridad social.

La consolidación del poder soviético fue el factor más determinante de la historia del siglo XX. Un elemento decisivo de esa influencia fue, sin duda, el espíritu de solidaridad internacionalista que inspiraba su política.

La victoria del proletariado ruso y la construcción de un Estado que repudiaba la subordinación de unas naciones a otra, que proponía en cambio una asociación entre iguales, tuvo una repercusión poderosa en el fortalecimiento de los movimientos de resistencia al viejo colonialismo y al nuevo imperialismo. La emergencia de crecientes movimientos de liberación nacional, la incorporación al movimiento comunista de dirigentes preclaros de las luchas de liberación de sus pueblos en todos los continentes, marcó el inicio de la descomposición definitiva del sistema de opresión y discriminación colonial que es inseparable del Gran Octubre.

El rol internacional de la Revolución y del Estado de los soviets se fundó en el apoyo a cada pueblo en lucha. Cuando la España republicana fue acosada por el fascismo de dentro y de fuera con la tolerancia de gobiernos burgueses, fue la Internacional Comunista, creación de la gran revolución, la que se puso al lado del pueblo español: creó las Brigadas Internacionales para ayudar a ese pueblo a enfrentar la agresión.

Poco después, el papel de la Unión Soviética fue decisivo en la victoria de los pueblos contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial. La URSS resistió la embestida principal de la máquina militar de la Alemania hitleriana y sus aliados, muchos de los cuales habían estado en la agresión inicial al poder soviético. Venció en batallas de millones de soldados. Liberó su territorio agredido y terminó con la ocupación en numerosos países europeos con la contribución de guerrillas de muchos de esos pueblos. Estas proezas costaron la vida de 20 millones de ciudadanos soviéticos.

En períodos posteriores el internacionalismo se expresó en la ayuda a la lucha de la clase obrera y del pueblo de China en la conquista de plena independencia. Tras la formidable victoria de Fidel y los suyos, la URSS aportó a asegurar el éxito de la resistencia del pueblo de Cuba ante la agresión de decenios del imperialismo norteamericano contribuyendo a hacer fracasar el boicot y conteniendo el afán frenético de aplastar militarmente el proceso revolucionario cubano. La larga batalla del pueblo de Vietnam contra dos imperialismos contó igualmente con su respaldo resuelto. Los combates por el fin del colonialismo de la segunda mitad del siglo pasado, sobre todo en África, contaron con el sostén de la URSS con la decisiva contribución de otros países socialistas y de modo relevante de Cuba. Todo ello tenía lugar en medio de una lucha constante, y también costosa, para asegurar la mantención de la paz mundial y evitar a la humanidad una nueva guerra mundial.

La simpatía de los trabajadores y los pueblos por la patria de Lenin se fundaba en esos comportamientos, resueltamente contrapuestos a las políticas de dominación y exacción que dictaban el accionar de los países imperialistas.

No obstante, reflexionando sobre la conducta de las fuerzas revolucionarias del mundo en ese período, debemos constatar que muchos de nosotros nos dejamos llevar por una actitud de seguidismo acrítico. Había poderosos fundamentos y razones para valorar el aporte de la URSS al progreso social en el mundo entero y para defenderla de las persistentes agresiones económicas, políticas, ideológicas e incluso militares de que eran objeto ella y sus aliados en los marcos de la guerra fría. Pero era igualmente obligatorio considerar autónomamente las demandas que la nueva época ponía ante los revolucionarios. Muchos partidos comunistas aportaron creativamente a definir cursos de acción que negaban el concepto reduccionista de “modelo”, que abordaron la exigencia de hacer una propuesta de construcción del socialismo en sus países que asumiera la formulación leninista que el socialismo es “la democracia hasta el fin”. Sin embargo, una incorrecta concepción del respeto al que se habían hecho acreedores los revolucionarios soviéticos dificultaba asumir los defectos, deformaciones, ineficiencias, rasgos de corrupción y escollos que encontraba la construcción de la nueva sociedad, del nuevo orden. En relación con las graves violaciones de la democracia socialista, que llevó a crímenes condenables, predominó una posición evasiva, que ponía el acento en la persistente difamación imperialista y eludía las insuficiencias del desarrollo democrático de las sociedades socialistas. Esta indolencia no ayudó por cierto al desarrollo del proceso revolucionario en los países socialistas ni en los nuestros, en los que nuestra constante lucha por las libertades y la democracia era debilitada por la campaña anticomunista.

La inmensa mayoría de los partidos comunistas apreciaron positivamente los objetivos renovadores que se proclamaron en los inicios del período de la llamada perestroika. Pero, los procesos reales no respondieron a los objetivos de superación de defectos y errores que fue proclamada, sino que desembocaron en la degradación de la sociedad soviética, en la entronización en cargos decisivos de dirigentes que laboraban concientemente para dejar de lado los valores del socialismo y del internacionalismo. La descomposición interna de la sociedad soviética así producida potenció el efecto de las presiones del imperialismo mundial hasta provocar la derrota del socialismo en la URSS y los países socialistas europeos.

Es cierto que la desaparición del poder soviético y de los regímenes socialistas en un conjunto de países, ha sido un duro revés en los esfuerzos por crear sociedades cuyo centro sea el bienestar de todos los seres humanos porque desaparecerán las divisiones de clases en su seno y se resolverán los conflictos entre las naciones.

No obstante, el sueño de los ideólogos del sistema capitalista que han decretado el fin de la historia es una quimera. La necesidad de cambios sociales, de la superación del capitalismo y el avance a una sociedad socialista sigue siendo una demanda histórica imperativa. La contradicción esencial entre la producción de bienes y servicios mediante un trabajo organizado socialmente a una escala siempre mayor (hoy, de hecho, a escala mundial) y la apropiación privada de ese producto por los dueños del capital en una proporción también siempre creciente, es la raíz de las crisis del capitalismo y el fundamento inconmovible de la necesidad del cambio de sociedad. De hecho, la globalización a dominio del capital imperialista profundiza esas crisis, las expande, multiplica las amenazas al porvenir de la humanidad y, con ello, la resistencia ante los desmanes que esa forma de producción provoca abarca a sectores siempre mayores. Se hace más imperativa la urgencia de una nueva organización social, más imperiosa la necesidad de la superación del capitalismo.

El cambio de la correlación de fuerzas en el plano internacional con la derrota de la URSS no se ha expresado en un descenso de las confrontaciones sino, por el contrario, se ha traducido en una intensificación de las guerras de agresión originadas en los afanes de dominio de las potencias imperiales y del imperialismo norteamericano en primer término.

Desaparecidos los Estados donde los trabajadores tenían influencia decisiva, los derechos conquistados a los trabajadores de los países capitalistas son atacados con saña. El afán desenfrenado de lucro determina que los sistemas de previsión social son fuertemente reducidos, la distribución de ingresos es cada vez más injusta, la acometida de los centros imperiales para apropiarse de los recursos naturales a nivel mundial en los marcos de la globalización a dominio del gran capital se ha extremado, tiene lugar un deterioro creciente del medio ambiente que pone en riesgo el futuro mismo de la humanidad, la carrera armamentista, justificada en tiempos de la guerra fría por la potencia de los países socialistas, y de la URSS en particular, no se ha detenido y, por el contrario, se intensifica. El mundo se ha hecho más injusto e inseguro y más evidente la necesidad del cambio revolucionario.

El miedo a la pérdida de las posiciones de dominio que ostentan las fuerzas del gran capital no ha desaparecido pese a sus victorias temporales sobre el socialismo. El fantasma del comunismo los sigue aterrando. Para exorcizarlo han puesto en pié una cruzada anticomunista tan feroz como las de los tiempos de guerra fría asentada en las calumnias más vulgares. El anticomunismo ha privilegiado como recurso de su batalla ideológica reescribir la historia. Intentan demonizar todo lo hecho por los trabajadores en el poder. Uno de los recursos más odiosos es la pretensión de equiparar la dictadura terrorista del capital realizada por el fascismo en diversos países y en distintas épocas, con el comunismo. El recurso obvio es el empleo de las violaciones de la democracia y la legalidad socialista ocurridas en períodos lamentables de la construcción del socialismo. Obras literarias, cuya médula ideológica es esta falsificación, son promovidas con premios de prestigiosas academias. “Historiadores” que asumen demostrar ese infundio disponen de costosas promociones. ¿Es este un signo de fortaleza de la burguesía o el salario de su miedo que se ven forzados a pagar?

Pero la verdad es más fuerte. Los países socialistas que han podido defender el poder los trabajadores lo hacen sobre la base de la promoción de los derechos humanos y de las libertades en su mayor expresión. En nuestro continente el ejemplo de Cuba derrota estos infundios y junto a ella otros procesos de cambios sociales reales actúan en consecuencia, aún en las difíciles condiciones que les crean las agresiones del imperialismo.

La Gran Revolución Socialista de Octubre es un símbolo que perdurará en la memoria de los pueblos. Las contribuciones teóricas de Marx y Engels, creadores del socialismo científico, encontraron en el devenir de la revolución y en su influencia a nivel mundial confirmación en la práctica histórica y con Lenin y los suyos un desarrollo ulterior. Los descubrimientos y análisis de la época que tocó vivir a Marx y Engels y más tarde a Lenin, se ensancharon con la actividad práctica de los trabajadores y los pueblos en el mundo entero y con los aportes teóricos de muchos pensadores y luchadores que extrajeron conocimientos nuevos de procesos inéditos al momento del surgimiento de la teoría marxista (Gramsci, Mao, Ho Chi Minh, Fidel, Che y tantos otros). También los procesos teóricos experimentaron avatares como el dogmatismo que dificultaron su desarrollo aunque el impulso creador de su contribución original termina abriéndose camino. El desarrollo del conocimiento científico, las nuevas formas de la creación artística y, de modo relevante, la actividad incesante de los trabajadores y los pueblos en lucha, confirma y expande el proceso de formación de una teoría de desarrollo histórico que sigue en pie para desconsuelo de las clases dominantes. Nuestro deber es continuar esos desarrollos en las condiciones de hoy.

Los comunistas del mundo entero hemos debido soportar duros embates tras la caída del poder soviético. No pocos no soportaron la vorágine. El espectro político mundial viró fuertemente a la derecha en todos los segmentos. Pero ese tiempo tiende a quedar en el pasado.

La conmemoración de los 90 años de la Revolución tiene lugar cuando es claro que la derrota de sus creaciones no significará que las banderas con que se abrió paso hayan dejado de flamear. Basta mirar nuestra América Latina para confirmar que los pueblos no se rinden, que pasan por encima de toda represión, engaño o demagogia. Las luchas por “paz, pan, tierra, libertad” que movilizaron a los pueblos del imperio zarista para aventar el viejo orden, surgirán, con esas y otras consignas, en cada lugar del mundo, en cada sociedad donde la injusticia social permanezca. Hoy el capitalismo se proclama invencible y eterno: ése y no otro es el contenido esencial de la fórmula del fin de la historia. Sin embargo, la historia no ha terminado, está delante de nosotros.

Al recibir el Premio Nobel, Pablo Neruda expresó “nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias” y recordó una profecía de quién llamó “un pobre y espléndido poeta”: “Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades. Yo creo en esa profecía de Rimbaud… tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.”

Es la bandera del Gran Octubre. Nosotros, a 90 años de su primera gran victoria, seguimos enarbolándola.

**Intervención de Jorge Insunza B., Miembro de la Comisión Política del Partido Comunista de Chile en acto por el 90 aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre.

Santiago de Chile, 12 de noviembre 2007
Crónica Digital

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