PATRICIO AYLWIN (1918-2016): PROTAGONISTA DE UN MOMENTO CRUCIAL DE CHILE

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El fallecimiento del ex presidente, Patricio Aylwin Azócar, personaje estelar de un momento crucial de la historia de Chile, ha replanteado ante la sociedad la valoración de su rol y sus responsabilidades en torno al drama vivido por el país en los convulsos años 70, la dictadura militar-derechista, la lucha y contradicciones por poner fin a la tiranía,  y la recuperación institucional de la democracia plasmada con su presidencia (1990-1994).

Desde luego el periodo histórico en que le tocó actuar fue uno de los más álgidos que recuerde la historia contemporánea del país, entrando en colisión modelos  políticos y sociales que estaban disputando la hegemonía y el poder, y se sentían  parte de un conflicto global: la confrontación Este-Oeste, la Guerra Fría o una lucha de liberación de los pueblos y del Socialismo contra el Imperialismo.
Aylwin, como otros personajes protagonistas de esa circunstancia dramática, no  supo, o llevado por una dinámica colectiva incontenible, irrefrenable, de voluntarismo, sectarismo, mesianismo y utopías, no pudo medir la consecuencia de sus palabras y de sus acciones.
Como muchos otros líderes de los distintos campos en que se dividió Chile, y de las trincheras en que se parapetaron los actores del drama de los años 70, fue responsable de las condiciones y circunstancias en que se gestó el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.
Pero si se quiere leer la historia con realismo y responsabilidad, comparte sus culpas con otros de la propia izquierda, dentro de la coalición de la Unidad Popular, en los grupos insurgentes de sus fronteras hacia la izquierda antisistémica, o de los conspiradores cobijados (entrenados, armados y financiados) por el Departamento de Estado de Estados Unidos y la CIA.
Fue la propia realidad y la experiencia de una brutal y criminal tiranía las que fundamentaron un decidido posicionamiento anti dictatorial en Patricio Aylwin y sus camaradas de la Democracia Cristiana, que además se limpió de sus pinochetistas recalcitrantes y colaboracionistas como Juan de Dios Carmona y otros.
Aylwin, a instancias del cardenal Juan Francisco Fresno, se integra en 1985 al opositor Acuerdo Nacional para la Transición a la Democracia, que busca terminar con la dictadura, y en 1987 impulsa la Concertación de Partidos por la Democracia.
Su aporte en la lucha por la recuperación democrática es indudable y reconocido, como lo hizo tras su fallecimiento el presidente del Partido Comunista, diputado Guillermo Teillier, al destacar su aporte al restablecimiento en la recuperación democrática, por lo cual, dijo,  “luchó con convencimiento”.
Teillier resaltó además que en el gobierno de Aylwin  “se  inició todo un proceso de búsqueda de la verdad y de la justicia en los casos de violaciones de los derechos humanos”, que tuvo un hito en la conformación al asumir la presidencia del país, de la Comisión de Verdad y Reconciliación, que elaboró el conocido  Informe Rettig, que el fallecido ex mandatario entregó al país, pidiendo perdón, “en representación de la nación entera, a las víctimas y sus familiares”.
Según el documento, bajo la dictadura de Pinochet (1973-1990 hubo 2.298 víctimas- muertos o desaparecidos- de agentes del Estado y la violencia política, cifra que luego subió a 3.197.
El día de la presentación del Informe Rettig, el 4 de marzo de 1991, Aylwin acuñó la frase “justicia en la medida de lo posible”, que mal utilizada hasta hoy ha servido para enlodar lo trascendente de su objetivo papel en la historia, y sobre todo en la transición de la dictadura a la democracia.
Teillier dijo al respecto que “podemos pensar que esta democracia tenía gusto a poco en su momento, pero reconoció que “sabemos las circunstancias en que se produjo esta transición”, agregando que en cuanto a “justicia en la medida de lo posible”, “nosotros tal vez digamos que se quedó corto en esa política, pero él la inició y eso hay que reconocerlo”.
Un hecho ineludible en el análisis de su periodo presidencial es que el  restablecimiento de la democracia en el país, fue constantemente asediada desde los cuarteles, donde imperaba como Comandante en Jefe, el ex dictador Augusto Pinochet, que era capaz de dar sobresaltos a la sociedad como los provocadores “ejercicios de enlace” y el “boinazo”.
Otro de los temas más controvertidos es sin duda la acción de su gobierno y en particular del Consejo de Seguridad Pública e Informaciones, creada en abril de 1991 (y disuelta en 1993), conocida como “La Oficina”, en la desarticulación de los remanentes, en democracia, de los insurgentes Frente Patriótico Manuel Rodríguez (autónomo) y del Movimiento Juvenil Lautaro.
El rol de aparatos de inteligencia, en condiciones de democracia, es objeto de polémica y enconado rechazo en sectores de la ciudadanía, dada la experiencia traumática en dictadura, aunque se entiende que el régimen democrático debía atender este aspecto de la seguridad, amenazada no solo por acciones de grupos en objetiva orfandad política y social y falta de sentidos y  motivaciones estratégicas, sino por estructuras terroristas de la dictadura incrustados en los servicios de inteligencia militares o camuflados en los diversos círculos o clubes de oficiales en retiro de las FF.AA. encargados por los Altos Mandos de mantener la mística pinochetista.
El asesinato el 1 de abril de 1991 del ex asesor político de Pinochet, Jaime Guzmán, reivindicado por el FPMR (autónomo), vino a dar razón a la política de desmantelamiento de los residuos de grupos insurgentes, como a la sospecha de infiltración de estos por los ex agentes del general Manuel Sepúlveda, ex jefe de la DINA y enemigo personal y encarnizado de Guzmán.
Pero a la hora del balance lo que importa es el aporte de Aylwin al restablecimiento de la democracia en Chile, al inicio de la transición,  donde su figura destaca de manera inobjetable.
Su breve paso por La Moneda abrió un espacio político e institucional para el entendimiento y la reconciliación, cuyo camino puede ser pedregoso, largo, dificultuoso, pero es el único posible para un desarrollo democrático de la sociedad.
En un ambiente de incertidumbres, chantajes armados, y legítima desconfianza ciudadana, Aylwin supo mantener el rumbo de su política de los acuerdos.
Supo como hombre político de su tiempo de fracasos y de éxitos, conoció el respeto y la intolerancia, y como dijo el rector de la Universidad Diego Portales, profesor Carlos Peña, en un riguroso comentario en “El Mercurio,  “fue más consciente de sus limitaciones que de sus talentos”.
“La experiencia, el fracaso de su generación que se dejó envolver por el mar sin orillas de la utopía, le había enseñado que la política democrática da un paso cada vez, y que si bien nunca debe cejar en el empeño de mover los límites de la realidad, nunca debe hacerlo al precio de olvidarla”, enfatizó Peña.
Aylwin fue una figura central en una encrucijada compleja de la historia de Chile y tiene en esos capítulos determinantes -la transición y primeros pasos de una democracia titubeante quizás pero segura de su destino- el lugar que la historia ha señalado, cumpliendo su misión con honor y modestia, con voluntad y seguridad en la perspectiva.
Su desaparición física deja para Chile la lección de una vida de verdadero servicio público, una medida moral para la conducta ética y responsable de sus políticos y compromiso con la libertad y los derechos humanos que son enseñanzas valiosas para la convivencia nacional.
Y un mandato para mantener la unidad de las fuerzas democráticas en un camino. quizás sin prisas, pero sin duda, sin renuncias.

Por Marcel Garcés Muñoz
Director de Crónica Digital

Santiago de Chile, 21 de abril 2016
Crónica Digital

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