NIZA: EL TERROR COMO ARMA DE UNA GUERRA NO CONVENCIONAL Y ASIMÉTRICA GLOBAL

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Las imágenes que en segundos impactaron al mundo, desde Niza, el afamado balneario de la Riviera francesa, confirman la fragilidad de un mundo contemporáneo sumido en una guerra no convencional, asimétrica, sin frente ni retaguardia, ni fronteras.
La brutalidad de un camión arrollando a una multitud que dejo un reguero de cerca de un centenar de muertos – entre ellos niños-, la acción suicida de un individuo al que los “analistas” apresuradamente caracterizaron como un “lobo solitario” del llamado Estado Islámico(EI), estremecieron en pocos minutos la sensibilidad mundial.
Sin duda se trata de un hecho repudiable, una acción claramente terrorista, teniendo en cuenta la ocasión, las victimas y el carácter del atentado, pero un examen más pormenorizado hace que no se pueda claramente adjudicarla a la demonizada organización musulmana.
Pero en cualquier caso es necesario analizar el hecho en el contexto de una guerra que se está librando a nivel global, entre un aparato militar invasor y de ocupación de Occidente y una fuerza que ha encontrado en el integrismo musulmán, de nuevo cuño pero de vieja data, una razón de ser y un motivo inspirador fundamentalista y mesiánico.
Y aunque los antecedentes del hechor hablan más bien de un  acto criminal, de un individuo desequilibrado y violento, sin mayores vínculos extremistas, se puede encontrar fundamento de su acto demencial en la prédica constante contra “los cruzados” como la hecha por el portavoz de EI, Abu Mohamed al Adani el 22 de mayo pasado, cuando instó a través de Alhayat Media Center, la productora de videos de EI, que “cualquier musulmán con capacidad de derramar una sola gota de sangre de los cruzados que lo haga, ya sea con un artefacto explosivo, una bala, un cuchillo, un coche, una piedra e incluso una bota o un puño”.
Abu Salman a Faranci ( combatiente yijadista de nacionalidad francesa, proclamó también por la red: ”aterrorícenlos y no los dejen dormir” y que “hay hasta veneno para que envenenen  el agua, la comida de los enemigos de Alá”.
Los muertos de Niza, como los de  Charlie Hebdo el 7 de enero de 2015 (12 víctimas fatales), o los de París, del 13 de noviembre de 2015 (137 fallecidos) estremecieron al mundo por la oportunidad, el Día Nacional de Francia, el escenario donde ocurrieron los hechos, y por  el impacto mediático y las expresiones de solidaridad y condena entre líderes de opinión, gobernantes, y porque notificaron al mundo de que una guerra estaba en pleno desarrollo.
Por cierto, no ha sido lo mismo con los miles de muertos en Libia, Irak, Siria, y cualquier otro punto geográfico o escenarios de la misma guerra, en el Oriente Medio o en Africa, combatientes pero sobre todo también “víctimas inocentes” (mujeres, niños, ancianos) que perecen cotidianamente en ese “teatro de operaciones” bélico declarado por Occidente.
Una contabilidad que se suma dia tras dìa, desde febrero de 2011, en su actual etapa, la de la operación de imposición de la democracia a la occidental, o a la norteamericana, iniciada en Libia. con “asesores militares” de Estados Unidos y sus aliados de Europa ( la “coalición inicial  era integrada por Bélgica, Canadá, Catar, Dinamarca, España, Estados Unidos, Francia, Italia, Noruega y Reino Unido) y que los expertos en guerra sicológica dieron a conocer al mundo como la “primavera árabe”,
El balance, en Libia, luego en Irak, Siria, además del asesinato de Muamar Gaddafi y Sadam Hussein, los altos funcionarios de sus gobiernos legítimos, pero también de hijos, nietos, y otros familiares y cercanos, además de las víctimas de los bombarderos y operaciones de tierra arrasada y de exterminio y del terror sectario ulterior y de los desplazados de sus tierras y lanzados al exilio y la emigración, son millones de personas.
En Siria, hasta mayo de 2014, habían 160 mil muertos, de ellos unas 7 mil mujeres y 15 mil niños, y un balance actualizado habla de 2 millones de refugiados escapando del país, un 50 por ciento de ellos menores de 18 años, unos 4 millones y medios de desplazados en el interior.
El clima de terror, de estupefacción y de incertidumbre que se vive hoy en Europa tiene que ver como las consecuencias y secuelas de esta guerra declarada por Occidente contra los grupos terroristas que sus propios servicios de inteligencia y sabotaje, sus comandos, y “expertos en desestabilización” entrenaron, pagaron, alimentaron y armaron.
Y los cientos de miles de emigrantes que llegan a sus costas reclaman el derecho a que los provocadores de esas guerras y confrontaciones fratricidas respondan por el daño causado.
La vida, según se constata en las páginas de una prensa no solo domesticada sino que también mercenaria, a nivel global, no tiene el mismo precio si se trata de un turista occidental, o un niño árabe o africano, un cristiano o un musulmán, victimas colaterales pero inevitables, perfectamente calculadas con anticipación en los planes operativos, cuando se trata de una guerra sin tregua ni compasión.
Por cierto no se puede hablar de “bajas colaterales”, sino que corresponde a víctimas deliberadas, perfectamente calculadas, del terrorismo occidental.
De acuerdo a la interpretación propagandística occidental, propaganda de guerra pero también falsedad histórica, el origen de esta nueva conflagración global(se puede hablar de la Tercera Guerra Mundial), sería de responsabilidad de ciertos radicales yihadistas ( otra mala palabra que desnaturaliza al “enemigo”).
Se olvidan o ocultan deliberadamente de que la confrontación proviene, por lo menos de la época de las “cruzadas” católicas contra el mundo musulmán,(1009-1291), ya en esa época con un sentido geopolítico y económico, además del hipócrita argumento de la “Guerra Santa”, proclamado por el Papa Gregorio VII y puesta en práctica por Urbano II, y bajo la invocación de “Dios lo quiere”.
Francia está pagando, en su territorio como escenario  y sus ciudadanos como objetivos, un duro precio en sangre y dolor, por la historia colonialista y su expansionismo e intervencionismo en el mundo árabe y africano, pero sobre todo por la política invasora de hoy.
En un primer capítulo de la  operación bélica contra Muamar Gadafi, el 19 de marzo de 2011 violan el cielo libio los bombarderos Rafale de la Fuerza Aérea Francesa, mientras  Estados Unidos lanza 110 misiles de crucero Tomahawk contra un convoy militar del país, y las fuerzas del Reino Unido participan también en esa misma operación militar.
Pero más allá de este examen que busca las causas de un fenómeno, lo que podríamos caracterizar como culpas históricas, imposibles de eludir, aunque no sean una justificación moral para el terrorismo islámico o el de las tropas occidentales, que han mostrado igual nivel de barbarie, lo cierto es que se abre en Francia, Europa, y a nivel estratégico global, un escenario pleno de amenazas inquietantes para la seguridad, la estabilidad y la convivencia democrática.
Militarizar los países y las sociedades, sembrar la prédica racista, demonizar y estigmatizar a los musulmanes, cerrar las fronteras con murallas y alambradas contra los  inmigrantes, disponer de “fuerzas especiales para una respuesta rápida”, crear una red de campos de concentración en Europa, ghetos y “reservaciones” para emigrantes, transformar la convivencia de los ciudadanos en xenofobia y en paranoia de sospecha ( especialmente con los de origen árabe o africano, pero también con los asiáticos o los latinoamericanoS), no puede ser una respuesta adecuada a la situación objetiva de inseguridad.
Una militarización de Europa, avanzar hacia un “estado policíaco multinacional”, no solo no es una respuesta adecuada al desafío actual, sino que es intentar apagar el fuego con bencina, convertir la inseguridad, en una norma deseable para quienes esperan cosechar créditos políticos, con la prédica del orden totalitario y las practica del revanchismo, de la venganza, el gatillo fácil o “soluciones finales”, demasiado parecido al facismo de un pasado no tan lejano.
El desafío para las autoridades francesas, las autoridades de todo el mundo, las elites gobernantes y los ciudadanos, es responder a un desafío complejo y global que encuentra en la frustración social, en la injusticia económica perpetuada por generaciones, en la falta de perspectivas y carencia de ilusiones, un caldo de cultivo incentivado por el odio y los violentos de distinto y a veces contradictorio signo.
Solo cabe asumir colectiva y responsablemente la defensa de la democracia, en todos y sus cada vez más amplios escenarios y contenidos, en la certeza de que ello solo es posible en los marcos de la democracia y con más democracia.

Por Marcel Garcés Muñoz
Director de Crónica Digital

Santiago de Chile, 19 de julio 2016
Crónica Digital

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