Por Manuel Guerrero: SOBRE EL PERDÓN

Uno de estos días me hicieron una entrevista para el extranjero sobre ‘el perdón’. Hablamos largo sobre temas nacionales e internacionales, hasta que al final la pregunta fue directa respecto a si yo he perdonado. Y ya puesto en el área chica, lo primero que hice fue aclarar que no puedo perdonar a nombre de mi padre, porque eso tendría que hacerlo él, y como él no está, no me corresponde perdonar vicariamente por él. Lo segundo es precisar si yo he perdonado. Y en mi largo proceso, que me ha tomado una vida, energía y reflexión, la respuesta es positiva: sí, he perdonado. Pero debo detallar a quién.

Al primero que me tomó años perdonar fue a mi mismo. El no haber podido hacer más para que mi papá apareciera con vida, entre la mañana del 29 y el mediodía del 30 de marzo de 1985, me tomó tiempo perdonármelo. Muchas veces me han preguntado por si he sentido rabia, y sí, sentí mucha, pero principalmente conmigo mismo. Intenté, a minutos que se lo llevaron, movilizar a la opinión pública llamando a Sergio Campos a Radio Cooperativa para denunciar el plagio. Luego, armar velatones y un largo etcétera frenético, hasta que al día siguiente el director de mi escuela me llevó a un lado por la tarde, para contarme que había aparecido mi papá degollado en Quilicura. No lloré durante meses, porque no me lo podía perdonar. Pasaron años hasta que tomé consciencia que era un niño de 14. Lo abracé, le conversé, lo oí, busqué comprender y lo acogí. No estaba en mis manos salvarlo con vida. Fui la primera persona a quien perdoné. Y así he podido seguir viviendo.

El segundo perdón era más complejo, y aún va y viene. Me ha tomado años de elaboración, y varias de mis opciones y decisiones de vida están marcadas por esa dificultad, a la vez que voluntad, de poder perdonarle: al Partido de mi padre. Mi rabia mayor, luego de a mi mismo, era (es) con el Partido. Porqué no lo cuidaron, cómo dejaron que esto sucediera, cómo ocurrió un crimen tan absurdo, a las puertas de un colegio en pleno estado de sitio. Años me tomó (y me sigue tomando) recuperar el afecto y la confianza. Es curioso, porque no es con una persona en particular, sino con una organización, con una institución, a la cual yo mismo pertenecía en esos años. Cómo el Partido, El Partido, no impidió la muerte de mi padre. Pasó tiempo para que aceptara, en el curso de mi elaboración, que esto no era resorte -necesariamente- de la organización de mi padre. Que hubo compañeros/as que le dijeron que no volviera a Chile. Que hubo otros que le pidieron que se fuera. Que hubo más que arriesgaron sus vidas escondiéndolo. Que la organización son personas, y que también quienes lo protegieron son Partido. Mi proceso de acercamiento/alejamiento/acercamiento/alejamiento (y así en forma periódica), tiene que ver con ese factor (además de diferencias de otro orden). Creo que lo he perdonado. Al menos tengo la voluntad abierta y en proceso permanente de perdonarle.

Más difícil resultó perdonar a mi propio padre. Porque él corrió riesgos a mis ojos innecesarios. Porque se expuso al máximo, porque abusó de su buena fortuna. Porque tenía hijos y quedamos huachos. Porque nunca paró su activismo. Porque otros le sobrevivieron y les miro y veo crecer con sus hijos y nietos y yo no he tenido ese privilegio. Me costó comprender que mi padre no sería mi papá, sino fuese aquél que tomó la opción más dura, porque toda su generación fue exterminada, y él era un sobreviviente que no descansaría de hacer lo que fuera posible por dar con los responsables. Y murió en su ley, porque era coherente al punto de ser un mártir. Hoy lo perdono, y acojo como el joven de 35 años, lleno de sueños, de experiencias crudas y maravillosas, alguien que fue pura intensidad, y que desde su condición de activista permanente me amó al infinito y no me quiso causar daño.

Pero ¿porqué murió José Manuel y mi papá, y no Mónica González? Si el trabajo de investigación y publicación sobre el Comando Conjunto, que gatilló todo lo que vino, lo hicieron entre los tres. Me tomó años perdonarla. Me dolía su sobrevivencia (sin desear un ápice su muerte, sino deseando con todo mi cuerpo y alma que mi padre no hubiese caído). Años viendo su desarrollo como la gran periodista de investigación que es, y a la sombra veía el espectro de mi padre que hizo posible parte de esa carrera, con el sacrificio de validar la información del Papudo, el agente del Comando Conjunto, entrevista publicada a destiempo en Venezuela, y que activó a la DICOMCAR. Me tuve que reunir un día con ella y conversamos horas. Le hice todas las preguntas que traía preparadas durante años de investigación, intentando entender qué pasó. Y descubrí a una mujer valiosa, que le dolía lo ocurrido, y que la historia muchas veces es más banal de lo que uno imagina y proyecta. Y la perdoné. La sigo con atención y me reconforta cuando la veo mantenerse en la denuncia, porque si estamos vivos es para ser coherentes.

Me tomó años luego perdonar a mi familia. Cómo podíamos seguir viviendo nuestra vida cotidiana, con qué derecho, si estaba la ausencia del Manuel. Del hermano, del cuñado. Y cuando fue la detención de Pinochet en Londres, en el FASIC nos reunimos con mi tía mayor, y conversamos con una sinceridad que solo la puede tener gente que se ama incondicionalmente. Y perdoné por mis hijas, para que tuvieran tías, primas, una vida familiar que yo disfruté de pequeño. Y por que no había motivos para seguir cargando con un muerto, si en la familia Guerrero vive mi papá entre todos.

Pero lo que más tiempo me ha llevado ha sido perdonar a Chile. Este país que me quitó a mi padre, que hace justicia a medias, que si no presionamos nos vuelve a dar la espalda. Y viví fuera con la voluntad de nunca más volver. Pero aquí están mis amigos, mis primos, la cordillera y el mar. Y este pueblo también es de resistencia y coraje. Y este país también es mi padre y madre, y mis abuelos, y generaciones de generaciones que se la han jugado en una larga historia social en la que me reconozco en sus flujos y reflujos. Y mi forma de perdonarlo fue viniéndome a vivir a formar mi propio núcleo familiar, a estudiar, trabajar, armar organización barrial, recrear y recuperar amistades y formar nuevas. A intentar comprender lo acontecido en su dimensión humana y social, y ayudarme y ayudar a otros en este proceso, disfrutando en todo lo que se pueda. Tengo la confianza que al nivel y modo que esté al alcance de cada uno, si reforzamos las experiencias positivas y las orientamos en la dirección adecuada, y actuamos con foco en lo que nos ocurre y en los demás, podemos reconstruirnos como personas y como comunidad. Vale la pena. Y las alegrías.

Sí, he perdonado en mi vida. Y ello me ha permitido ir más libre, liviano. Ha sido una elaboración larga, un ejercicio de apuesta por el amor.

¿Y a los asesinos?

Ah, con ellos justicia. Nada más.

Ni nada menos.

Manuel Guerrero Antequera.

Santiago de Chile, 22 de diciembre 2016
Crónica Digital

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