Por Vicente Vásquez Feres: EL GOL DE LUCILA

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“Gabi, ¿Por qué no dejas de mirar esa cuestión? Eso no es para las niñitas”. Mariela, oriunda de Vicuña y ajena al deporte y la tecnología, siempre fue reacia a la curiosidad de su hija de 11 años sobre el fútbol. Con el ceño fruncido apaga la tele, justo cuando Yanara Aedo le marca a Perú la apertura de la cuenta con una extraordinaria contorsión.

Gabriela vive el fútbol como nadie en Vicuña, pueblo emplazado a 64 kilómetros de La Serena. La capital astronómica mundial respira tranquilidad. El Valle del Elqui no suele ser ruidoso, más aún cuando las noches se estrellan una y otra vez como si no hubiera espacio. En pocos años, la Gabi, como le dicen sus amigas en el colegio, ha visto algunas victorias importantes para el balompié chileno.

Se sabe los relatos exactos en las definiciones de la Copa América 2015 y la Copa América 2016, aunque desde pequeña le hayan inculcado la inaudita exclusividad varonil. Porfiada, siempre le gustó ir a jugar a la cancha de su escuela, contra una lluvia de patadas, escupos y burlas de sus compañeros por el solo hecho de ser mujer. En principio, no le importaba. Sabía que vivir sola con su mamá también era una razón para mostrarse fuerte.

La Gabi tiene talento. Tiene la técnica de Pancha Lara, se barre como Carla Guerrero y transmite seguridad como Tiane Endler. Es un prodigio, pero le tocó nacer en un recóndito rincón del mundo, tierra de uvas, poesía y estrellas. Su amor por el balón es incomparable, cuando Mariela la lleva a la feria se pega una vista periférica a la tienda donde venden pelotas de todo tipo. Es tan fanática que si ve la réplica de las que se utilizan en la Champions League tararea el himno, aunque no sepa su significado.

Conoce la fama de su tierra, pero no le causa mucho revuelo. Sabe algunas cosas de Gabriela Mistral, poetisa chilena que nació en Vicuña y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1945. De hecho, esta pequeña estudia en la escuela que lleva el nombre real de la escritora: Lucila Godoy Alcayaga.

Su profesor de matemáticas es un capo para el fútbol, tanto en el verso como en los pies. Dicen que se probó como cadete en Coquimbo Unido, pero su problema era ser tan apasionado que la mocha era su segundo apellido. Conoce los gustos de Gabi y conversan sobre los resultados de la selección femenina de fútbol, que hace latir a miles de personas en La Serena.

La Copa América Femenina resultó una revelación en el sector costero de la Cuarta Región de Coquimbo. El torneo vivió su atención en la costa, donde la conurbación, como de costumbre, se llevó las miradas de fanáticos del deporte.

Poco a poco, las amigas de Gabi se prendieron con la magia del fútbol. Empezaron a acompañarla a jugar con botellas de plástico o varios calcetines. Fuera con tomates, colas de caballo o con chasquilla en su pelo, les daba lo mismo ese típico prejuicio de lo “femenino”. Los hombres no les prestaban la pelota, las hacían jugar entre ellas. Les daba rabia, sobretodo que fueran sus mismos compañeros de quinto básico los más crueles.

Pese a eso, se juntaban de todos modos. Coincidía que en el curso eran 11 chicas, las que ya no se motivaban sólo con ver pichangas en la televisión, sino fabricar las propias. El profesor de matemáticas se ofreció a entrenarlas y cada una adoptó un puesto. Miraron videos de la selección, sus movimientos, la táctica del entrenador Letelier y, sobre todo, el ambiente en el estadio.

La Gabi ya no estaba sola. Se sentía respaldada por un grupo que quería aprender, jugar y divertirse. En una de esas, podrían sacarse la espina con el Pato y el Claudio, los líderes del carnaval de chistes sexistas en el curso. Justamente, uno era el goleador y el otro el arquero del curso. Más ganas habían de pasarlos por encima.

Y un día se armó. En plena clase de matemáticas, mientras el equipo de mujeres veía el último gol de Pancha Lara ante las argentinas que selló su clasificación al Mundial, el Pato le bota el celular a una de ellas y gritó: “¡Y pa’ qué se emocionan tanto! ¡Siguen siendo malas!”. El Claudio lo aplaudía fervorosamente y varios niños también. La furia del profesor fue evidente. Se dio media vuelta y encaró al bromista: “A ver cabrito, si eres tan choro… ¿Te atreves a jugar con las chiquillas? Te apuesto a que te van a ganar”.

Entre el susto y la sorpresa, el niño siguió con soberbia: “Nah’ profe, las vamos a golear”. La noticia se difundió rápido, el inminente recreo sería el escenario de una batalla de egos, rencores y rabia. La escuela Lucila Godoy Alcayaga nunca había tenido un espectáculo así, el quinto básico enfrentado con el balón de por medio.

Las niñas estaban emocionadas. Le pidieron al docente involucrado que fuera el DT, cargo que aceptó con una lágrima de emoción. Las arengó, les recordó lo que habían practicado y para cerrar el discurso, dijo: “Vamos chicas, demuéstrenles de qué están hechas. Estoy harto de que las excluyan. Ganen y comenzaremos a cambiar las cosas”. La Gabi, asumida como capitana y la número diez, gritó: “¡Vamos cabras carajo!”.

Estaba todo el colegio reunido alrededor de la cancha. Los niños estaban confiados, se sentían ganadores. El inspector del colegio hizo de árbitro y nadie quiso ser juez de línea, no se querían perder la contienda. El pitazo inicial marcó a ese grupo de valientes niñas, que luchaban contra todos. La Anto estaba en el arco; Dani, Sami, Cami y Mane en la defensa; Sole, Cata, Fer, Sofi y Gabi en el medio; para dejar a Mica arriba. Todas con el pelo amarrado, con caritas emocionadas y su tez nortina. Había que marcar y aguantar como fuera.

El recreo sólo duraba 20 minutos, y en cinco los varones ya habían encajado dos pepas. Más encima obras del Pato. Con gestos provocadores, los niños gozaban de una tarde sin contratiempos y pensaban que todo sería tranquilo. Las niñas se dieron ánimo, levantaron la cabeza y defendieron su arco con uñas y dientes. Era el minuto 15 y el marcador seguía igual, el rival había bajado el ritmo y les pegaban patadas descaradas. La temperatura comenzó a subir, entre empujones y garabatos -unos cuantos del profe-, las niñas tenían un tiro libre peligroso que las podía meter en el encuentro.

La Gabi acomodó la pelota, respiró profundo y miró al Claudio. Como si el tiempo tuviese su propia cámara lenta, dio unos pasos y la colocó en un ángulo. ¡GOLAZO! Todas se abrazaron y lo gritaron con rabia. Estaban ahí, cerquita de la gloria. Los niños estaban preocupados, no entendían cómo les habían hecho ese gol. La adrenalina corría desesperadamente en las venas de las 11 guerreras, que salieron con todo en busca del empate.

Un par de minutos después, la Sole se pega una barrida tremenda y la toma la Cata. Se la pasa a Fer que manda un balonazo largo para Mica. La delantera aguanta entre dos y la descarga por la banda izquierda con la Mane, quien la centra al punto penal. Ahí estaba la Gabi, peleando la posición con Manuel, un fornido repitente que la superaba por 20 centímetros. Con un movimiento de gacela, empalma la pelota con fuerza, le rebota en la cara al defensa y, mientras Claudio quedó estático por el desvío del balón, éste entró pidiendo permiso. ¡HABÍAN EMPATADO! Atónita, Gabi corrió al centro gritando para reanudar la contienda. Sabía que lo podían ganar.

El profesor de matemáticas ya no tenía uñas. Las mujeres de otros cursos y las profesoras ya se habían convertido en una barra idónea para el ambiente. En eso, Mariela llegó al colegio. Tenía que ir al doctor con su hija y pasó antes a buscarla. Por el ruido llegó a la cancha, y divisó a su pequeña toda empolvada dejando la vida en el partido. Iba a entrar a sacarla de las mechas, pero el DT la detuvo.

Mientras la señora aleteaba y pegaba manotazos al técnico, la Sami, central por derecha del equipo, había hecho una patriada personal y la bajaron en tres cuartos de cancha. El árbitro gritó: “¡Última!”. Era esta, tenía que ser esta. Los niños transpiraban miedo y hasta la Anto subió al área a cabecear. Las parejas se armaron y la Gabi pidió la pelota. Miró a todas sus compañeras, identificó a su mamá y pegó el zapatazo con algo de susto.

No le había pegado bien, el espigado Manuel ya estaba a punto de despejarla con un cabezazo furibundo y el Pato, en esas decisiones milimétricas egoístas, la quiso sacar. Al ser más bajo, envió el balón hacia atrás y Claudio voló, pero no llegó. ¡GOOOOOOL! ¡¡Lo ganaron las chicas!! Sonó la campana del colegio y el inspector los mandó a todos para las salas de clase, pero la cancha era una locura. La improvisada barra femenina saltó a abrazar a todas sus compañeras que gritaban el gol como si hubiera sido el último de sus vidas. Claudio estaba destrozado, y el Pato lloraba tirado en el suelo por su autogol, comiendo de la rabia y la tierra.

Mariela corrió donde su hija y ésta, pensando que la iban a retar, agachó el moño. Su mamá, emocionada, le pidió perdón. Le explicó que su papá, fanático del fútbol, el alcohol y el engaño, que las abandonó ante la primera prueba de valor, le había generado una aversión a ese deporte. Pero esa tarde, al ver la pasión de su niña, todo se esfumó. “Sé que no te importa mucho la historia de esta tierra, Gabi, pero es por algo que tú te llamas así. Me enseñaron todo lo que ella vivió, creo en su legado y tú eres valiente como ella”, le dijo su madre. No sabemos si la mismísima Mistral hubiese hecho poemas sobre aquella gesta heroica, pero sentó las bases del respeto y el compañerismo en aquel quinto básico. Por fin las niñas tenían un poquito más de libertad, pero falta mucho.

Hoy, sin tanta pelea, el partido es un clásico diario. La Gabi se ha leído todos los poemas de su tocaya y sigue conversando con el profesor de matemáticas sobre fútbol, aunque con un grupito fanático de diez niñas más. Y claro, lo que ellas juegan en esa cancha, es pura poesía.

Por Vicente Vásquez Feres
Crónica Digital, 4 de Mayo 2018

 

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