El martirio del Padre Joan Alsina en un Día de las Glorias del Ejército

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Joan Alsina era un sacerdote catalán de 31 años cuando fue fusilado por una patrulla del Ejército en el Puente Bulnes de Santiago. Era la noche del 19 de septiembre de 1973. Ese mismo día lo habían detenido en el Hospital San Juan de Dios, en el que trabajaba en la administración de personal, en coherencia con su vocación de “cura obrero”, inserto en el mundo de los trabajadores.

Más tarde, el soldado de 18 años que lo asesinó, Nelson Bañados Pinto, relató: “Me bajé, saqué a Joan del furgón y fui a vendarle los ojos, pero me dijo: ‘Por favor no me pongas la venda, mátame de frente porque quiero verte para darte el perdón’. Fue muy rápido. Recuerdo que levantó su mirada al cielo, hizo un gesto con las manos, las puso sobre su corazón y movió los labios como si estuviera rezando y dijo: ‘Padre, perdónalos’… Yo le disparé la ráfaga y cayó al tiro (…) Lo hice con la metralleta para que fuera más rápido. El impacto fue tan fuerte que volteó su cuerpo y prácticamente cayó solo al Mapocho. Tuve que darle un empujoncito no más”.

“De este fusilamiento no me voy a olvidar nunca jamás”, agregó.​

Había llegado a Chile el martes 30 de enero de 1968 como misionero poco después de su ordenación sacerdotal en Gerona, su región de origen en España. Estudió en el Seminario que la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano–Americana (OCSHA) tenía para preparar a sacerdotes que vendrían a América a realizar tareas pastorales. Era su sueño. Contó a sus cercanos: “Siento que Dios me llama para ir a misiones y quiero prepárame bien”. Su viaje a Chile era un compromiso de trabajo en el país por diez años.

Se instaló inicialmente en San Bernardo, donde vivían otros sacerdotes catalanes llegados como misioneros al país, como Miguel Jordá, quien luego del asesinato de Joan optó por ocupar parte importante de su propia vida en la restitución de la memoria y del gesto martirial de su amigo y compañero Alsina.

Más tarde Alsina inició su servicio pastoral en la Parroquia de San Antonio. Con el espíritu del Concilio Vaticano II y de la conferencia del CELAM en Medellín era un firme convencido de la opción por los pobres y por la transformación radical de la sociedad.

Como otros cristianos, le había convocado el testimonio del cura revolucionario Camilo Torres, caído en combate en la guerrilla colombiana en 1966; le impactó la toma de la Catedral de Santiago y la creación del Movimiento Iglesia Joven ese mismo año 1968; conoció las reflexiones que al interior del mundo cristiano iban prefigurando la Teología de la Liberación. Por cierto, también conoció además los conflictos sociales y políticos que remecían la sociedad chilena y que antes de tres años desencadenarían la conquista del gobierno por la Izquierda.

Alsina tomó la decisión de compartir la vida de los trabajadores, combinando sus tareas sacerdotales con la condición de empleado del Hospital del puerto y después del Hospital Claudio Vicuña de San Antonio, realizando la función de encargado de personal, en contacto con los funcionarios, y también asistiendo a los enfermos. Se comprometió con la organización y movilizaciones de los trabajadores y estudiantes. Y se convirtió en un personaje popular en la ciudad. El padre Miguel Jordá recordó: “Durante todo este tiempo vive muy intensamente el proceso social y político del país con la mirada puesta en la liberación del pueblo. Se movilizaba en moto y se le veía en las fuentes de soda, en las fábricas, en el puerto”…

En 1972 entró en conflicto con el Vicario de la Zona Rural Costa, René Vío, quien le indicó que no podía ser trabajador del hospital y, al mismo tiempo, sacerdote. Alsina optó por pedir cambio de ciudad. En 1972  se trasladó a Santiago, donde fue acogido en la Vicaría de la Zona Sur, a cargo de monseñor Paulo Laurin. Consiguió ser contratado en el Hospital San Juan de Dios, trabajo para el que se capacitó en un curso para trabajadores en el Servicio Nacional de Salud.

Se instaló a vivir en la misma zona sur de Santiago, en la Población José María Caro, con Monseñor Alfonso Baeza, más tarde Vicario de la Pastoral Obrera y uno de los principales colaboradores del Cardenal Raúl Silva Henríquez en la defensa de los derechos humanos.

Conjuntamente con sus labores como Jefe de Personal del Hospital San Juan de Dios, Joan asumió como asesor del Movimiento Obrero de Acción Católica (MOAC) y la Juventud Obrera Católica (JOC), al mismo tiempo que colaboraba en la Parroquia de San Bernardo. Eran los tiempos de la Unidad Popular y el Presidente Salvador Allende. Eran los tiempos también del Movimiento de Cristianos por el Socialismo.

Fue detenido en el Hospital San Juan de Dios. A pesar de las advertencias de sus amigos sacerdotes acerca de los riesgos que corría y que le recomendaban asilarse, el joven cura sostuvo: “Hay momentos en la vida en que hay que jugarse el todo por el todo y, si me necesitan, allá estoy”. Sus últimos escritos, en particular el que redactó la noche anterior a su detención, muestran su decisión de asumir los costos que traía su modo de aprehender el proyecto cristiano.

Después de orar, escribió, en catalán, un texto que es una despedida y una clarificación de sus ideas. En la parte final, recoge una cita del Evangelio: “Si el grano de trigo no muere, nunca da fruto”, Juan 12, 24. Y escribe que “es terrible una montaña quemada, pero es de esperar que de la ceniza húmeda, negra y pegajosa, vuelva a brotar la vida”. Algunas líneas más adelante, escribe un punteo de ideas, emociones y mensajes de despedida. “Vamos de allá para acá, como ovejas llevadas al matadero” y “en tus manos, oh, Señor, encomiendo mi espíritu”, son las referencias bíblicas que lo acompañaron en la redacción de los últimos párrafos de ese mensaje final.

“Si de las cenizas asumimos la vida de nuevo, es algo que nace de nuevo en nosotros. Adiós. Jesús nos acompaña siempre dondequiera que vivamos”. Estas fueron las últimas palabras escritas por Alsina que, en la mañana siguiente, era detenido en el Hospital, recluido en las dependencias del Internado Nacional Barros Arana, brutalmente torturado, trasladado de noche con las manos esposadas hacia un puente sobre el río Mapocho, donde fue acribillado.

El Mayor Donato López Almarza, máximo jefe del Regimiento de Infantería N° 3 “Yungay” de San Felipe, dio la orden de asesinarlo. El soldado Nelson Bañados la ejecutó, como parte de una patrulla al mando del Teniente Mario Caraves Silva. Más de tres décadas después, los tribunales condenaron a López. Caraves murió en febrero de 1991 antes de recibir sanción judicial alguna. Bañados tomó la decisión de suicidarse.

Por Víctor Osorio. El autor es periodista.

Santiago, 19 de septiembre 2019

Crónica Digital.

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