Las seis décadas de odio contra Cuba y más de medio siglo de resistencia

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Desde su cama en la unidad de cuidados intensivos del hospital pediátrico Pepe Portilla, donde vive hace dos años y siete meses, Rey Dennys Santiesteban me muestra su colección de dinosaurios de juguete.

Me asegura que el más fiero es el Tiranosaurio Rex, y que también hay otros muy grandes, pero que solo comen hierba.

A sus seis años, me cuenta que ya sabe leer y escribir, gracias a la dedicación de su abuela y de los médicos que sostienen su cuidado día y noche, y me confiesa que su mayor deseo sería regresar a su casa.

Sin embargo, la enfermedad que padece lo obliga a permanecer acoplado a un equipo de ventilación mecánica. Por tanto, mientras no tenga uno que pueda instalarse en su hogar, no podrá retornar a él.

La doctora Liliana María Cueto explica que se trata de aparatos muy costosos, que solo son fabricados por consorcios capitalistas.

“Si tienen algún componente que provenga de Estados Unidos, no se lo venden a nuestro país”, dice.

Liliana señala que si existe una actividad en la que impacta todos los días el bloqueo estadounidense contra Cuba, es la salud pública.

“Lo sentimos en la falta de medicamentos, como los antibióticos de primera generación, en equipos que pueden tener alguna parte de procedencia norteamericana, y las firmas que los producen tienen miedo a vendérnoslos, o después que lo hacen, no nos suministran los repuestos”.

Aun así, los galenos cubanos se empeñan en defender la vida y combatir enfermedades. Al cabo de más de medio siglo de resistencia, casi que se ha vuelto habitual para un país donde la mayoría de sus habitantes nacieron bajo los efectos del bloqueo.

Pero nada más cruel y anacrónico que esta política genocida, sustentada por más de una decena de administraciones que se han sucedido en la Casa Blanca.

Más allá de las cifras millonarias que han dañado a la economía del país, y el freno terrible a su desarrollo, cada cubano ha tenido su propia experiencia del bloqueo, en el medicamento que ha faltado, en la industria que se ha detenido, en el equipo que ha habido que desechar porque una firma norteamericana compró la fábrica que lo producía…

Los ejemplos se han multiplicado en los últimos años, debido a la agresividad obsesiva del Gobierno de Donald Trump.

La reducción al mínimo de las funciones de su embajada, complicando sobremanera los trámites de los cubanos que deseen viajar en uno u otro sentido, la activación del Título III de la Ley Helms–Burton, la restricción de los viajes hacia la Isla de ciudadanos estadounidenses, la disminución de las remesas, las multas a empresas que supuestamente violen el bloqueo, el incremento de los proyectos subversivos, las maniobras para evitar el arribo de combustible al país y generar el caos, son solo algunas de las medidas impulsadas por el jefe de la Casa Blanca y sus secuaces.

Con un cinismo increíble, han dicho que son acciones para “librar del sufrimiento al pueblo cubano”, como si cada una de ellas no estuviera dirigida a provocar, exactamente, lo contrario.

“Con estas enmiendas al reglamento, el Departamento del Tesoro niega el acceso de Cuba a divisas extranjeras (…) como parte de nuestro apoyo al pueblo cubano”, dice, por ejemplo, con la mayor desfachatez del mundo, el comunicado difundido por la embajada norteamericana en La Habana, el 6 de septiembre pasado.

No obstante, en Cuba la vida sigue su curso, con la convicción de que hay pueblos que no se rinden y que existen cuestiones sagradas como la dignidad y la Patria, por las que valdrá la pena luchar siempre.

Por Ronald Suárez Rivas.

Granma

La Habana, 22 de septiembre 2019.

Crónica Digital.

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