Por Luis Antonio Jara: ¿Dónde quedó la “copia feliz del edén”?

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Como aprendimos en el liceo –público hasta la dictadura–, ésta larga y angosta faja de tierra que llamamos Chile tenía la más diversa y rica fauna natural, y toda la variabilidad climática que es dable imaginar entre norte y sur: el desierto más seco del mundo, la frondosa vegetación del bosque nativo y sus miles de especies, la desolada Patagonia y la Antártida de hielo infinito, reserva de agua dulce de la humanidad.

Hace unos 10.000 años, tiempo suficiente para decir que desde siempre, entre Atacama y la Patagonia, florecía en esta tierra la cultura humana que el país ha olvidado pero que alimenta nuestros sueños: Chinchorro, Mapuche, Haush, Selk´nam. Hablábamos diferentes idiomas y en su lengua nos dirigíamos a la naturaleza.

Pero ni las culturas, ni el clima, ni los elementos, somos eternos. Ha tenido que llegar una civilización global depredadora, como el capitalismo, para que nos diéramos cuenta que se nos acaba el tiempo. Y ha tenido que sacar su voz la ciencia, para que no pudiéramos hacernos más los desentendidos.

El Acuerdo de París, que nos convoca diariamente, fue establecido por la Convención Marco de Naciones Unidas de Cambio Climático (CMNUCC) en 2015, para limitar las emisiones de gases efecto invernadero (GEI), entre 2020 y 2030, e impedir el aumento de la temperatura global por sobre los 2°C, lo que provocaría un colapso de todos los ecosistemas y una catástrofe irreversible.

Sin embargo, en esa COP21 de Paris, y frente a la fundada inquietud de las partes (países) y sus sociedades, que ya ven como con 1°C de aumento promedio de la temperatura deben hacer frente a interminables sequías y alteraciones del ciclo hidrológico, se pidió un informe al órgano científico que asesora a la CMNUCC, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), para que hiciera un informe acerca de las transformaciones que sufriríamos de alcanzar no los 2°C de aumento promedio global de la temperatura, sino 1,5°C.

En Chile, más allá de la propaganda oficial, y de una débil legislación siempre al servicio del dinero, constatamos una pérdida acelerada de los glaciares, reservas naturales de agua dulce que están en plena cordillera. Afectados por la industria extractivista de la gran minería, que ha destruido sin ninguna restricción las reservas naturales de agua para la población de las principales ciudades a lo largo del país. Los ríos, que hasta hace poco eran lugares de recreación y esparcimiento, donde florecía la vida, hoy no son más que rutas de piedra y arena, ya que las grandes empresas frutícolas se han encargado de secarlos, para regar sus inmensas plantaciones destinadas a la exportación.

Así, en octubre del año pasado el IPCC entregó su informe SR15, estableciendo como máximo para evitar la agudización de catástrofes climáticas e impedir irreversibles daños para el planeta, el aumento de la temperatura global en un máximo de 1,5 grados Celsius. Tan dramáticos son estos resultados, que el secretario general de las Naciones Unidas, al recibirlo el año pasado, dijo que a la humanidad le quedaban 12 años. Fue el que registró mayores emisiones de GEI en la historia, el de las temperaturas globales más altas jamás constatadas y donde la pérdida de hielo de las calotas polares y glaciares también ha alcanzado las mayores disminuciones registradas.

Por eso, y aunque tal vez sea tardío, se ha pedido al IPCC el informe especial sobre criósfera y océanos (SROCC) y Naciones Unidas ha llamado a la Cumbre Mundial sobre el Clima en Nueva York. Por eso, para hacer saber a los enviados de los gobiernos que la vida no nos es ajena, se llamó a una semana de huelgas mundiales sobre el clima.

Nuestra sociedad aún no termina de reaccionar, frente a cómo estamos destruyendo el entorno. Seguimos consumiendo nuestros recursos que están al borde de sus límites y no dimensionamos que debemos realizar un cambio radical en nuestros hábitos de consumo. Aunque parezca inconcebible, no nos damos cuenta que no se trata tan solo del agua, o de la electricidad, o el reciclaje de envases, sino del sistema, que se ha dedicado a destruir nuestro hábitat natural.

Lo peor de todo está por comenzar. Chile es uno de los países más afectados a los efectos del colapso climático, con siete de los 9 criterios de vulnerabilidad establecidos por la CMNUCC dentro del orbe y, lo que es más terrible, es que aunque cambiemos para bien nuestros hábitos de consumo, no lograremos cambiar el crudo futuro que nos espera. Como hemos visto, los mayores productores de contaminación no están pensando precisamente en la paz mundial o bajar el consumo.

Nuestra Esperanza

La civilización capitalista en que sobrevivimos, ha generado conductas que desde la revolución industrial han hecho crecer de manera exponencial los niveles de contaminación. Lo que estamos recibiendo hoy es la suma de la polución que, durante tres siglos, ha generado nuestra explotación y el desarrollo del libre mercado en otros continentes. Por eso, en primer lugar debemos cambiar nuestra conciencia, para que las futuras generaciones puedan pensar en vivir como de alguna manera, si no nosotros, tal vez nuestros padres o abuelos estaban acostumbrados.

Para la transformación justa que se requiere, no basta con reciclar envases o consumir menos plásticos, donde las 17,2 toneladas que los más ricos desechan en sus vidas, o la medición de la huella de carbono de las empresas, o la descarbonización de la energía y la producción de beneficios mediante energías limpias (ERNC) sean actos aislados que nos permitan aliviar las conciencias. Debemos cambiar nuestra conciencia política, que acepta como normales la introducción de prácticas y hábitos que impuso la dictadura hace 46 años, y generar los medios para cambiar la Constitución, abolir el Código de Aguas que deja a este derecho humano en manos privadas y permite que las empresas mineras se dediquen a la brutal extracción de minerales, con el sólo objetivo de producir riqueza para unos pocos, sin considerar el real daño ambiental que genera.

No nos queda tiempo. Los chilenos debemos pensar en el país que queremos dejar a futuras generaciones: una nación con caos ambiental, donde las zonas de sacrificios sean el común denominador de campos y ciudades, o parte de una civilización feliz y solidaria del siglo XXI, recuperando lo que alguna vez nuestros próceres nacionales pensaron al escribir el Himno Nacional que todavía cantamos.

Por Luis Antonio Jara. El autor es Vicepresidente Nacional de Organizaciones Sociales del Partido Progresista de Chile.

Santiago, 22 de septiembre 2019

Crónica Digital.

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