GIVOVICH v/s “EL OTRO” LONGUEIRA: POR SUS FRUTOS LOS CONOCEREIS..

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”…Peligrosa telaraña tejemos cuando empezamos a mentir”

Sir Walter Scott

Hace once años, los chilenos empezamos a conocer un nombre que, con el correr de los días, se haría frecuente en los distintos medios de comunicación: se trata de  Isaac Givovich, cuya notoriedad tiene que ver básicamente con dos factores: es yerno de Joaquín Lavín y visitante frecuente de las distintas fiscalías del Ministerio Público, por causas de corrupción que, de una u otra forma, lo involucran. Su carrera “mediática” comenzó el año 2008 en la Municipalidad de Huechuraba, en la cual se desempeñaba como encargado informático, a pesar de no tener un título que avalara dichas competencias. Pero claro, sus redes familiares lo hacían poseedor de “otras competencias” que, para nuestra tradicional aristocracia criolla, son ciertamente más relevantes, aun cuando en estos tiempos los suegros ya no pueden elegir a los yernos. Son lo que son y llega lo que llega.

“En Huechuraba su primer negocio consiste en vender computadores, netbooks a los colegios municipales, que incluía al municipio del cual era funcionario. Pero además, abre un segundo negocio, a partir de las redes informáticas que necesitan los colegios para usar los computadores, (para lo cual) llega un acuerdo, a cambio de un porcentaje, con Telmex”. 

Luego vinieron otros escándalos de similar tenor, la demanda por estafa de 449 millones de pesos presentada en contra de Givovich por la empresa Info Technology, “la condena a Asunción Lavín León (hija de Joaquín y esposa de Givovich)  a 663 días de presidio con el beneficio de remisión condicional de la pena, tras comprobar tres delitos de giro doloso de cheques ”  por más de 80 millones, la denuncia contra su suegro ante el SII por “haberle pedido” boletas falsas, etc..

De todas estas muchas demandas y contrademandas, la que sin duda merece un párrafo aparte es el caso del “Restaurant Mizaki”. Este consistió  en un comodato mediante el cual  Phillip Michell Amiot (a solicitud expresa de Isaac Givovich), entregó a su hermano Abraham Givovich, el mencionado restaurant. Sin embargo, poco tiempo después Michell Amiot, hizo público  que dicho acuerdo derivó en que Givovich se apropió del establecimiento y, además, supuestamente, hizo que se atentara en contra de su vida mediante un sicario, todo lo cual fue también materia de tribunales.

Para coronar la historia, también en 2017 nos enteramos que el creativo Isaac había posado sus intereses comerciales en el caso CAVAL, razón por la cual el 1° diciembre de ese año es formalizado en el Juzgado de Garantía de Rancagua, “tras ser acusado por una posible emisión de boletas ideológicamente falsas, en el marco del caso Caval. La indagatoria vincula a Givovich luego de que, supuestamente, emitiera una factura ideológicamente falsa hacia el operador político Juan Díaz, cuyo monto ascendería a los $400 millones”.

Y nuevamente comienza otro peregrinar por fiscalía. 

En marzo del 2017, un tercer integrante de la familia entra a la palestra pública: esta vez se trata de la hermana mayor del clan, la matrona Paola Givovich.

La mujer cobra notoriedad al ser protagonista de un bullado caso de bullying contra su hijo de 12 años en el Colegio San Ignacio. La señora Givovich se paseó por cuanto matinal tenemos en este lindo país esquina con vista al mar, relatando la triste historia de su hijo; historia que todos los compañeros de curso desmintieron, pero nunca públicamente para evitar un mayor daño y sobreexposición de todos los menores involucrados.

La desgarradora carta escrita por el niño (cuestión que siempre puse en duda por el tipo de redacción y vocabulario) fue leída y publicada en todos los medios de comunicación, lo que me parece muy bien como medida preventiva de este tipo de situaciones; sin embargo, creo que esto no debe traducirse en enlodar o sacrificar a otros menores de edad que no tienen responsabilidad alguna en los hechos, como desafortunadamente sucedió.  De hecho, en una sentida declaración emitida al interior de esa comunidad escolar, los padres de quienes habían sido compañeros del menor afectado, hicieron saber –públicamente y por primera vez- a la comunidad, que durante años fueron objeto de amenazas por parte de Paola Givovich, que sus hijos fueron amedrentados incluso en los paseos escolares y tratados de matones, y que en esta ocasión, lo que había era una clara instrumentalización del menor.

En esta demanda, según se supo por distintas redes, la madre solicitó una indemnización económica, todo la cual está a la espera de los resultados judiciales ya que aún el proceso está en etapa de prueba según se puede constatar en la página del poder judicial. 

En lo personal, siempre me pareció extraño que la madre hubiera esperado ocho largos años para retirar al niño de un colegio que hacía daño a su hijo y, en consecuencia,  lo hubiera tenido sometido a la tortura del supuesto acoso por ese largo periodo de tiempo. Porque seamos rigurosos, este tipo de situaciones nunca son de un momento para otro, en casos como éste, siempre hay conductas repetitivas y recurrentes, siempre hay un historial previo y si bien es cierto aquí hubo reclamos previos de la madre, jamás se logró establecer que las denuncias tuvieran asidero. Ella tenía un historial de denuncias  al colegio, a carabineros y contra la casi totalidad de los apoderados del curso. ¿Cómo es posible entonces esperar tantos años para denunciar públicamente o incluso ante la justicia una situación de acoso a un niño tan pequeño?, habrá algún colegio tan magnífico cuya propuesta educacional merezca que un hijo sufra diariamente y por ocho largos años mientras se encuentra en plena etapa de formación?.  Según dejan ver muchos apoderados involucrados, el colegio, sí tiene registro de todos los reclamos contra la señora Givovich y su acoso a los padres y a sus hijos. Dicho historial sin embargo, nunca se dio a conocer porque en cualquier circunstancia, lo que debía primar por sobre todo era el cuidado del menor, quien sin lugar a dudas estaba siendo víctima, aunque no necesariamente de bullying.

A poco andar la noticia salió de los matinales y Chile siguió su curso. La gente olvidó. En el intertanto, hubo que hacer un acompañamiento cercano a más de 30 niños que hasta el día de hoy sienten que sus derechos fueron vulnerados porque nadie recogió sus testimonios, nadie les preguntó siquiera su opinión. Y nos guste o no, eso también es maltrato.

Qué pasará si la justicia demuestra –como estoy seguro que lo hará- que no hubo tal Bullying?.

Sigamos, algunos meses después, el 27 de Febrero de 2018, una nueva denuncia de abuso nos sorprende, la cual llamó poderosamente mi atención: el yernísimo, como se conoce a Isaac, llegó acompañado de su esposa a la nunciatura apostólica a hacer entrega de una carta en la cual da a conocer “su caso”. La carta en cuestión es una denuncia contra los hermanos maristas ya que él había sido víctima de abusos sexuales -cuando tenía seis años- en el colegio Alonso de Ercilla. Es importante mencionar que al momento de la denuncia, Isaac tiene ya 38 años; sin embargo, días antes de esa fecha, el 20 de Febrero para ser más exactos, “… llegó un e-mail a la congregación (marista). Era de Paula Givovich, la hermana de Isaac  (la misma denunciante del caso de Bullying en el Colegio San Ignacio). En él, les expresa que, producto de las licencias médicas por los abusos, Isaac percibe $ 1,2 millones de los $ 8 millones que es su sueldo en su trabajo. Y solicitó que se pagara el año escolar de los tres hijos de Isaac, que en ese momento eran alumnos del Alonso de Ercilla (luego fueron cambiados de establecimiento, según el entorno de Givovich), sus listas de útiles escolares y un apoyo económico para vivir.

No quiero presuponer ni prejuzgar, puede ser que efectivamente Isaac Givovich haya sido víctima de abuso en su niñez; personalmente me resultan extrañas las circunstancias, acordarse de algo, tener “chispazos” 32 años después de ocurridos los hechos, cuando tenía seis, es raro y creo que hasta Herman Ebbinghaus se habría complicado para tratar de explicarlo, pero puede ser, a lo mejor tiene unas amígdalas privilegiadas o su corteza cerebral es particularmente gruesa y tiene mejor capacidad de almacenamiento. A fin de cuentas, el historial delictivo o poco transparente de una persona, no tiene nada que ver con estos casos, por tanto – a priori – no le resto mérito a la denuncia; sin embargo, eso de pedir de inmediato ayuda económica a la institución que estás acusando, me resulta por decir lo menos, extraño.

Como estudioso de las Comunicaciones y particularmente de la comunicación política, he aprehendido que toda moneda tiene dos caras y que los dados tienen seis; por tanto, tengo por costumbre esforzarme por ir más allá del simple titular o de no conmoverme livianamente por la lágrima solitaria que cae de una mejilla. Analizo los hechos y en base a ellos, no a presunciones, llego a conclusiones.

En este caso, las piezas nunca me calzaron, mi rompecabezas nunca se completó y en tales circunstancias, dado lo delicado de la situación, opté por seguir los siempre sabios consejos de mi madre: piensa mal y acertarás.

Sólo para que no parezca defensa corporativa aclaro: no soy católico, no soy religioso, soy analista y desde esa perspectiva entiendo que atacar a la Iglesia hoy es rentable comunicacionalmente hablando y por tanto es esperable que más de alguien sucumba a la tentación de acusar sin fundamento. En ese contexto, una nueva acusación cae sobre una de las figuras más respetadas de la congregación jesuita: el cura Alejandro Longueira o el “Padre  Cuti” como lo llama coloquialmente la comunidad Ignaciana.

El lunes 3 de Junio de este año, la Compañía de Jesús da a conocer a través de su página web un breve comunicado en el que informa que  se ha recibido una denuncia en contra del P. Alejandro Longueira Montes SJ, por un presunto abuso sexual a un menor de edad. Esta denuncia fue presentada a través del Servicio de Escucha de la Conferencia Episcopal. Según el testimonio de la madre del menor, los hechos habrían ocurrido en el Colegio San Ignacio de Alonso Ovalle, cuando el sacerdote era rector de dicha institución”.

Por supuesto el golpe fue duro, muy duro. Las reacciones fueron básicamente de tres tipos: tristeza, incredulidad, y en algunos casos, entre los que me incluyo, duda.

Nuevamente las piezas no me calzaban. No me basta que una persona sea cura para considerarlo abusador. En casos como éste, los silogismos definitivamente no tienen cabida.

En todos y cada uno de los casos de abuso, acoso o maltrato, siempre hubo antecedentes previos que daban cuenta de un modus operandi del acusado. Las atrocidades del cura Maciel eran conocidas desde siempre incluso por el propio papa, lo de Karadima era historia antigua amparada por la curia chilena, lo de Poblete muchos lo sabían, pero siempre lo ocultaron etc.. En este caso, nunca hubo nada. Nadie jamás tuvo un reclamo o una acusación contra Longueira y su historial dentro de la iglesia – hasta donde sabemos – es intachable; en lo que a la comunidad del colegio San Ignacio se refiere, en todos sus años de rectorado nunca hubo un hecho que involucrara directa o indirectamente al cura Longueira en una situación de abuso de menores.

Mis dudas quedaron definitivamente despejadas cuando, en una de las tantas cadenas y redes sociales en las que participan los apoderados de dicho establecimiento educacional, se repetía insistentemente un comentario del siguiente tenor:, considerando el perfil de la denunciante y el daño que ha causado, no podemos sino dudar de la veracidad de la denuncia y de su genuina finalidad. Según el mismo canal de comunicación, la denunciante, era –nuevamente- la ya conocida señora Givovich. No fue grande la sorpresa. La indignación, sin embargo, fue mayor a la esperada. Las piezas del rompecabezas, finalmente, me calzaron. Lo curioso es que, recién diez años después de ocurridos los hechos, la madre recién hiciera la denuncia, porque en el caso de los niños tan pequeños, la teoría del “chispazo” no resulta convincente. Cuando un niño atraviesa por un episodio de esta naturaleza, los especialistas nos alertan sobre una serie de síntomas y cambios de actitudes en el menor que son detectables por un adulto. Asumo entonces que la madre estaba al tanto de esta situación y por lo mismo me parece extraño que no hiciera saber su denuncia en las tantas oportunidades de las que hizo uso para presentar sus reclamos al interior de la comunidad escolar, incluso en las actividades de despedida del cura Cuti cuando éste dejó el rectorado del colegio. No sé ustedes, pero si mi hijo ha sido abusado, yo no hubiera esperado diez años para denunciar ante la justicia al responsable de dicha situación.

En resumen, tengo claro que no puedo, no debo ni corresponde desestimar las acusaciones de la hermana por las conductas de sus familiares, pero sí puedo –y corresponde que lo haga- poner todos los antecedentes, incluidos los familiares, sobre la mesa, más aún en un caso en que la historia de vida y la honra de una persona está en juego. Detrás del acusado en este caso, hay –tal como él mismo señala en su carta a la comunidad del colegio San Ignacio- “22 años de sacerdocio y 35 de jesuita” sin que nunca haya caído sobre él una denuncia de esa naturaleza, lo cual lo lleva a decir lo siguiente: “Quiero ser muy claro y tajante: soy inocente de lo que se me denuncia. Jamás he incurrido en un acto como el que se me acusa. Es por esta razón que me defenderé  con todas las herramientas jurídicas de que disponga”.

En consecuencia y después de tantas curiosidades he llegado a la conclusión que lo que corresponde en estos difíciles momentos, es exigir que la justicia lleve a cabo una exhaustiva, minuciosa y acuciosa investigación para lograr determinar sin lugar a dudas la veracidad de la denuncia, porque cuando resultan ser falsas, se produce un gran daño a la fe pública y se transforma en una traba para que los reales abusadores puedan ser investigados con el rigor que se debe.

En el intertanto y porque – como ya lo he señalado – yo construyo mis opiniones en base a la multiplicidad de factores que tengo a la mano, no dudo en entregar mi total y absoluto respaldo al cura Cuti Longueira porque honestamente hablando y, “conociendo el perfil de la denunciante”, yo le creo al Cura Cuti, le entrego mi más sincero apoyo y solidaridad porque en este caso en particular, tengo la certeza que la rama política de la familia no tiene las mismas conductas que la rama religiosa.

Franklin Santibáñez Díaz
Licenciado en Teología

Santiago de Chile, 3 de octubre 2019
Crónica Digital  

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