A modo de encomio del testimonio de José Aldunate: uno de los imprescindibles

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Lo conocí en casa de Clotario Blest a mediados de los setenta cuando arreciaba la ley del plomo contra cualquier opositor de la dictadura. José Aldunate Lyon integraba un grupo de cristianos formado por curas, seminaristas y monjas, que cotidianamente seguían los atentados contra los Derechos Humanos por el Estado.

Me llamaba la atención –porque no ser creyente– los rituales y las lecturas bíblicas que realizaban en cada reunión, como manera –me decían–  de ligarnos verticalmente con el Altísimo. “Este contacto es el que nos da la paz interior y la resistencia para combatir a la dictadura”, sentenciaba Aldunate.

Ese espíritu lo vertió unos años después, cuando formó a un contingente de jóvenes, de todas las confesiones cristianas y también sumando a agnósticos y ateos, aglutinados en el Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo, los que imbuidos en los métodos gandhianos efectuaron incontables campañas de denuncia contra la tortura, lo que le costó sufrir en forma directa la represión.

Donde padeció su mayor sufrimiento –me comentaba– fue cuando bajo el papado de Juan Pablo II debió afrontar el exilio y la persecución al interior de la Iglesia Católica Romana por sustentar la Teología de la Liberación. Karol Wojtyła estaba indignado, por ejemplo, por la cooperación estrecha de cristianos y marxistas en las guerrillas de El Salvador y Nicaragua, en lucha contra las tiranías de esos países, sostenidas abiertamente por el imperialismo norteamericano. Su Santidad, “el mensajero de la vida”, aplicó el drástico descabezamiento de tal corriente teológica. A la par, estallaba el escándalo financiero del Banco Vaticano, con muertos incluidos, y la vez se comenzaba a conocer un sinnúmero de inculpaciones de violaciones de frailes a menores de edad, al cual Wojtyła no solo ignoró, sino que lo sepultó entre los vericuetos jurídicos del Vaticano, del encubrimiento y la negación.

En Chile país, los católicos conservadores, encabezados por el Obispo pinochetista Jorge Medina, a través de la “Declaración de Los Andes” iniciaron una sostenida y financiada campaña contra la Teología de la Liberación, expresada en virulentos ataques contra sacerdotes como Mariano Puga y José Aldunate. En tal marco histórico, Aldunate en una valiente carta enviada al director de “El Mercurio”, Agustín Edwards, publicada el 26 de septiembre de 1983, reivindicó la colaboración entre marxistas y cristianos. Lo importante de este documento fue que, a pesar de la prohibición del Vaticano a difundir cualquier mención a los postulados de la Teología de la Liberación, José Aldunate, arriesgando su estado clerical –lo más preciado de un hombre de la iglesia– fue capaz de alzar la voz:

Señor Director. Su edición del lunes 19 publicó una carta del profesor Paul Guérin bajo el epígrafe ‘Marxismo y cristianismo’. El señor Guérin se refería en ella ‘a una tesis increíble sobre las relaciones entre cristianos y marxistas que habría yo planteado en una revista’.  Lo que planteé ante todo fue más bien el hecho increíble para algunos, pero cierto y comprobado, de la colaboración real entre marxistas y cristianos en la defensa de los derechos humanos. La Iglesia chilena es testigo de este hecho. En toda esta década, marxistas y cristianos (por desgracia no todos los cristianos, ni todos los marxistas) se han jugado por la causa de quienes han visto conculcados sus derechos. Juntos han trabajado para que se termine con el exilio, se restaure un estado de derecho, se reconozcan los derechos de los trabajadores.

Los hechos hay que aceptarlos. No son tesis ni ideologías. Y sería torpe querer desvirtuarlos atribuyendo intenciones torcidas a estos marxistas por el simple hecho de serlo. Esto no sería atenerse   a los hechos sino dejarse llevar por prejuicios ideológicos.               

En mi escrito, derivo de estos hechos ciertas consideraciones. La primera es muy obvia, ‘si se hizo, se puede hacer’, dice un adagio latino. Es posible una colaboración leal entre cristianos y marxistas, pues de hecho ya se ha dado. 

La segunda es una deducción. Si se dio tal cooperación en el campo de los derechos humanos, incluyendo por supuesto (lo que algunos olvidan) los derechos del pueblo, podría también plantearse una colaboración en vista de la democracia. ¿Qué es una real democracia sino el ejercicio del conjunto de estos derechos?

La tercera consiste en valorizar esta práctica de la defensa de los derechos humanos por encima de doctrinas e ideologías. ¿Qué vale la ortodoxia si no está avalada por la verdad de la práctica? El señor Guérin escribe: ‘Categóricamente jamás seré compañero de ruta de un marxista’. Yo en cambio, me siento mucho más compañero de ruta del marxista que combate la tortura y la explotación del ser humano por el dinero, que del cristiano que se confiesa tal, pero que silencia y encubre estos abusos. Estos últimos dicen, pero no hacen en términos de Cristo. Él los juzgará no por doctrina sino por sus hechos: ‘Estuve desaparecido, torturado…. y no me socorriste’ (véase Mateo 25,41y siguientes).

Por último, interpreto los hechos. Si marxistas y cristianos nos hemos encontrado en la defensa de las personas y sobre todo del pobre y marginado, es porque los unos y los otros hemos dejado de lado prejuicios e ideologías y hemos coincidido en la práctica de crear un mundo más humano. Y haciendo así, hemos sido respectivamente mejores marxistas los unos y mejores cristianos los otros. Con esto no se desconoce la esencial diferencia entre cristianismo y marxismo, pero con esto se augura bien para una mutua cooperación en beneficio de la humanidad”.

A días de la muerte de José Aldunate, sin ser yo beato, reconozco su labor, compromiso y consecuencia, que como su viejo amigo Clotario Blest, también cristiano, tuvieron la valentía para denunciar y luchar contra los abusadores.

Descansa en Paz Cura Obrero.

Imagen: Museo de la Memoria.

Por Oscar Ortiz Vásquez. El autor es historiador y fue el más estrecho colaborador de Clotario Blest desde 1970.

Santiago, 10 de octubre 2019.

Crónica Digital.

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