Hasta siempre hermano y compañero Mariano Puga

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Villa Grimaldi, Vía crucis popular 2019

Han trascurrido 35 años. Un destartalado bus, atestado de miembros de las comunidades cristianas de Pudahuel, se desplazaba rumbo hacia el sector poniente de Santiago desde la Población La Victoria. La mayoría eran jóvenes. Un sacerdote los acompañaba. “¡Mariano, muestra el óbolo de San Pedro!”, le gritó el Quique desde un extremo a otro del vehículo. “¡Muéstralo tú, pues huevón!”, fue la inmediata respuesta del aludido, muerto de la risa. El diálogo fue acompañado por sonoras y generalizadas carcajadas. Era comienzos de abril de 1985, era un Viernes Santo.

El interpelado era, por cierto, el sacerdote Mariano Puga Concha. Por entonces, estaba a cargo del trabajo pastoral en la Población Digna Rosa de la entonces comuna de Pudahuel. Así recuerdo hoy a Mariano: irreverente y deslenguado, siempre sonriente y derrochando optimismo pese al terror que había tomado por asalto el país, estableciendo relaciones de horizontalidad y rompiendo toda solemnidad jerárquica. Además, irradiaba bondad desde el momento mismo de conocerlo: tenía un aura que los cristianos bien pueden identificar como santidad.

El autor de la insolente y herética broma era Moisés Mancilla, el Quique, un joven de la Población Sara Gajardo que desde que nació había tenido la pobreza extrema por escenario de vida, que en 1983 había salido del submundo marginal de la pequeña delincuencia y se había convertido al cristianismo de liberación que descubrió en la Parroquia de su barrio y en la Izquierda Cristiana. Unos cuatro meses después, el Quique se arrancó la vida en su casa, en Sara Gajardo con Neptuno, agobiado por el hambre e inmediatamente después que fuera una vez más detenido por la Central Nacional de Informaciones (CNI).

El bus transportaba a una parte de los que ese Viernes Santo habían participado en el Vía Crucis que todos los años, desde 1980, desarrollaba en una de las zonas de Santiago la Coordinadora de Comunidades Cristianas Populares, que había nacido un año antes. En esta oportunidad correspondió la Población La Victoria, pues allí había sido asesinado en 1984 el sacerdote André Jarlan. A cargo de la Parroquia Nuestra Señora de La Victoria estaba otro cura que también se transformó en un símbolo de la Iglesia que resistió a la tiranía, Pierre Dubois, que además era cercano amigo de Mariano Puga. Los Vía Crucis Populares se fueron haciendo crecientemente masivos, pues se convirtieron en un hito del enfrentamiento a la dictadura.

Cuando el bus con Mariano comenzó a partir desde el centro de La Victoria hacia Pudahuel, una multitud de pobladores del lugar los despidió cantando: “¡Hasta pronto, compañeros / en la lucha nos veremos!”. En verdad, fue emotivo e impactante.

Mariano Puga jugó un papel clave en el nacimiento de la Coordinadora y en el desarrollo de los Vías Crucis Populares. Más tarde, compartió sus recuerdos en dos textos que aportó al libro “Crónicas de una Iglesia Liberadora” (2000).

Respecto de los orígenes de la Coordinadora, escribió: “¡Que distante! Hasta yo diría: ¡Que escandaloso! (después de nuestra vuelta a la autoridad verticalista, a la falta de iniciativas laicales) para recordar hoy el rol que tuvo, durante la dictadura militar, la Coordinadora de Comunidades Cristianas Populares. No fue creada ni nombrada por la Jerarquía (…) Fue el resultado de un largo camino de las comunidades cristianas de los sectores populares (…) Era expresión de un pueblo oprimido y creyente en el corazón de la Iglesia Latinoamericana (…) Llegaron a ser más de 300 Comunidades de los Decanatos populares de Santiago los que estuvieron democráticamente representados en la Coordinadora. Aún recuerdo su origen: nos encontrábamos en Padre Hurtado en un ambiente muy fraterno, laicos y pastores, para compartir experiencias pastorales: reflexión teológica y celebración (…) Todo arrancaba de una lectura creyente de la realidad en un desafío profético, en momentos de cruel represión del pueblo (…) ¡Cuántos rostros jóvenes!, comprometidos con el Cristo Liberador y con su Pueblo. Eran cerca de 500 participantes, que re–inventaban la Iglesia por la fuerza del Espíritu. En la Coordinación, los pobres, oprimidos y creyentes, fueron teniendo un papel no sólo de convocación sino protagónico en esta Iglesia de los Pobres (…) Tal vez por eso sufrieron tanto cuando se sintieron abandonados por Ella”.

Sobre los Vía Crucis populares comentó: “En el Día de la Pasión y la Crucifixión de Jesús, éramos invitados a hacer memoria de los rostros crucificados de los que habían compartido con Él en el Chile de la dictadura, en el Chile de los detenidos desaparecidos, en el Chile de la tortura”. Rememoró que el cantico recurrente era: “El pueblo gime en el dolor. Ven y sálvanos”, acompasadamente con la lectura de citas bíblicas, muchas escritas en lienzos, como “todo lo que hiciste con el más pobre a mí mismo me lo hiciste” y “fue llevado como Cordero al matadero”. Contó que eran rodeados de Carabineros y agentes de la CNI: “Nos imaginábamos que no era tan distinto de lo que fue ese momento de Viernes Santo de Jesús, por las calles de Jerusalén hacia el Gólgota”. Y rememoró que en un furgón policial un carabinero “leía y transmitía para la Central todas las citas (…) Y yo pensaba: realmente el Señor se vale de lo que Él quiere para que su palabra llegue”.

Recordó también que en el antes mencionado Vía Crucis en la Población La Victoria se le acercó un carabinero:

–¿Quién es el responsable de esto?

–El responsable es Jesucristo –respondió Mariano. ¿Por qué me pregunta?

Frente al desconcierto del policía, atinó a explicar: “Mi mayor quiere hablar con alguien responsable”. Partió a hablar con el oficial. En un tonito autoritario le espetó: “¿Y esto qué es, ah?”. Entonces Mariano le preguntó:

–¿Usted es cristiano?

–Sí.

–Esto es lo que usted conoció de niño en la Iglesia, es la Pasión y la Muerte de Jesús, es el Vía Crucis.

–¡Pero antes no era así!

–¿Por qué me dice eso? Mire lo que está escrito ahí.

Y le mostró uno de los lienzos. Decía: “Caín, ¿qué has hecho con tu hermano?”.

–Cuénteme un poco más, ¿qué es esto?, ¿por qué hacen estas cosas? –le dijo el perturbado oficial.

–Porque los cristianos hemos descubierto que todo lo que se hace al torturado, al que hacen desaparecer, eso mismo –Jesús dice– me lo hacen a mí.

El carabinero se quedó en silencio y finalmente le dijo: “Mire, si mis hombres descubren una cita que no sea de la Biblia, tengo doscientos hombres aquí… ¡y paramos el Vía Crucis!”.

Conocí en persona a Mariano aquel Viernes Santo de Vía Crucis Popular en La Victoria, aunque, por cierto, sabía de su testimonio de vida: de sus orígenes aristocráticos y su opción cristiana por los humildes, de su participación en Cristianos por el Socialismo en tiempos de la Unidad Popular, de su vocación de cura obrero que lo llevó a trabajar como albañil en la construcción en Corhabit y con el Comité de Cesantes de Villa Francia, de su defensa de los derechos humanos. Lo había visto, pocos días antes, junto a otros dos sacerdotes encabezar el funeral de Rafael y Eduardo Vergara Toledo… Había escuchado y leído en los medios de comunicación a los portavoces de la dictadura (y de la derecha que la sostenía) hablar de “curas rojos” e “infiltración marxista en la Iglesia”.

Nuestros caminos se cruzaron porque en 1982 Mariano decidió dejar la Comunidad “Cristo Liberador” de Villa Francia, entonces parte de la comuna de Maipú, para iniciar un nuevo trabajo pastoral en la Parroquia Oscar Romero de la Población Digna Rosa. En mi caso, a fines de 1984 abandoné mi natal barrio maipucino y comencé a vivir con una familia de compañeros en la Población Sara Gajardo, muy cerca de donde Mariano realizaba su labor.

Eran tiempos de rebelión, en los que centenares de miles expresaban cotidianamente su protesta en las calles, mayoritariamente de tierra, de esa zona popular.

Unos meses antes, en agosto, la CNI había allanado la casa del sacerdote en el sector de la calle Salvador Gutiérrez. En diciembre, hubo un nuevo allanamiento y Mariano fue detenido junto al cura Mariano Mazur, el pre–diacono Esteban Merino, el seminarista Juan Barraza y el estudiante holandés Jeert Wurwal. La tiranía los acusó, a través de la Secretaría General de Gobierno, de formar parte de “un grupo de personas que incitaban al desorden público y la violencia”. Luego de ser liberado, contó: “Fuimos acogidos con fuerza, con fraternidad y valentía por nuestra comunidad, la que estaba repleta. Ahí expusimos el Cuerpo de Cristo. Tuvimos una oración preciosa. Nos dimos cuenta del momento en la fe que estábamos viviendo como pueblo e Iglesia. Reafirmamos la razón de que el pueblo y sus pastores estemos viviendo esta situación de persecución y atropello. Hubo unas cuantas lágrimas. Lágrimas de miedo. De ese miedo que se produce en una comunidad cuando hieren un pastor. Pero la comunidad no se dispersó. Me impresionó ver al grupo de las abuelas, a la comunidad juvenil, los grupos del Mes de María o los equipos de solidaridad, como esto no les produjo ni desconcierto ni paralización, sino unidad y un buscar juntos qué hacer” (Boletín de la Vicaría de la Solidaridad N° 191, 15 de diciembre de 1984).

Tuve la oportunidad (o el privilegio) de visitarlo en La Penélope, la mediagua de madera donde vivía en la Población Digna Rosa. Comentamos sobre su detención y me dijo que lo que realmente le causaba irritación era que la dictadura hubiera relegado al seminarista y expulsado del país al estudiante holandés. Me contó cuando fue capturado por la DINA y recluido en Villa Grimaldi y se reía comentando que un agente le preguntó un día: “Padre, ¿qué tengo hacer para bautizar a mi hijo?”. En ese mismo lugar, ahora Parque de la Paz, le correspondió dirigir la liturgia más de una vez. Me habló de la Teología de la Liberación y me señaló que, a inicios de los 70, le había impactado el testimonio de Néstor Paz Zamora, un exseminarista boliviano que se unió a la guerrilla y murió de inanición. Me habló de su experiencia en el Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo, que había comenzado su actividad poco más de un año antes y que tenía entre sus principales impulsores a otro de sus buenos amigos: el sacerdote José Aldunate.

También pude apreciar entonces sus aptitudes para cantar y tocar el acordeón. Fue en esos barrios populares que lo escuché entonar por primera vez:

¡Buenas nuevas!

¡Buenas nuevas pa’ mi pueblo!

El que quiera oír que oiga,

y el que quiera ver que vea,

lo que está pasando

en medio de un pueblo,

que empieza a despertar,

lo que está pasando

en medio de un pueblo,

que empieza a caminar.

El lunes 12 de septiembre de 2016 resolvimos instalar una placa en la puerta principal del edificio central del Ministerio de Bienes Nacionales, en Alameda N° 720, que lo reconocía como sitio de memoria, para recuperarlo para la memoria histórica de Chile. Señalaba: “Este edificio fue sede central del Comando Conjunto, órgano responsable del secuestro, tortura, desaparición forzada y muerte de hombres y mujeres de nuestra tierra. Hoy constituye un lugar de memoria y de compromiso con la defensa y promoción de los Derechos Humanos”. Hubo una nutrida asistencia de los funcionarios del Ministerio, así como de autoridades, personalidades políticas y representantes del mundo de los derechos humanos.

El padre Mariano Puga fue uno de los invitados especiales. Hizo uso de la palabra en la ceremonia previa a descubrir la placa, desarrollada en el Auditorio Tucapel Jiménez. Dijo: “Estamos en un Chile en el que, cuarenta y tantos años después de las atrocidades más increíbles, muchos siguen callando y muchos aún siguen guardando verdades que conocen, mientras muchos siguen queriendo saber qué pasó con mi papá, qué pasó con mi mamá, qué pasó con mis hijos, qué pasó con mis nietos”. Agregó: “¿Cómo poder estar en la historia sin despertar, sin ser capaces de llorar y sin ser cómplices del silencio? Por Cristo, el muerto resucitado por sus ideales, es posible seguir soñando con hombres y mujeres nuevos en una tierra nueva”.

Salimos a las Alamedas y procedimos al acto de descubrimiento de la placa. Mariano tomó entonces su acordeón, me miró con la sonrisa que todo Chile conoce, y me dijo: “Ministro, ¿lo hacemos como en los 80?”. Y se escuchó con fuerza el “Buenas nuevas pa’ mi pueblo”.

Fue de esos momentos en que se deben hacer supremos esfuerzos para no quebrarse.

Mariano partió de este mundo, pero lo ha hecho en medio del reconocimiento agradecido y emocionado del pueblo y con la alegría de ver que Chile despertó, como lo había soñado desde el tiempo que los sueños quedaron atrapados por la transición pactada. Ha partido de este mundo, pero ya es inmortal: vivirá para siempre en nuestra memoria colectiva y en el compromiso de hacer realidad su último mensaje: “El despertar no tiene que morir nunca más”.

Por Víctor Osorio. El autor es director ejecutivo de la Fundación Progresa.

Imagen principal: Wikipedia

Santiago, 14 de diciembre 2020.

Crónica Digital.

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