Por Raúl Acevedo:¿Qué será normal después de la pandemia

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Por Raúl Acevedo

Se está acumulando una tensión inmensa tanto en Chile como en el resto del mundo, pero particularmente en nuestro país. Ya teníamos una situación crítica antes de la pandemia. Había un rechazo significativo no sólo al gobierno, sino al estatus quo, a la forma de relacionarnos, de construir una sociedad, de establecer vínculos entre todos. Esa situación no está resuelta. Si alguien cree que la pandemia la disolvió es que no quiere ver.

La foto de Piñera en plaza dignidad es un mensaje no a la oposición sino a aquellos que lo apoyaban y dejaron de hacerlo. Procura mostrarles que él retomó el control del país. Intenta ganarse su voto de cara al plebiscito constituyente. Pone de esta manera el foco en la normalidad. Es una cuestión legítima, pero erró el momento, porque la situación no ha tocado fondo aún y queda mucho para que así sea. La normalidad puede no llegar al espíritu de nadie que vive en esta situación. Además generó una ira en los sectores de la oposición activos en la revuelta de Chile despertó, agilizando sus estrategias para devolverle la mano. Normal es lo que ocurre con cierta regularidad y dentro de un rango de cercanía a lo típico. La situación actual no es normal y todos se dan cuenta.

La actividad familiar no es normal porque el tiempo de cada uno de sus miembros dedicado a sus propias cosas desapareció, aunque sólo fuese parcialmente, en algunos casos. La actividad social está en su más mínima expresión. La actividad laboral está fuertemente dañada, porque la distancia entre personas en el trabajo se había estado reduciendo las últimas décadas para rebajar costos y facilitar el control por parte de los mandos superiores, entre muchos otros factores. En estos días nada es normal. La sicología de numerosas personas está haciendo agua. No estábamos preparados ni individual ni colectivamente para afrontar un fenómeno como este.

La humanidad ha enfrentado situaciones peores que esta, en numerosas oportunidades, pandemias mayores y guerras devastadoras tanto en lo físico, económico, social y emocional. Con esta crisis no se acabará la especie, pero sí corre el riesgo de terminarse el modo de vida que hemos estado llevando las últimas tres o cuatro décadas. Por qué, simplemente porque no sirve para resolver situaciones de crisis. Cuando los poderosos, quienes manejan los hilos del poder económico y político, se enfrentan a una crisis de grandes dimensiones como lo fue aquella de 1983, recurren a todo tipo de artilugios para transferir sus costos a los demás. Entonces quebraron los bancos porque los dueños engañaron el sistema, le prestaron el dinero a empresas truchas de ellos mismos y no pagaron esos préstamos, dejando al banco en quiebra y a los ahorrantes junto al Estado asumiendo los costos. Hoy la crisis es peor, es social y sanitaria, además de una económica de grandes dimensiones que se está formando, quizá derive en una geopolítica. Como en las corridas de toros, una banderilla clavada en la bestia no asegura al torero su cometido, muchos de ellos han caído después de incluso después de colocar cuatro banderillas.

Por qué debe caer el toro. Porque nos está matando. Sus embestidas una y otra vez nos revuelca dejándonos cada vez peor. Nos han embestido con las AFP, el mar para 7 familias, el papel higiénico, los pollos, la polar, Johnson, las universidades privadas lucrando, el CAE, etcétera.

Hoy tenemos un problema importante y su resolución depende sólo muy parcialmente del gobierno. Depende en gran medida de nosotros mismos. ¿Aguantaremos cuatro o seis meses más en ésta situación? Cómo encontraremos una salida a todas las problemáticas que nos aquejan hoy y otras tantas que se nos avecinan.

Puede ser matando un piojo a la vez o todos juntos. La segunda alternativa requiere fuerza y determinación. Creo que hoy no tenemos ninguna de las dos. La primera necesita audacia para no hacer más de lo mismo, que produce los resultados de siempre.

Huir del camino de la normalidad y adentrarse en un bosque desconocido que promete salvar la vida de a poco,  suena atractivo. Sin embargo, mientras más lejos estemos del camino más costará retornar a él. En nuestro problemático mundo el bosque y el camino también se mueven. Cuando por fin volvamos es posible encontrar un sendero distinto que nos lleve a otro lugar. El porvenir lo forjamos nosotros de a poco, pero hoy, no después de haber sorteado la pandemia.

Comenzar a despejar la maleza que nos separa del camino de la normalidad es tarea de la gente común, los de arriba no se agachan ni ensucian las manos. Vivir aislados sin conectarse con nadie sólo favorece al vivo que ve en la pandemia un buen negocio. Cómo superamos esta situación anormal, entonces. Es como cuando uno aprende a nadar en el mar, nunca con miedo, pero si con respeto. No hay que arriesgar la integridad propia y de los demás, pero ir haciendo una vida más normal es un imperativo ético de todos aquellos quienes atesoran la vida en sociedad. Conversar con otros, hacer trabajos propios, idear y escribir nuevos proyectos, buscar soluciones a viejos problemas, hacer objetos para protegernos en aglomeraciones, hacer actos de reconocimiento a quienes han sido significativos en nuestras vidas, ayudar a la naturaleza, son sólo unos pocos ejemplos genéricos de cómo aportar a despejar la vuelta al camino de la normalidad. Hay muchas más, pero por sobre todo está el anticipar la situación en que cada uno se encontrará para ir trabajando las mejores fórmulas para minimizar las consecuencias de la crisis.

Cuál es el futuro. Será según cómo seamos capaces de aportar al retorno a la normalidad, con responsabilidad, sagacidad, entereza, compromiso. Necesitamos soluciones nuevas, creativas. Quedándonos inmóviles nos hundimos, para salir a flote hay que moverse, aunque sea de a poco. Así se formará un nuevo cuadro que delineará una normalidad distinta. ¿Será normal para entonces competir para dominar las organizaciones sociales por parte de diferentes sectores o será habitual ver colaboración en ellas para relevar las acciones orientadas a cubrir las necesidades de sus integrantes y entorno? ¿Primará la eficiencia en el trabajo para generar más utilidades o la eficacia para satisfacer las necesidades de trabajadores y clientes? ¿Consideraremos normal dialogar con los demás o que cada uno rumee sus propios problemas? ¿Los negocios con una ética hacia proveedores  y clientes serán lo habitual o los que sólo miran la línea del balance donde están las utilidades? ¿La nueva normalidad será con autoridades que entregan las grandes decisiones al pueblo soberano o a los grandes grupos económicos y políticos? ¿Veremos más vecinos saludándose que otros ignorándose? ¿Será normal encontrar a un ciudadano proactivo, que aporta en las soluciones a las problemáticas comunes o encontraremos más fácilmente a personas esperando una solución a sus necesidades entregadas por otros?

Raúl Acevedo
Economista, 20 años de trabajo en el sector público, magister en gobierno y gerencia pública.

Santiago de Chile, 10 de abril 2020
Crónica Digital

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1 Comentario

  1. «Comenzar a despejar la maleza que nos separa del camino de la normalidad es tarea de la gente común, los de arriba no se agachan ni ensucian las manos»
    Es una buena frase y estoy de acuerdo, no obstante, la «gente común» está absorta, inmersa en su realidad cotidiana y no es creadora de grandes principios ni tiene por qué serlo. Por el otro lado, claro, los expertos suelen ser parte de la élite y casi siempre terminan trabajando para para » los de arriba». En otros tiempos la solución a esta clase de situaciones la aportaba un set de valores, principios y creencias que solían compartir todos en mayor o menor medida, básicamente la religión o la tradición.
    En nuestros atribulados tiempos no está claro ni quien, ni cómo.

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