La protesta ciudadana y las claves de la desigualdad

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La declaración de Sebastián Piñera ha sido recordada una y otra vez en las redes sociales en el curso de la última semana. “En medio de esta América Latina convulsionada veamos a Chile: nuestro país es un verdadero oasis con una democracia estable”, señaló el pasado 8 de octubre en el programa “Mucho Gusto” de Mega.

Como resultado de la creciente conflictividad social en los países de la región gobernados por la derecha, Piñera parecía que tiraba por la borda su aspiración de transformarse en el líder del neoliberalismo en América Latina, el mismo que hasta hace poco caracterizaba como único actor con capacidad de producir crecimiento y bienestar. “Mire lo que pasa en América Latina”, señaló Piñera y mencionó, entre otros, los casos de Argentina, Paraguay, Brasil, Perú y Colombia. La diferencia era el oasis neoliberal de Chile.

Pero ya lo había señalado Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire (…) y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y relaciones recíprocas”.

Con razón el diario español “El País” tituló una crónica sobre la irrupción de la revuelta social en el país con el siguiente título: “La olla de presión revienta en el oasis chileno”. Indicaba: “Aparentemente Chile era un oasis dentro de una América Latina convulsionada, como dijo hace unas semanas el Presidente Sebastián Piñera. Pero entre jueves y viernes explotó una especie de olla de presión con violentas protestas sociales que este sábado tienen la capital bajo control militar, como no sucedía desde la dictadura”.

Sobre las razones del estallido social, mencionaron una imagen que circulaba en las redes sociales como ejemplo explicativo: “Como punta del iceberg –se muestra–, aparecen las protestas por el alza de la tarifa del Metro, las cuales comenzaron la semana pasada con entradas masivas de jóvenes saltando los accesos del Metro sin pagar. Pero, de acuerdo con el dibujo, existe una parte profunda del iceberg que no se ve”. Entre ellas, menciona hechos como las “pensiones indignas”, la “salud precaria” y los “sueldos miserables”, lo que ha terminado generando “un hartazgo que ni este Gobierno ni los anteriores han logrado apaciguar”.

Un poco antes de las declaraciones de Piñera sobre el “oasis”, el ex Presidente uruguayo Pepe Mujica señaló en un acto de la campaña presidencial de su país: “No queremos ser un país como Chile (…) Ojalá Chile pueda repartir un día como repartimos en Uruguay”. Fue una reacción frente a la derecha uruguaya, que colocaba a Chile como modelo.

A continuación, unas notas –escritas al calor de las movilizaciones y solamente en una primera aproximación– en que se proponen cuatro claves para aprehender el fenómeno de la desigualdad, que está en la base de la emergencia de un Chile que despertó.

  1. La profunda desigualdad de Chile

El crecimiento económico está concentrado en muy pequeños segmentos de la población. Junto con México, Chile es el país más desigual en la OCDE. El 1 por ciento más rico de la población acapara el 33 por ciento de los ingresos globales. A modo de comparación, en Holanda ese 1 por ciento se lleva el seis, y en los Estados Unidos, el país más desigual del mundo capitalista de ingresos altos, el 1 más rico se lleva el 19.

A finales de noviembre 2015, se presentó el Estudio Económico de la OCDE incluyendo su último informe sobre distribución del ingreso, donde Chile lidera el ranking de los más desiguales con un índice de Gini de 0,503. El estudio señala que el 10% más rico gana 26,5 más que el 10% más pobre superando en más de un 100% el promedio de los países en la organización internacional.

Según la última edición del Informe “Panorama Social de América Latina”, elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el 1% más adinerado del país se quedó con el 26,5% de la riqueza en 2017, mientras que el 50% de los hogares de menores ingresos accedió apenas al 2,1% de la riqueza neta del país.

Un estudio de la Fundación SOL de 2017, basado en los datos oficiales de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica, mostró que un 29,4% de las personas que viven en Chile se encuentra en situación de pobreza. Explicó que se llegó al dato con el hecho de retirar los subsidios, los ingresos del capital y la imputación de ingresos que se les hace a los hogares que son dueños de sus viviendas o que están pagando por esta. La pobreza en mujeres asciende al 31,7% mientras que en los hombres es un 26,8%.

  1. El bajo nivel de los salarios

A pesar de que la economía ha crecido en forma significativa en las últimas tres décadas y existe el PBI per cápita más alto de América Latina, existe un nivel de salarios muy bajo: en Chile la mitad de los trabajadores obtiene menos de unos 570 dólares, mientras el costo de vida es casi equivalente a los países de Europa Occidental, con un PBI de al menos el doble que el chileno. Sólo del 15 al 20% tiene salarios superiores a los mil dólares.

En este contexto, la controversia por el valor del pasaje del transporte público no resulta irrelevante. Un estudio de la Universidad Diego Portales mostró que, de un total de 56 países alrededor del mundo, Chile es el noveno con el transporte público más caro. Las familias de bajos recursos pueden gastar casi un 30% de sus ingresos en transportarse, mientras que en el nivel socioeconómico de mayores ingresos el porcentaje de gasto en la materia es menos de un 2%.

A ello es necesario agregar la carga que representa para las familias de bajos ingresos el incremento en los costos de la energía eléctrica y el agua, servicios básicos que fueron privatizadas, y la crisis en el sistema público de salud. El precio de la vivienda aumentó hasta un 150 por ciento en la última década, mientras los sueldos crecieron apenas un 25%, según un estudio de la Universidad Católica.

La desigualdad social puede explicarse, entre otras variables, en que las negociaciones colectivas apenas cubren un 8 por ciento de las y los trabajadores. La posibilidad de organizarse sindicalmente, las negociaciones colectivas y el derecho a la huelga están severamente disminuidos. No más del 15 por ciento de los trabajadores está sindicalizado. Además, no se puede negociar a nivel de sector económico: sólo a nivel de empresa.

  1. El nivel de endeudamiento de las familias

Se estima que una familia requiere en el país un mínimo de 1.700 dólares para no tener que endeudarse, lo que explica que el nivel de endeudamiento existente es muy alto. Un hogar chileno promedio de 3 o 4 personas, para alimentarse, vestirse, movilizarse, pagar las cuentas básicas y financiar la educación y la salud, tendrá que recurrir inevitablemente al endeudamiento. Por cierto, lo mismo cursa para inversiones de mayor costo, tales como la vivienda o un automóvil.

De esta forma, 11.300.000 de los 14 millones de chilenos mayores de 18 años están endeudados, el 81 por ciento del total. Y de ellos, 4.400.000 no pueden pagar las deudas, permaneciendo en calidad de morosos.

Según los datos del XXIV Informe de Deuda Personal de la Universidad San Sebastián – Equifax, en marzo de 2019, en Chile se registraron 4,6 millones de deudores morosos. El monto promedio de la morosidad es de $1.754.525 (casi 2.500 dólares). Además, según los datos de la última Encuesta de Presupuestos Familiares (VIII EPF) del INE, más del 70 % de los hogares chilenos está endeudado.

El informe de “Cuentas Nacionales por Sector Institucional” del Banco Central, de abril pasado, develó que el endeudamiento de los hogares registró un máximo histórico. “Los hogares registraron un stock de deuda equivalente a un 73,3% del ingreso disponible, superior en 3,2 puntos porcentuales al cierre del año anterior”, señaló. El alza de las deudas se debe, según analiza la entidad, al aumento de préstamos a largo plazo con entidades bancarias, como créditos de consumo e hipotecarios, junto a créditos otorgados por otros intermediarios como el retail o cajas de compensación.

  1. La exclusión de los adultos mayores

En el caso de la población adulto mayor, la pobreza casi llega a un 40%. De las 650.000 personas que reciben pensión de vejez, la mitad cobra menos de 250 dólares. Ello, en circunstancias que las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), entidades privadas que operan los ahorros previsionales de la totalidad de los chilenos, hoy administran unos 220.000 millones de dólares, nada menos que el 75 por ciento del PBI chileno.

Como se sabe, la tasa de reemplazo (o de sustitución) es el porcentaje de ingresos en la jubilación respecto a los ingresos previos como trabajadores en actividad. Es un indicador del grado en que un sistema de pensiones logra su principal cometido social: sustituir las rentas de la etapa en activo de un trabajador manteniendo un poder adquisitivo lo más elevado posible en la etapa de jubilación.

En el sistema de “capitalización individual” y gestión del ahorro previsional por las AFP la mitad de las pensiones llegan a tasas de reemplazo del 20% o menos (33% para los hombres y 12% para las mujeres) y solo con el gasto público del Estado, mediante el Pilar Solidario en su Aporte Previsional Solidario (APS), la tasa de reemplazo mediana llega a un 40% de las últimas remuneraciones, según datos de la Superintendencia de Pensiones. Esta realidad también es válida para quienes han cotizado la totalidad de su vida. La mitad de quienes han cotizado toda su vida, no obtienen una pensión que supere el sueldo mínimo.

No resulta sorprendente entonces lo establecido por estudio realizado por una académica de Gerontología de la Universidad Católica, en el que se muestra que la tercera edad es el grupo etario que registra más suicidios.

Un comentario final:

Pareciera indudable que estos hechos son parte de la indignación y malestar extendidos de la ciudadanía y el pueblo de Chile. Por cierto, el problema no se resolverá con la ocupación policial y militar del territorio nacional.

Por Víctor Osorio. El autor es periodista.

Santiago, 21 de octubre 2019

Crónica Digital.

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