Por Manuel Agüero Cheix y Sebastián Hernández Toledo :LA REALIDAD NOS CAYÓ ENCIMA

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“Si vota más gente pierde la derecha”. “La derecha vota disciplinada y en masa”. Estas fueron dos frases que se escucharon de manera reiterada en la prensa y que se transformaron en una “realidad” para el mundo de la izquierda y de las ciencias sociales. Ahora bien, ¿Cuál fue el fundamento político y metodológico para hacer estas aseveraciones? ¿Por qué creímos en estas ideas sin siquiera cuestionar su certeza y fundamentos?

Las pasadas elecciones presidenciales nos dieron un verdadero golpe: votó más gente y votó por Sebastián Piñera, quedando al descubierto no sólo que el nuevo votante se siente más identificado con la derecha, sino que dejó en evidencia nuestra derrota cultural. Hoy, el modelo neoliberal absorbió el poder analítico e incisivo al que aspiran las ciencias sociales e hizo que los mitos políticos se tomaran el centro de los argumentos. Es tanto así, que el día de la segunda vuelta en el comando de Alejandro Guillier comenzaron las celebraciones inmediatamente después de que la prensa anunciara un aumento de votantes en relación a la primera vuelta.

La realidad nos cayó encima: el votante que apareció en segunda vuelta, 300.000 aproximadamente, no llegó a salvarnos del neoliberalismo, sino que frenó el proyecto reformista de la Nueva Mayoría mediante un voto contundente a favor de Sebastián Piñera. Es un electorado que, dada su aparición sólo en la segunda vuelta, representa un voto blando, puesto que no tenía una postura política clara que lo hiciera votar en primera vuelta. Es el ciudadano que no se ve convocado a participar de las elecciones, dado que “igual tiene que trabajar mañana”, y que sin embargo, ante el miedo que instalaron los medios de comunicación a que Guillier nos convirtiera en “Chilezuela”, asistió a defender el modelo. 

Piñera aplicó de forma magistral las lecciones del gremialismo e hizo un claro llamado a su sector para “no politizar” los debates sobre temas clave para el desarrollo del país, por ejemplo, la educación. Se presentó como un ciudadano más, como un emprendedor que mejoró su calidad de vida gracias a su esfuerzo y su inteligencia, todo en perfecta sintonía con frases como “yo salí adelante solo”, “a mí nadie me ha regalado nada” o “hay que arreglárselas uno mismo”. Paradójicamente, en una sociedad donde no es el mérito lo que define el estilo de vida de una persona, sino que su estrato socioeconómico de origen, el chileno se identificó con el individualismo y erigió como modelo a seguir el éxito económico, sin importar sus valores y empatía con el resto de la sociedad. Es ahí donde la derrota cultural de la sociedad chilena se hizo evidente, pues valores sociales como la reciprocidad y la solidaridad, ejes de una sociedad democrática, parecen representar la ingenuidad de quien no comprende que en Chile cada cual se salva por sí mismo. 

La derrota cultural radica en  dos elementos. Primero, que el modelo está situado en lo más hondo de la sociedad chilena, en su praxis, en su estructura valórica, en su matriz interpretativa de la realidad. Son diversos factores (modelo educacional segregador, trabajo precarizado, una prensa mopolizada por los intereses del capital, entre otros) los que han cimentado un discurso neoliberal hegemónico basado en la fragmentación social, donde son los mismos perjudicados, paradójicamente, férreos defensores de ésta. En segundo lugar, el mundo progresista está construyendo mitos sobre su posición en la sociedad desde su principal sustento teórico, las ciencias sociales. Es decir, no existe vigilancia epistémica al fundamentar sus afirmaciones sobre la realidad política, convirtiendo éstas en meras predicciones de matinal. En un espacio público como el actual, atiborrado de seudos sociológos, politólogos e historiadores, donde importa más la pose que la prolojidad, sería razonable preguntarnos: ¿cuál es el actual papel de las ciencias sociales?, o más aún, ¿están las ciencias sociales cumpliendo su rol de diagnosticar acertadamente la realidad para transformarla?

 

Por Manuel Agüero Cheix y Sebastián Hernández Toledo

Santiago de Chile, 8 de febrero 2018
Crónica Digital

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