Por Carlos Arrue: JUSTICIA O IMPUNIDAD

0

Hay ciertos dilemas existenciales que proponen retos a la sociedad toda. Ser o no ser, la principal de ellas. Sin embargo, el que un país pueda mirar al futuro asimilando su pasado, es un problema de la esencia del ser de cualquier nación. Construirse desde una lectura común sobre postulados fundamentales, resulta necesario para avanzar. De lo contrario, estaremos siempre determinados por el cisma histórico.

Eso es lo que pasa con el Golpe de Estado de 1973.

Hoy, hemos avanzado mucho. Si uno contrasta lo que vivimos ahora con la sensación térmica de enero de 1991, de 1996 incluso de 1998, recordaremos como, ningún medio de comunicación, lo recuerdo muy bien, usaba la palabra dictadura. Todo era a la chilena, con ese tono rebuscado y usando eufemismos como regimen militar y gobierno militar; se calificaron las violaciones de derechos humanos de excesos. Si uno decía otra cosa, desautorizaban afirmando que estabas preso del pasado. Así como hoy se habla de Venezuela y se le reprocha todo, en este país pasaban cosas mucho peores y jamás se dijo que había una dictadura. No fue sino hasta la detención de Pinochet que las cosas comenzaron a cambiar. Hoy, nadie discute que en Chile hubo violaciones a los derechos humanos ni que hubo una dictadura.

Pero que es lo que no tenemos; Justicia.

Es una sola palabra que encierra un anhelo, una herida y una verdad todo junto.  Ahora sabemos que los nuestros fueron arrojados al mar, envenenados, violados, menoscabados, silenciados, menospreciados. Siempre supimos que fueron asesinados, solo que no sabíamos cómo. Ahora lo sabemos.

Hace poco días salió una noticia de dos personas asesinadas con potasio en un hospital, al igual que los nuestros, empleando químicos y usando sus cuerpos para experimentar con esas sustancias. Supimos también de una mujer violada por un grupo de deslamados. Al igual que las nuestras, violadas por hombres sin escrúpulos, cobardes y aun ocultos. Hemos sabido de niños y niñas asesinadas y nos avergüenza. Eso también le pasó a los nuestros. Desde niños supimos que podían matarnos porque eso es lo que hacían. La mamá de un conscripto héroe falleció hace pocos días. Su muerte no salió en ningún medio de comunicación.

Cuando esto le pasa a los nuestros y sabemos la verdad, nadie parece escandalizarse. No salen personas cualquiera a empujar los carros policiales, tampoco se ve a la Sra Juanita esperando a la salida de tribunales para escupirles. Cuando se trata de crímenes cometidos por agentes del Estado, esos mismos delitos deshonestos, detestables y repudiables que hemos conocido en los últimos días, semanas, meses y años, no existe esa reacción y cuando nos movilizamos, cuando hay encadenamientos, marchas, velatones, y lo que sea, recibimos lacrimógenas, palos, heridas: Nos siguen pegando y muchos miran.

¿Es justo esto? ¿Es correcto? ¿Es lo que queremos como sociedad?

Lo que se crea es resentimiento, odio, desprecio, rechazo. ¿Alguna vez hemos escuchado un violador de derechos humanos, o a quienes los han apoyado, pedir perdón? Nunca. Pero si exigen el desarme moral de su contrario, piden que se reniegue de la lucha armada, que se rechaza la violencia, que condenemos a quienes luchan, que delate a los suyos.

Por eso la acusación constitucional representa y refleja una disyuntiva, Por un lado, la impunidad, que es lo que resultará de las libertades condicionales y los indultos, y quizás que otra artimaña mentirosa que se invente. Y, por otro lado, justicia, da lo mismo la pena. Es la condena, es el reproche, es la voz de la justicia diciendo que estuvo mal lo que se hizo, lo principal. Que digan que da lo mismo la crisis política previo a 1973, las culpas de la izquierda y todos esos argumentos a los que tanto recurre la derecha. Eso da lo mismo. Lo central es que digan que no hay nada que justifique lo que se hizo. Decir eso, hacer eso, eso…es justicia.

La acusación constitucional tiene que ver con eso. Es la oportunidad que se nos abre para cerrar un ciclo demasiado largo.

Para que nuestra sociedad pueda consolidarse, es necesario condenar estos hechos y los magistrados han faltado a un deber elemental; proveer justicia y asegurar que un delito no quede sin sanción. Los recientes fallos de la Corte Suprema ponen en evidencia que aun estamos en la disyuntiva histórica y no lo hemos resuelto. Reflejan que aun tenemos un camino por recorrer porque más allá de los reglamentos y los decretos leyes de 1925, donde encontraremos material para ir en todas las direcciones, finalmente la decisión es cuál camino y cuáles leyes escoger. ¿Aquellas que consagran la impunidad, acogiendo libertades condicionales de personas que no tienen remordimiento ni arrepentimiento alguno, o rechazar la impunidad porque esos delitos fueron investigados y hay responsables que actuaron con todo el poder del Estado siendo condenados?

Justicia o impunidad, esa es la disyuntiva y será el congreso el encargado de decidir. Es una oportunidad para la democracia. Algunos dirán, escogiendo el camino fácil, que no se puede opinar sobre los fallos del poder judicial, otros mirarán de qué lado está el deber, para no abandonarlo.

El autor es analista político

Santiago de Chile, 9 de agosto 2018
Crónica Digital

Compartir

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here