Por Oscar Ortiz: Una tarde en el Museo de la Marihuana de Montevideo

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Quedamos de juntarnos en el andén Rodoviario “Tres cruces” de Montevideo, a las 17:00 horas con mi amigo Juan Copar para viajar a Pando, a visitar a su familia. Tras comer unas exquisitas pastas italianas, resolví concurrir al Museo del Cannabis –cerca del mediodía– situado en la calle Durazno 1784, enclavado en el barrio sur, en las inmediaciones de la Rampla de Argentina del Río de la Plata.

Un locuaz joven me recibió en la puerta de una casa de dos pisos de color verde, que mostraba en su entrada una pintura de una gigantesca planta de Marihuana. “Eres chileno. Debes saber que el  imperio incaico plantó en el valle de Aconcagua muchas hectáreas de cannabis”, expresó con una erudición sorprendente. Tocado en mi soberbia intelectual, afloró el serio estudio de Carlos Keller, concerniente a Michimalonko, Imperio Incaico y el Valle Aconcagua, publicado en 1974. Efectivamente –dije con voz académica– alrededor del 1510, el dominio incaico abarcaba hasta ese momento al Río Bío Bío. Su expresión administrativa estaba vertebrada en los Curacas (Gobernadores) de Coquimbo y Colina y los Mitamaes (asentamientos humanos, el más conocido: Limache, “gente de Lima”) insertos en el larguísimo camino del Inca, que llegaba hasta el Valle del Itata, siendo su lugar de origen el Cusco.

–¿Y cómo se consolidaron en el Aconcagua? –inquirió.

–Michimalonko, cacique a cargo de los valles del Mapocho y Aconcagua, entendió que ante la ocupación geográfica de su territorio, debía buscar la salida negociada. Para ello promovió un sincretismo cultural, encarnado en la cultura de Aconcagua que sorprendió a los invasores españoles años después. No extraña entonces que parte del Chile central haya sido un Suyo o provincia Incaica –argumenté.

Miguel, encargado del  Museo, atónito escuchaba  mi historia.

–Pero por qué no sembró en el valle del Mapocho también Cannabis –preguntó.

Parados ambos cerca de la mesa de ingreso que conducía a una amplia e iluminada sala que cobija vitrinas de vidrios y pizarras pedagógicas intenté responder al montevideano,  quién la noche anterior –durante la clausura del Encuentro Anarquista– habíamos intercambiado un escueto diálogo. Creo –agregué– que se eligió  ese territorio, específicamente la actual ciudad de San Felipe (110 km de la cabecera mapochina y Santiago, a 1000 metros de altura sobre el mar) por poseer un clima apropiado: tórrido en verano y glacial en invierno. Además Michimalonko, gran señor de ambos valles –con apretados vínculos sanguíneos con el Cusco– moraba en San Esteban, sitio aledaño a San Felipe. Tengo el recuerdo de adolescente, cuando en cada oportunidad que abordaba el tren que me conducía de regreso a la capital, desde la estación de San Felipe –los domingos– me acontecía una situación desagradable tras pasar los fines de semana en la casa de tíos y primos residentes en esa ciudad. Muchos jóvenes, no importando el atuendo, éramos  violentamente  allanados. Nuestros cuerpos y valijas, por parte de la recién formada Brigada contra las Drogas, a cargo de la Policía de civil, que suponía que habíamos ido a recoger cogollos de cannabis. Tratando de reconstruir ese episodio con altura de miras, proseguí. La razón se debía a que existía un enorme predio que funcionaba como fábrica de cáñamo, precisamente en el lugar que antaño escogieron los Incas para sus plantíos de Cannabis. Lo inaudito de tal política represiva es que la implementó el Gobierno del Presidente socialista, Salvador Allende, quizás para aquietar a sectores reaccionarios que empezaban a perturbar.

Noté que a mi interlocutor uruguayo, tal narración le produjo incomodidad. Sus  ojos parpadeaban nerviosamente y sus brazos se mantenían cruzados sobre su pecho.                                                                –No quiero pensar mal ni ser suspicaz –acoté– pero tal factoría de cáñamo –que manufacturaba zapatos, poleras e hilos de buena calidad– fue abruptamente cerrada y se edificaron en el terreno precolombino, unos modernos edificios sociales.

–En cambio aquí, las movilizaciones sociales de Asociaciones Promarihuana sobre el gobierno centroizquierda del Frente Amplio, facilitaron la legalización y comercialización por parte del Estado –manifestó con orgullo y vehemencia Miguel. El fundamento jurídico es –agarrando con su mano izquierda un folleto que leyó en voz alta: Que la planta Cannabis, es una especie vegetal con múltiples propiedades terapéuticas y medicinales. Históricamente ha sido utilizada como medicamento, fuente de alimento y planta maestra en diversas tradiciones espirituales y culturales. Se utilizó como materia prima para la fabricación de productos textiles, papel y combustible, considerándose como uno de los cultivos más valiosos de la antigüedad. Los cogollos o flores de la planta femenina, son los que concentran la mayor cantidad de compuestos de utilidad medicinal. Los principales son los cannabinoides, los terpenas y los flavonoides, producidos de forma natural por la planta. Los cannabinoides tienen un historial de seguridad notable, especialmente en comparación con otras sustancias terapéuticamente andinas”…

–Frenando de pronto la lectura- arrojando el folleto sobre una pequeña mesa, en  cuya superficie descansaba un jarrón con flores vistosas, me invitó: Venga. Vamos ahora a recorrer el Museo.

Entre escaparates, repisas, estanterías, gráficas y gigantografías en las murallas, me fue posible adquirir una rica información sobre el desarrollo del cáñamo a lo largo de la historia, manifestado en telas, calzados, ungüentos medicinales, destacándose la guitarra a cuerda, elaborado con cáñamo, que utilizó el insigne músico charrúa, Eduardo Mateo, creador  del Candombe Beat. Este compositor, muerto en la marginalidad  en 1990, es rescatado a nivel de ícono  popular uruguayo como lo es Alfredo  Zitarrosa. Me sorprendió enterarme que la rueca que Mahatma Gandhi maniobraba manualmente para  fabricar su propia indumentaria y que impulsó entre el pueblo indio como arma de boicot contra los monopolios textiles ingleses, era de ovillos de cáñamo.

Pasando a otra dependencia, una voluminosa biblioteca sobre el tema nos acoge, aprovechando de hojear lentamente con mis dedos algunos títulos. Rato después ingresamos al vivero –en el patio de la casa– donde brotan sin problemas café, té, tabaco, hongos, cactus, hierbas medicinales y cannabis mucha cannabis. Mientras saboreamos un aromático café –proveniente del invernadero– sentados en la cafetería del Museo, Miguel  me explicó sobre la génesis del sitio. Su inspirador es el agrónomo, Eduardo Blasina –piedra fundamental en la lucha callejera por la legalización– para quién esta planta ofrece múltiples prestaciones, englobado  dentro del reencuentro con la naturaleza.

–Estamos próximos a cumplir cuatro años de funcionamiento y creo que hemos servido para sensibilizar a la opinión pública sobre los beneficios que reporta –reflexionó Miguel.

No sé cómo irrumpió ante nuestra mesa un incensario medieval provisto de muchos orificios, relleno de marihuana que mi contertuliano procedió a quemar con un encendedor. En pocos minutos un olor perfumado a cannabis envolvía a la cafetería, a la par el artefacto de plata se desplazaba a los otros parraquianos. A la consulta de cómo se regulaba su consumo, me expuso que su comercialización estaba a cargo de Farmacias –debidamente registradas en el Ministerio de Salud– que entregaban 10 gramos semanales al adquiriente (por aproximadamente 10 dólares). El Estado, que monopoliza y distribuye tal vegetal, la compra a gran escala en Angola.  Con esta ley –rubricada por el ex guerrillero y anterior Presidente de la Nación, José Mujica, gracias a las movilizaciones sociales– en diciembre de 2013 se convirtió en el primer país del mundo en legalizar la venta y cultivo de marihuana, promoviendo además la información, educación y prevención sobre el uso problemático de este producto. En el debate legislativo un segmento de la ciudadanía representada por tradicionalistas y conservadores recalcitrantes auguraba un futuro caótico social, como el aumento de los delitos sexuales o de la propiedad si se refrendaba tal ley.

Revisando las estadísticas de la Junta Nacional de Drogas uruguaya nos encontramos que en el último quinquenio no han crecido para nada las infracciones que temían esos retrógrados de la historia.  Mientras comentábamos este acierto legal, aproveché de fumar un poco, aunque no es para mí un hábito. Pero esta vez me resultó con sabor a logro social.

Oscar Ortiz. El autor es historiador.

Santiago, 1 de septiembre 2019

Crónica Digital.

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