DEL DESCONCIERTO AL PLACER

José Martí

La sexualidad femenina no deja de intrigar a científicos y aficionados en todo el orbe. A principios de este siglo apenas se había entendido bien el asunto del punto G, y ya aparecía otro desafío mayor: las mujeres también pueden eyacular. Cuando se desata el estímulo nervioso que conduce al orgasmo, por la uretra se escapa un volumen variable de fluido muy similar al semen, pero más claro, y sin espermatozoides.

Si hasta hace pocos años apenas se hablaba del asunto es porque no ocurre siempre ni con todas las mujeres, y además porque, lamentablemente, la gran mayoría aún esconde esa cualidad creyendo que se trata de una bochornosa incontinencia urinaria.

Pero no. Aun cuando el líquido en cuestión puede contener residuos de urea y creatina, su principal contenido es glucosa, fructosa y fosfatasa ácida prostática. Ni es orina, ni es un residuo de la lubricación que secretan las glándulas de Bartolini durante la fase de excitación sexual para facilitar la penetración vaginal.

La entusiasta expedición científica en busca del polémico Punto de Gräfenberg llevó a profundizar en las características y funciones de estructuras vecinas al otro lado de la pared vaginal: las glándulas parauretrales y periuretrales (ubicadas a los lados y alrededor del conducto de la uretra) y las glándulas de Skene, finalmente reconocidas como la próstata femenina.

Pruebas de laboratorio como el PSA (Antígeno Prostático Específico) y el PAP (Ácido Prostático Fosfatasa) confirman que en la secreción glandular femenina hay proteínas y enzimas solo encontradas hasta ahora en la próstata masculina. Además se ha demostrado que ambas estructuras se conforman a partir del mismo tejido embrionario en una etapa temprana de la evolución del feto.

En busca del arca perdida

Los primeros pasos para este descubrimiento se dieron en 1948, cuando el doctor J. W. Huffman describió 31 ductos localizados en la tercera parte frontal del canal uretral femenino. Sin embargo, pasó más de medio siglo antes de que la comunidad médica mundial comprendiera cabalmente el papel que desempeñaban: además de la eyaculación orgásmica, las glándulas de Skene producen hormonas femeninas (estrógenos), lo cual les confiere una función neuroendocrina muy importante, tal como demostró el médico polaco Milan Zaviacic en 2001.

La revista The Journal of Sexual Medicine reportó un estudio liderado por el urólogo austriaco Kart Stephenen en el que se emplearon modernas técnicas de ultrasonografía perineal de alta definición para hacer visibles tales estructuras. Así confirmaban la teoría del italiano Enmanuele Jannini, quien en 2003 estimó que esas glándulas no alcanzaban el mismo desarrollo en todas las mujeres y por eso unas eyaculan más que otras.

Las diferencias se dan en el tamaño de la apertura de la glándula, su funcionalidad y hasta en su ubicación, confirmó el citado doctor Zaviacic. En sus estudios encontró que en el 70 por ciento de los casos aparece la llamada próstata meato, localizada cerca de la apertura de la uretra; el 15 por ciento tenía una próstata posterior, muy cerca de la vejiga; en otro siete por ciento la vio distribuida homogéneamente alrededor del canal uretral, con una pequeña concentración en el centro (próstata campana), y el resto de las mujeres estudiadas presentaba una próstata rudimentaria, de poco tejido y escasos conductos, aunque podía ser funcional.

Así concluyó que muchas mujeres no eyaculan porque tienen glándulas muy pequeñas o presentan una eyaculación retrógrada. En estas últimas el líquido retrocede hacia la vejiga en lugar de buscar la salida uretral (también ocurre en los hombres), lo que les provoca ganas de orinar después de la cópula, aun cuando orinaran antes.

El sabor del cambio

Es común que una mujer eyaculadora reprima su orgasmo para no abochornarse de sentirse húmeda, y no pocas incluso se han sometido a cirugía para resolver tan «incómoda falla», que no era tal… Lo cual confirma que los seres humanos no juzgamos las cosas por lo que son, sino por lo que creemos ver en estas.

Por eso la reivindicación de la próstata femenina borra un estereotipo de género que atormentó e inhibió el desempeño sexual de millones de mujeres durante siglos. Con el cambio de paradigma en la manera de asumir esta cualidad a la luz de los nuevos saberes, no tiene sentido «sufrir» una reacción orgásmica que puede incluso ser placentera para la pareja, al sentirse partícipe del hecho.

Otra prueba de que el fenómeno tiene un alto componente sociocultural es que antes de alcanzar relevancia científica fue popularizado en el mundillo de la pornografía, donde se le asignaron varios nombres en inglés: cumming, gushing o squirting.

En realidad el valor erótico de este fenómeno es muy relativo. Depende del volumen y consistencia del fluido y del tipo de práctica sexual emprendida. Con el sexo oral (cunnilingus) puede hacerse más evidente, por lo que nos toca decidir si prevenimos o sorprendemos a nuestra pareja en función del grado de confianza alcanzado y de las experiencias previas en ese sentido.

Según Ecured, la enciclopedia virtual cubana, el sabor y el olor de la eyaculación femenina varían con el ciclo ovulatorio: unas veces es salada y fuerte y otras fresca y ligera, con un aroma como de tierra húmeda. También puede ser insípida o tener un ligero olor y sabor de orina, según la cantidad de urea presente.

En cuanto al temor de confundirlo con una franca incontinencia urinaria, es preciso apuntar que la secreción prostática aparece aunque la mujer tenga relaciones sexuales con la vejiga vacía; por tanto, no se trata de un escape de orina involuntario. Además no hay eyaculación al estornudar o hacer un gran esfuerzo físico, lo cual puede ocurrir con la orina, sobre todo después del trabajo de parto o a partir de cierta edad.

Tonificar los músculos del suelo pélvico con ejercicios y posturas correctas nos puede hacer sentir mejor en cualquier época y circunstancia de la vida. Pero incluso cuando esté demostrado que no todo lo que fluye por la uretra es problemático, lo ideal es asistir a una consulta de ginecología para ganar en tranquilidad.

Claro que si malo es disgustarse por eyacular, peor sería preocuparse por no hacerlo, porque eso no significa que nuestros orgasmos sean menos valiosos. Esperar que todas tengamos la misma respuesta sexual sería tonto y destructivo, afirma Ecured. Para sentirnos plenas no necesitamos abrir ciertas llaves, como tampoco necesitamos cerrarlas si estas se disparan espontáneamente.

Por  Mileyda Menéndez Dávila 

La Habana, 8 de junio 2012
Juventud Rebelde

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