ARMADORAS FLUVIALES DE VALDIVIA: LAS MUJERES DEL MUELLE SCHUSTER

Se llaman Carol Marín, Mónica Paredes y Paz Riedemann, y son las armadoras de los embarcaciones fluviales de Valdivia, integrantes de Latitud 40, comercializadora de productos turísticos de Valdivia. En tiempos en que se habla sobre equidad de género, derechos laborales e igualdad en salarios, estas jóvenes mujeres se erigen como empresarias ─dentro de un mundo tradicionalmente liderado por hombres─ en la ciudad náutica de Chile.

Maite Bustamante / Sur Actual.- A diario las puedes ver en el muelle Schuster. Están en las casetas, dentro de las embarcaciones, caminando por la costanera, atendiendo a curiosos visitantes, sacando cuentas, contestando el teléfono, organizando el trabajo. Una zona que en verano podemos ver saturada, por estas fechas es pura tranquilidad.

Son cerca de las seis de la tarde y a la bióloga marina Paz Riedemann ─de embarcaciones Calle Calle─, la encuentras sobre el río terminando la jornada de trabajo en la embarcación Tornagaleones. Ajusta los últimos detalles con dos garzones que arreglan sus cosas para irse a sus casas, les entrega el pago del día y se despide diciéndoles “cualquier cosa les aviso”.

Frente al catamarán, está la caseta de embarcaciones Pólux, la administradora es Mónica Paredes, quien estima, de entrada, que el trabajo es difícil. El río es pesado, más aún con los vaivenes del tiempo. El paisaje, independiente de la temporada, es soberbio, pero las tareas muchas veces complican. Conversa con vendedores en el mercado fluvial, se desplaza, cruza la calle Arturo Prat en repetidas ocasiones.

“La alegría y la energía están en el mar”, afirma Carol Marín, de embarcaciones Bahía, mientras subimos al Raptor, lancha de su propiedad. Hay que brincar. Ella lo hace primero y me doy cuenta de su destreza. Ante mi inseguridad, me ayuda a saltar mientras me sujeta con impulso. Hay cosas que dice el cuerpo.

─Este es un rubro de hombres. De repente, ellos hacen valer su machismo.  Los comienzos para las que ingresaron en esto como tripulante o capitanes de barco, fue difícil, porque tuvieron que hacerse respetar y posicionarse. Demostrar que son capaces, al igual que los hombres en fuerza, en ser diestras para hacer maniobras, cuenta.

Pero el tema se ha relajado, agrega Carol. Dentro del rubro de los armadores, ellos ya se han acostumbrado a que ya entraron de lleno las mujeres, mandando o a cargo de un grupo de personas, como es su caso.

Los barcos y el río

─Me encanta el agua, siempre estuve relacionada a ella, mi abuelo armaba los barcos y me gustaron desde pequeña.

Paz Riedemann decidió estudiar biología marina, una carrera que poco ejerció, ya que estaba ligada a la realización de cultivos, una manera de trabajar en el mar que no la motivaba. Trabajó como ejecutiva comercial de una reconocida compañía de telecomunicaciones y conoció a su marido, quien trabajaba en el rubro y conocía la costanera. Decidieron, entonces, armar un negocio familiar.

Dentro del Tornagaleones, una embarcación para 150 personas, recuerda que todo comenzó hace ocho años. Un paso que marcó un precedente en la constante presencia de lo masculino.

─ Tuvimos la idea de generar con mi marido un restaurant en el barco para que durante el año tuviera movimiento. Entonces vendíamos colaciones y además hacíamos eventos, matrimonios, cenas de empresas  o lo que saliera. Con el tiempo empezamos a arrendar el barco como tal y nosotros ahora operamos el Calle Calle. Con harto trabajo hemos ido ahorrando un poco, haciendo negocios y finalmente compramos el Neptuno y construimos este catamarán (Tornagaleones).

Mónica y Carol llegaron al muelle porque sus familias se dedicaban al rubro de las empresas navieras operando sus embarcaciones desde hace décadas atrás. Exactamente,  22 años lleva en esto Mónica Paredes. Carol Marín, toda la vida.

En un momento las historias se entrelazan. El papá de Mónica era marino mercante, nacido en Isla del Rey. Se vino a Valdivia a trabajar al Neptuno de capitán durante quince años. Luego compró la embarcación Pólux para trabajar en turismo y enseguida un catamarán. Mónica siempre ha estado a cargo del negocio junto a su mamá, a quien hoy debe cuidar producto de un infarto cerebral. Es la única mujer de seis hermanos. Algo de esa carga laboral y familiar se puede ver en su rostro.

Mónica cuando se expresa reluce como un arrayán. Afín a los cuerpos de agua,  no cae en invierno ni verano y se le encuentra siempre a la ribera del río. De corteza fría, si hacemos la semejanza, florece en la temporada estival desde principios de enero hasta finales de marzo, porque si existe la posibilidad tangible de ser feliz en este trabajo es en temporada alta. Sentada en el paseo peatonal de la costanera, recuerda:

─ La he peleado hasta el último, no tenía muelle, tenía que andar compitiendo con otras embarcaciones. Trabajo todo el año, de lunes a lunes, invierno, primavera, todos los días uno tiene que venir aunque se raje lloviendo. Algo puede salir igual, porque es lo único que tenemos. De marzo a abril ya se pone malo, las vacaciones de julio te puedes salvar algo, después se echa a perder otra vez.  Ya en septiembre empieza de nuevo a llegar el turista, pero lo fuerte siempre es enero y febrero. Hasta mitad de marzo, resume.

A un lado de nosotras están las embarcaciones. Sumidas en el silencio y el sol de la tarde, nos acompañan el tradicional puente Pedro de Valdivia y la caseta de Pólux. Pasando el mercado fluvial, está la de embarcaciones Bahía. Hace aproximadamente trece años que las construyeron en conjunto con la municipalidad. Allá está Carol, sonriendo y tomando apuntes en un cuaderno.

La ciudad es hermosa. No se puede dejar de afirmar.

─ Llevo trabajando acá toda mi vida. Lo llevo en mis genes. Mi papá, José Marín, es armador y he pasado toda mi vida en la costanera. No sé cuándo empecé. Pero trabajando con él, acompañándolo como de los quince años; trabajando un poquito lo que son los números, cuentas, ayudando en las ventas. Pasaron los años y comencé a tener más responsabilidades. También en algún momento vino la etapa de la rebeldía donde tú dices “bueno, esto será o no para mí”. Tratas de mirar a otros horizontes,  pero  en el fondo uno no puede desconocer para lo que nace y esto es lo mío yo nací para esto, condensa Carol, convencida de su labor.

Sonríe, invariablemente sonríe.  Y agrega.

─ El río para mí es la alegría, es la energía. Vivo en Isla Teja, entonces todos los días pasar por ese puente, la verdad, que me recarga. También cuando hay días en que uno anda más bajoneada o los días de invierno que son más lentos, cuando no hay tanta pega, se viene a compartir acá un rato con la gente. A la orilla del río todo se torna más tranquilo y agradable.

Dinámicas culturales

Paz, Mónica y Carol, concuerdan que para posicionarse como armadoras en un rubro dominado históricamente por hombres han tenido que tener una actitud firme y hacerse respetar.

Esa dinámica cultural del machismo se veía años atrás en casos concretos, por ejemplo, cuando el capitán no quería salir a navegar con mujeres tripulantes porque “no es muy buena para la maniobra” o “prefiero un hombre que tiene más fuerza”, decían.

─ En esos años el machismo pasaba porque los hombres eran un poco más mañosos, con malas actitudes. Pero eso ya pasó a segundo plano y hoy en día las mujeres en este mundo estamos liderando, así que ya no se nota tanto. Hay muchas mujeres integradas acá al trabajo en diferentes labores, ya sea en atención al cliente en la caseta o las chicas que hacen los servicios arriba de los barcos,  aclara Carol.

─Mi marido trabaja de capitán y mi hermano también trabaja de capitán y tripulante y yo estoy a cargo. Estar a cargo es difícil, pero ha resultado bien porque yo tengo un carácter fuerte. Cuesta, pero se puede. En este caso, yo soy la que domina acá.  Cuando hemos tenido problemas con los tripulantes o patrones,  se van no más. Si no les gusta ser mandado por una mujer, mala suerte, dice Mónica.

A las mujeres del muelle Schuster, les gusta su trabajo. Dicen sentirse cómodas en su papel de emprendedoras donde cada vez han ido llegando más mujeres a poblar la ladera del río, pero concuerdan en que es demandante y que los tiempos para pasear son escasos. Mientras todos disfrutan, ellas trabajan. Sin embargo, son felices.

─Me encanta el trabajo que realizo, uno va conociendo distintas personas. Lo más bonito es cuando la gente navega y les gusta el producto, se va contenta y luego lo cuenta y eso es un momento de alegría para ellos. Es lindo trabajar para que la gente se vaya contenta. Que haya disfrutado lo que uno prepara para los turistas, comenta Paz.

─ Yo soy feliz aquí, el río se lleva todas las cargas malas. Como dicen que el agua también es sanadora, yo creo que trabajar a la orilla de un río y al aire libre es sanador. No solo pensando en los días en que hay sol, sino que también los días de lluvia que son tan bonitos en Valdivia, concluye Carol.

Esctito por: Maite Bustamante – Periodista

Fotografías: Patricio Higueras
info@latitud-40.cl

Santiago de Chile, 26 de abril 2016
Crónica Digital / latitud-40.cl

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