TORONTO: ¿SE HA DAÑADO LA BRÚJULA?

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En más de un caso apreciamos los recuerdos enviados a la familia de los contrincantes o de los árbitros, que se leyeron sin esfuerzo y sin necesidad de ser expertos en lectura de labios, en actitud de ira y descontrol.

Es cierto que el rival explotó cada una de nuestras flaquezas y, como indica un periodista citando a un amigo argentino, en el análisis previo al cotejo sus jugadores habrían sido advertidos en el sentido que “estos chilenos son buenos para el fútbol pero son todos tontos, en media hora los tenemos fuera de si”. Verdadera o no, la cita corresponde a los acontecimientos.

La triste razón de lo sucedido está en que hemos perdido la brújula, la dirección, el control y el objetivo. Vivimos en una anarquía descomunal, en la que en los estadios los hinchas tiran piedras subidos arriba de las rejas, fuman marihuana, insultan, destrozan calles, autos y casas. Turbas a las que nadie puede tocar, haciendo inoperante la “Ley de Violencia en los Estadios”, habiéndose perdido la perspectiva de lo que puede y debe ser la actuación de la policía: nos pasamos para el otro lado, luego de soportar verdaderos excesos durante años. Si vamos al estadio no se sabe si saldremos vivos o no, si nuestro vehículo será destrozado por “una muchedumbre enfurecida” no sabemos por qué.

La prepotencia, agresividad, mala clase y anarquía del ambiente se ha traspasado a futbolistas que actúan mal dentro y fuera de la cancha, esperando una actitud contemplativa del árbitro, de la policía, de los dirigentes, de la prensa. En lo que menos piensan es en hacer bien aquello por lo que son remunerados generosamente: jugar al fútbol.

Que el descontrol se haya generalizado hace que el asunto sea preocupante. Desde la Presidenta para abajo, todos fueron tocados por el supuesto agravio. El diputado UDI Darío Paya, estimando que habían pasado dos o tres horas sin reacción frente a “los daños sufridos por los jugadores de nuestra delegación”, poniendo cara de demócrata e inteligente, preguntaba “¿Dónde está nuestro Cónsul?”.

La “guinda de la torta” la puso el Canciller con una nota destacando el malestar de Chile respecto de lo ocurrido y el exceso de violencia, pidiendo explicación detallada a la Cancillería canadiense. Afortunadamente no somos vecinos de Canadá, porque si así fuera, estaríamos frente a una nueva “Guerra del Fútbol”, desencadenada entre El Salvador y Honduras en 1969. Sin una versión directa e imparcial, menos oficial, de lo que pasó y sus causas, el Gobierno de Chile protesta. Increíble, sobre todo a la luz de los antecedentes previos. Luego, la delegación chilena debió partir entre gallos y medianoche, sin dar tiempo a que se decretaran arraigos o se dedujeran acciones en su contra, siéndoles requerido el pago de los destrozos causados al bus que los trasportaba.

La posición del Diputado –consecuente con el afán malsano de su sector de criticar con o sin razón, porque si o porque no–, es irrelevante, ya que para él, de todos modos las autoridades lo hacen mal. La reacción del Canciller es comprensible sólo en su aspecto humano, actuando como hincha. Pero un país que posa de serio debe contar con autoridades ponderadas, que no se muevan por dudosas interpretaciones y emociones del momento.

Es evidente que en Chile hemos perdido la brújula y parece que, por estos y otros hechos que nos sorprenden día a día, será muy difícil volver a encontrar el rumbo.

Por Leonardo Aravena Arredondo
Profesor de Derecho, Universidad Central de Chile. Colaborador permanente de Crónica Digital.

Santiago de Chile, 25 de julio 2007
Crónica Digital

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