LA VISIÓN LIBERADORA DESDE LA TEOLOGÍA

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El ejemplo de la Revolución cubana y la inconformidad creciente con la situación socioeconómica en esos países sirvieron de caldo de cultivo, además, a la aparición de un modo de interpretar la palabra bíblica de forma más cercana a estas realidades.

Uno de los sucesos más notorios de esta etapa, aseguran varios intelectuales destacados en esos años, fue la celebración de la Conferencia de Obispos de Medellín, Colombia (II CELAM), entre agosto y septiembre de 1968.

En esta cita se reiteró el llamado del Papa Juan XXIII, de contemplar los signos de los tiempos, ante el momento crucial que vivía el subcontinente y se percibió el encuentro entre la teología latinoamericana y el marxismo.

La recepción e interpretación por parte de los obispos en esta región de los postulados del Concilio Vaticano II, la evolución de la II CELAM y el surgimiento de una teología liberadora se correspondieron con los aires reformadores prevalecientes.

A la par de este movimiento, cobró forma el acercamiento de sacerdotes y religiosos a las situaciones concretas de sus pueblos y la búsqueda de formas mucho más comprometidas de practicar el evangelio.

El primer intento de ordenar los contenidos de esa reflexión teológica se le atribuye al sacerdote católico peruano Gustavo Gutiérrez (1928), en el ámbito del Encuentro Nacional del Movimiento Sacerdotal de la Organización Nacional Independiente de Sacerdotes (Perú, junio de 1968).

La conferencia del prelado sirvió de base a un libro publicado bajo su firma con posterioridad: Teología de la Liberación (1971), punto de partida para otras aportaciones doctrinarias.

Este texto provocó un movimiento en torno a la temática en casi todos los países del denominado Tercer Mundo con población católica y en algunos círculos teológicos de importancia en Europa, e incluso en el Vaticano.

En él se plantea que la cuestión de la liberación y de la reflexión parte de argumentos implícitos en la Biblia y se inserta de manera perfecta en la más genuina tradición apostólica y magisterial de la institución eclesiástica.

La raíz básica de esa concepción es la opción preferencial por los pobres, que supone el reconocimiento de ese sector como el sujeto del Reino de Dios, la lucha contra la pobreza y por la construcción de una sociedad donde quepan todos y todas, en armonía con la naturaleza.

Según el sacerdote chileno Pablo Richard, uno de los representantes más radicales de esta corriente, otro de sus pilares es la prioridad de una praxis liberadora “con toda su densidad teórica, estratégica y orgánica” por encima de las formulaciones teóricas.

Los teólogos de la liberación no se limitaron a interpretar la realidad desde fuera, sino se adentraron en la experiencia de los pueblos donde ejercieron su labor pastoral para contribuir con su accionar a la transformación de la misma en beneficio de los menos favorecidos por el statu quo reinante.

Este sacerdote chileno, reducido a la condición laical en represalia a sus opiniones antidogmáticas, afirmó que los enfrascados en esa reflexión preponderaron un pensamiento crítico, desde la práctica y a través de la Palabra de Dios, capaz de potenciar el compromiso liberador de los cristianos.

Teóricos dedicados a analizar el presumible avance del comunismo y las modalidades empleadas con ese fin en el área, distinguieron la existencia de varias líneas de pensamiento dentro de esa tendencia: una pastoral episcopal, una moderada marxista y una marxista.

En la dos últimas incluyeron a quienes reconocieron el valor del empleo de los métodos de análisis dialéctico materialistas en la reflexión teológica y profundizaron en la realidad latinoamericana para viabilizar su transformación desde diferentes ángulos.

Richard admite que “algunas corrientes de la Teología de la Liberación utilizaron al marxismo como instrumento de análisis de la realidad”, pero “sin asumir su dimensión política (el comunismo) o filosófica (el materialismo histórico)”.

Admitió que la idolatría transforma a los sujetos (personas) en cosas y a las cosas (mercancías, mercado, tecnología) en sujetos, por lo que puede considerarse matriz del pecado social.

“El ateísmo, por el contrario, era una dimensión positiva de la práctica de liberación: nuestra cercanía era mayor con los revolucionarios ateos que con los opresores idólatras”, añadió.

“Incluso, en nuestra espiritualidad, descubríamos la necesidad de pasar por un cierto ateísmo en la ruptura con los ídolos y la búsqueda oscura del Dios viviente”, puntualizó.

Desde su surgimiento, esta corriente fue definida por sus creadores como teología que nacía del encuentro con el Dios de los pobres al interior de una práctica de liberación, lo que se enfrentaba de plano a las tendencias idolátricas.

Estas se concentraban en especial en las estructuras de dominación de la Iglesia, pues sobre la perversión del sentido de Dios, descansaba el poder ilimitado de los jerarcas católicos con relación a las grandes mayorías.

En virtud de sus opiniones, los teólogos de la liberación dejaron descansar su espiritualidad en la oración, la mística, el arte, el canto, la poesía, pero sobre todo en el testimonio, lo cual los condujo en no pocas ocasiones a enfrentar la persecución o el exilio.

Sacerdotes y laicos partidarios de esta tuvieron que enfrentarse a la estrategia anticomunista potenciada desde Estados Unidos, en base a la doctrina de la Seguridad Nacional, pese a lo cual realizaron un trabajo de animación creativa entre los pobres.

Las Comunidades Eclesiales de Base, estructuradas por estos, devinieron espacios de reflexión sobre los problemas más acuciantes de los latinoamericanos y alentaron el espíritu transformador entre sus integrantes.

La fuerza ética y espiritual de la Teología de la Liberación radica en su resistencia y en la forma en que orienta a la búsqueda de alternativas, aseveró Richard.

Por Isabel Soto Mayedo *La autora es periodista de la Redacción de América Latina y el Caribe de Prensa Latina.

Santiago de Chile, 12 de enero 2007
Crónica Digital/PL , 0, 56, 19

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